Martos mira asombrado el filo de sus hachas.
¿Nunca me abandonaréis, amigas?
Siempre estaréis junto a mí. ¿Quién si no velará por vosotras?
¿Quién os protegerá del frío?
Las hachas tiemblan ruborizadas. Sus filos azulean al tacto viril del almogávar. A cada paso de la piedra las hachas se estremecen. Cualquiera diría que ronronean.
¿Os acordáis de aquellos almohades? ¡Qué duros eran sus cascos! Ahora que lo pienso, ningún casco es mas duro que los templados en el sur. ¿Acaso será el sol? ¿El agua cristalina e impóluta, cálida y sensual, de los ríos de Al-Andalus?
Una de las hachas vibra más que la otra.
Martos sonríe.Sí, ya me acuerdo. Fuiste tú quién destruyó aquel yelmo. ¡Qué valiente eres! Si fueras mujer te llamarías... ¿Por qué no? No hay otra igual en el mundo.
Sus ojos fieros son tan negros como su voluntad. Su blanca piel es como tu puro filo.
Da miedo solo de tocarlo.
Martos coge las dos hachas y las coloca en su cinto. Bajo su jubón. Se levanta y camina por la cubierta del Bucéfalo. A cada paso que da las hachas golpean su cinto metálico.
Martos sonríe.
Es la bella y terrible canción de las hachas.
Como sus ojos.
Como su voz.
Su sonido es puro y aterrador.
¡Pobre de aquel que las desafíe!
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