Triste Saayi permanece indeciso. Una misión le ha sido encomendada. Una enorme responsabilidad que afrontar solo.
¿Qué hacer?
Camina por el puerto abarrotado. Cientos de personas compran, venden, trapichean... Triste Saayi nada ve.
No hay mayor soledad que la provocada por el miedo.
Triste Saayi se detiene. Alza la vista. Sólo ve muertos. Caminan pero no viven. Apenas respiran.
Algo le llama la atención. Al final del malecón un hombre se detiene. Da dos pasos y vuelve a pararse. Adorna la cadencia con un movimiento de sus brazos. Triste Saayi sonríe sorprendido.
Nunca eres el más extraño.
Sin embargo, aquel desquiciado hace algo más. No sólo mueve los brazos. También aprovecha el movimiento para lanzar algo.
Triste Saayi se acerca. Observa detenidamente. El orate saca comida de su boca y la tira. Dos pasos. Comida fuera.
Comparte todo lo que tiene, le dice una pequeña que juega con un gato negro.
Triste Saayi sonríe de nuevo. No es invisible.
Solo tiene pan...
Eso es mucho, pequeña.
¡Cielos, Triste Saayi! También puedes hablar.
Compartir es importante. Aligera el peso. Libera las penas. Ayuda a llegar al final.
Triste Saayi es un poco feliz. Hoy a visto un ápice de luz en el negro camino.
jueves, 30 de octubre de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario