domingo, 26 de octubre de 2008

La Espada de Martos

Está triste. Nadie la usa. Su filo ya no seduce. Su hoja ya no reluce. Martos no presta atención. La espada ya no es importante. Todos saben que la pluma es mucho más fuerte. Bretrand no se cansa de decirlo. Martos parece hacerle caso. Junto a la punta... ¡Horror! Hay una muesca.
No puede ser. ¿Por qué?
Está mellada.
Ya nadie la querrá. ¿Para qué sirve una espada mellada? ¿Me oyes, cretino insuflado de complacencia estéril? ¿Para qué?
Saayi sonríe. Tiene debilidad por estas cosas. Goivanni observa desde su posición elevada. Conoce esa debilidad. Con delicadeza, Saayi saca la espada de su vaina. La frota contra el metal de la guarda. Vuelve a sonreír.
La canción es limpia y pura. Alza la mirada. Sus ojos se encuentran con Bertrand.
¿Qué importa el aspecto? ¿Qué importan las heridas?
Dos pasos y ya está junto al canciller.
Esta pluma apuntalará la razón que siempre llevas.
Brertrand levanta la espada. El aire hace resonar la hoja.
En la punta está mellada.
Como yo.
Dedica una sonrisa complacida a su nueva compañera.
Al guardarla, la espada vibra de felicidad. Siempre hay un compañero por quien luchar. Por quien morir. Por quien vivir.
Triste Saayi, ha vuelto a hacer feliz a alguien.

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