sábado, 7 de mayo de 2011

Entre Negrín y Enrique Moradiellos, una sobremesa con tarta de queso y piñones

En una mesa cuadrada, de ocho asientos para seis personas, desgranamos un maravilloso menú con el soliloquio asombroso en su erudición del gran maestro Enrique Moradiellos. Caminamos entre lubinas y negrines alejándonos del colesterol, la grasa y los prietistas, con ese hablar tan convincente que posee Enrique Moradiellos, un tanto hipnotizador con ese no-sé-qué asturiano, que no permitió que habláramos demasiado.

Y mientras Enrique nos enseñaba, entre vino y pan, jamón y croqueta, me imaginaba yo lo difícil que es ser reconocido en tu país; lo duro que es el odio de tus enemigos y lo doloroso que llega a ser el desprecio de los, antaño, amigos.

Y su maledicencia.

Que todo se estropea, decía mi abuela María, hasta la hermosura. Y yo pienso que lo más hermoso que se pierde es la amistad cuando está mal cocinada. Cuando uno cree en ella y el otro, no. Que la amistad y el amor son vinos que hay que cuidar con constancia y dedicación.

¡Lástima que el vino de Negrín lo avinagrara Prieto!

Ese punto de triseza percibí en las palabras de Enrique Moradiellos cuando se refería a la amistad perdida, quizás recordando el inexplicabe camino que una mente preclara como la suya ha tenido que recorrer en esta vida académica, a veces plagada de esas orsinis que tanto fascinan a los maestros Herrerín y Avilés.

Y entonces miré mi reflejo en una ventana de la calle del Rey, camino ya de los Baños de Diana.


Sonreí.

La vida no es más dura que el caminar, que dirían Tolkien y Machado, es la forma de andar lo que nos duele.

Bendito Moradiellos, lo que he aprendido en unas horas contigo.

Y tú tambien, mi querido Ángel. Mira que no querer probar la maravillosa tarta de queso de Manolo en el Bar Madrid. Menos mal que recapacitaste.


Nada peor que perderse el dulzor del queso y la suave amargura del piñón atemperando el triste sino del gran Juan Negrín.

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