domingo, 22 de mayo de 2011

José Antonio, Julio Gil-Pecharromán y el entrecot al cava sin cava

Sentados en la hermosa terraza del restaurante La Fragua, a la sombra abigarrada de esos vetustos castaños, desgranaba la personalidad de José Antonio Primo de Rivera el Maestro Julio Gil-Pecharromán. Yo, que estaba sentado frente a él, absorto como suelo absorberme en la dialéctica de los grandes, incapaz de frenar mi imaginación, asití al viaje de mi otro yo, el que no atiende a razones ni requerimientos formales, por un universo paralelo donde cada uno es lo que realmente es.

Y allí me encontré a ese José Antonio, desnudo del disfraz tan feo que le conformó el franquismo y alejado del corsé que la familia, la política y la sociedad le habían colocado. Y encontré a ese hombre queriendo justificar la hornadez de un padre demasiado español. Demasiado militar. Demasiado espadón.

¿Por qué los hijos nos creemos obligados a responsabilizarnos de los padres? Como decía aquel pasaje de la Biblia, ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?

Yo me niego a responsabilizarme de nada de lo que no sea responsable y no creo ser responsable de nada de lo puedan mis enemigos responsabilizarme...Que diría un político español universal, de todos los tiempos, de hoy, perseguido por la conciencia de una juventud cuyo futuro ha sido quemado por una clase nueva de mangantes sin escrúpulos, sentados en escaños rojos y azules (No me extraña que odie al Barcelona) y vestidos con chaquetas de postín.

En esas llegó mi amigo Javier con un soberbio entrecot al cava. Pero sin gota de cava, con burbujas castellanas, nos dijo muy serio. Que yo no tengo nada catalán.

La risa se me torció pensando en mi querida España, maravillosa en su diversidad, con sus mil culturas y paisajes. Mil sonrisas y abrazos, todas ellas ensuciadas por este paripé mal vestido de política y nacionalismo. De un país de cavas y quesos, vinos y viandas, gracias, grácies y eskerrik asko, a este cenagal con analfabetos senadores necesitados de intérpretes que les traduzcan lo que cientos de miles de personas gritan desde las plazas de todas las ciudades: no os necesitamos.

En esas apareció Nico con el postre. Una macedonia fresquísima que nadaba en chocolate templado. Mis ojos se abrieron a la vida de nuevo y degusté aquel manjar pensando que cada bocado que daba era un pedacito de esperanza.

Con o sin cava, Javi es el mejor.

No hay comentarios: