martes, 28 de octubre de 2008

Las cabezas del Patio de Los Leones

Colgadas del techo, sobre el pequeño estanque de agua bermellón. Como terribles badajos carnosos. Igual que extraños frutos preñados de odio y resentimiento.

Perdida la mirada en las yeserías, el sultán trata de no percibir aquel funesto olor.

Habéis tomado la decisión correcta, mi señor.

Impasible, el sultán no desvía la vista. ¿Qué razones pueden conducir a tamaño despropósito? Muchos de aquellos hombres habían sido amigos suyos.

Razones de estado, mi señor.

El sultán se incorpora. Mira fijamente al consejero.

¿Qué es la razón de estado? ¿De verdad hay algo más importante que la vida? ¿Cuándo dejamos de ser hombres para convertirnos en asesinos?

El sultán suspira y abandona la hermosa sala, oculta su belleza por el horror que alberga.

Los mocárabes están ocultos. Las yeserías, eclipsadas. El zócalo, atrapado bajo la sombra.

¡Qué triste cuando lo hermoso desaparace de nuestra vista!
¡Qué ceguera más miserable!

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