martes, 4 de noviembre de 2008

EL CAMINANTE

Triste Saayi camina sin descanso. Un paso, otro, otro... La vereda nunca termina. Los árboles jalonan su cadencioso movimiento. Sube colinas, cruza ríos, rodea poblaciones...
Nada termina, amigo. Todo es caminar.
Durante semanas transita sin hablar, sin pensar. Nada termina, nada termina...
Un día, mientras recorre un hermoso paseo a través de un sombrío hayedo, ve algo extraño. Es tan sorprendente que olvida su caminar y se detiene.
Allí al fondo, sentado sobre el resto de lo que una vez fue orgullosa encina, un hombre descansa. Tiene el cabello blanco. La limpia mirada de los que nada dejan atrás y nada esperan encontrar. Sus claros ojos están fijos en Triste Saayi. Su mano derecha reposa sobre la rodilla. Su mano izquierda palmea rítmicamente contra su muslo. Cuando Triste Saayi llega hasta él, detiene la música.
¿Adónde vas, caminante? pregunta a Triste Saayi regalándole una melancólica sonrisa.
Triste Saayi no responde. Gira sobre sus talones y observa el lugar en que aquel hombre está sentado.
Un hermoso paraje donde el tiempo parece detenerse. Los pájaros repiten una y otra vez su melodía. Las hojas de las hayas, acunadas por la suave brisa, sirven de acompañamiento.
¿Por qué descansas aquí, amigo? ¿Qué tiene de especial?
El hombre se levanta un instante. Inspecciona el lugar con cara de sorpresa, como si fuera la primera vez.
¿Qué importa un lugar u otro? Hace tiempo perdí a mi amigo. Toda la vida la compartí con él. Cuando él se fue mi corazón se cerró. Ya nada me importa. Estoy vacío porque mi amigo se fue. Se llevó todo lo que había aquí dentro -se señala el pecho- y nada es lo que atesoro. ¿Tú que haces, caminante?
Triste Saayi mira aquellos ojos. Están llorosos. ¿Hay algo más triste que perder al ser amado?
Sí, dice Triste Saayi.
¿Sí...? No te entiendo, caminante.
Crees que estás vacío, amigo, pero no es así. Tan solo esperas.
El hombre del cabello blanco se levanta sorprendido.
¿Tú sabes qué espero?
Me esperas a mí, amigo. Al caminante. El camino lo es todo. Siempre hacia adelante. Siempre más allá. Un paso. Luego otro. Una ciudad, un bosque, un río... ¿Quién sabe? Quizás mañana llenes tu vacío. El camino te lo da todo y todo te lo quita. Lo único que importa es estar en la senda.
El hombre da dos pasos y se acerca a Triste Saayi.
¿Quién eres, caminante? ¿Ayudas a la gente? ¿Eres un profeta? ¿Un enviado?
Triste Saayi no responde. Da un paso. Luego, otro. El hombre se anima. Le imita. Ya está en la carretera. Se adelanta y mira a los ojos de Triste Saayi.
Por favor -le ruega sinceramente-, necesito saberlo.
Nada soy, amigo. Yo sólo camino.

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