Triste Saayi sigue caminando.
La senda es dura e incierta.
Algo ha cambiado. Ya no camina solo. Tras él transita un Caminante. Su cabello blanco y mirada limpia le acompañanan.
Suben una escarpada colina. Atraviesan un retamar. La fragancia de las estepas es embriagadora. La primavera. Al coronar la colina el sol les recibe. Les abraza. Les reconforta.
Allí hay alguien.
Un hombre de cabello entrecano descansa sobre el pedregoso suelo. Sus laxos brazos y su mirada caída les auguran una desgracia pasada.
Triste Saayi se detiene. Mira por encima de su hombro. El Caminante comprende. Da un paso adelante. Se aproxima al hombre. Pone su mano sobre su hombro. Le regala su pura sonrisa.
No logra aliviar su pena.
Se gira y mira a los insondables ojos de Triste Saayi.
Es un hombre desesperado, le dice. Triste Saayi asiente. Se acerca. Con su mano derecha levanta el rostro del hombre desesperado hasta que sus ojos se encuentran.
Dejadme con mi pena, por favor. No hay esperanza para este dolor.
La esperanza es caprichosa, amigo.
Triste Saayi mira al Caminante. Ya ha olvidado su pasado. Su vacío se está llenando.
Si nos cuentas que te ocurre -prosigue el Caminante- quizás encontremos alguna solución.
El Hombre Desesperado se levanta. Vuelve el rostro hacia el sol. Respira profundamente y devuelve su mirada hacia los dos hombres.
Mi hija fue asesinada. La perdí por culpa de un hombre funesto, un pozo de odio, miseria y maldad. Acabó con el sol de mi vida, mi esperanza, mi razón de ser. Todo lo di por mi hija. Ahora nada me queda.
¿El asesino no recibió castigo?
El Hombre Desesperado mira fijamente al Caminante.
¿Me consideras estúpido? Pedí justicia. La ley debe cumplirse. La ley es nuestra defensa contra el mal.
La ley no te protegió, ¿verdad?
El Hombre Desesperado dedica media sonrisa a Triste Saayi.
El asesino utilizó la ley en su propio beneficio. Se libró del castigo. ¿Por qué la ley lo permite? Por eso estoy aquí. Ya no creo en la ley. Ya no creo en los hombres. Solo espero mi fin. Dejadme encontrarlo.
El Caminante se levanta. Vuelve al camino. Triste Saayi se mantiene en su sitio. Extiende la mano hacia el Hombre Desesperado. Por primera vez en mucho tiempo sonríe.
Levanta, amigo. Camina con nosotros. El camino te enseñará. Te llevará allá donde tú quieras.
Pero no quiero moverme. Ningún sitio me reconfortará.
El camino lo hará -prosigue Triste Saayi-. Estoy convencido. La ley sólo es palabra. Los hombres sólo son caminantes. La justicia sólo es una ilusión. Ven, amigo, y camina.
¿Por qué? ¿Qué hallaré?
¿Quién sabe? -responde el Caminante-. Algo encontrarás. No lo dudes.
No sé-duda el Hombre Desesperado-. Nunca hallaré justicia. Nunca hallaré la paz.
Camina, amigo. Es el único consejo que puedo darte. Yo lo hago y me reconforta.
¿Cómo?
No lo sé. Quizás todo se deba a que, como tú, no tengo esperanza de encontrar y, sin embargo, sigo buscando.
Triste Saayi y el Caminante retoman su incierto viaje. A poca distancia les sigue el Hombre Desesperado.
¿Encontrará lo que busca?
Al menos ha encontrado salida a su desesperación.
Al menos ya camina.
Triste Saayi no mira hacia atrás. Sigue caminando, aunque una sonrisa le delata.
sábado, 8 de noviembre de 2008
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