Salimos bien pronto del hotel rural Matsa, en Lezama, con ganas enormes de llegar a Bilbao. El camino era, en realidad, bien sencillo: Lezama-Zamudio y Bilbao por el monte Abril. Aunque estamos escamados con la terminología y siempre que leemos monte nos esperamos el Everest, pensamos que, para apenas 18 km. que nos quedaban, poco nos molestaría el citado monte.
Craso error.
El monte se asemeja, en algunas zonas, a las partes más escarpadas del Guadarrama. Al sol cálido de agosto, llegamos a la cima superando el mayor nivel de la escala Sr. Bellette, esto es, "La madre'l perro".
Cruzar la cima, donde se estrelló en los años ochenta un avión de iberia, nos encontramos a un par de paisanos vendiendo souvenirs del camino. Desde chapas y pins a bastones.
-Oiga, amigo -le pregunté-. ¿Por qué llaman a este camino antigua calzada de los zamudianos?
-Era por aquí por donde venían a Bilbao los de Zamudio hasta que se hizo la carretera.
Sonreí, le di las gracias, miré al Sr. Bellette y continuamos la cuesta abajo, hacia Bilbao.
¿Por ahí subían los de Zamudio? ¡Venga ya! Me doy yo la vuelta hasta el mar antes que subir aquello. No me extraña que estos tíos suban al Everest como yo las escaleras de mi casa. Seguro que Juanito Oyarzabal iba de Zamudio a Bilbao a por el pan todos los días. Como hacía aquel abuelo en Deba.
Riéndonos todavía de la cuestión, entramos en Bilbao, bajando el barrio de Artxanda y llegando hasta la concurrida basílica de Begoña, donde preparaban la fiesta del día 15 de agosto. De allí, a la catedral de Santiago. Al hotel. Y a las siete calles. Que había mucho que probar. En una taberna demasiado abertxale nos juntamos con un paisano, Patxo, que tuvo la insensata idea de intentar emborracharnos.
¡Criaturita!
Catorce txakolís más tarde, en la puerta del Batxoki para comer, hubimos de decir adiós a nuestro amigo. Entre sus logros, habernos descubierto una de las tapas más divertidas que probamos: el urdangarín. Una especie de chorizo gigante, embotado y frito después, como los sesos del homónimo.
Al día siguiente, después de haber pasado una tarde y mañana con Jorge y Ana, primos encantadores del Sr. Bellette, forofos del Athletic Club (hasta me llevaron a la Catedral de San Mamés) y de haber visitado el increíble museo Guggenheim, pusimos rumbo al Real Sitio vía alvia, deseando que al año que viene, el camino fuera más leve en las cuestas, pero igual de divertido e instructor.
Cantabria, allá vamos.
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jueves, 15 de agosto de 2013
De Guernica a Lezama, pasando de Morga
La verdad es que uno se sentía ciertamente ilusionado con la jornadas. Saliendo de Zenarruza y tras compartir desayuno con un tipo curioso, de esos que tienen carnet de caminante y diploma de cretino universal, partimos a la carrera por los bosquecillos que descendían hacia el valle de Guernica. Tardamos unas cuantas horas, no más de tres, en tener a la vista la hermosa y enorme villa vizcaína. En el transcurso, adelantamos a míster cretino 2012, sacándole más de una hora en el cómputo final de la etapa hasta Guernica.
Después de descansar media hora larga en el albergue, haciendo compañía a la señora de la limpieza que, o bien era muda o bien no hablaba nuestro idioma, decidimos salir a recorrer la ciudad. Dado que el albergue está a la otra punta del casco histórico de Guernica, os perdimos un poquito, como solemos hacer. Lo cierto es que nos encanta esta situación: nos permite explorar bares en busca de consejo y, tras haber visto los famosos pimientos llenando las huertas por el camino, no nos preocupó demasiado la demora. Visitamos la Casa Foral y lo que queda del viejo árbol. No sé si está así por los años que tiene o por los daños del bombardeo nazi-franquista del 37. En cualquier caso, hay muebles en mi casa con más savia en las venas. Del árbol fuimos al almuerzo gracias a la indicación de un guardia. Y allí sí que había savia por las venas de todo el mundo: desde las anchoas de kilómetro hasta el marmitako, pasando por el txakolí de Guetaria, todo nos empujó a caminar.
Y ese fue nuestro error: demasiado marmitako, demasiadas anchoas y, evidentemente, demasiado txakolí. Por las enormes y descarnadas cuestas de los montes de Guernica deambulamos durante cuatro horas. Aunque nuestro objetivo era Morga, nos la pasamos (maldito txakolí de Guetaria) y acabamos en Lezama, a 45 km de nuestro inicio, habiendo hecho paradas en Goikolexea y Larrabetzu, donde el fútbol parece más religión que cualquier tradición euskalduna.
Dado que el albergue estaba lleno, acabamos en una hermosa casa rural llamada Matsa, junto a los campos de entrenamiento del Athletic Club. Como los restaurantes de la ciudad deportiva estaban cerrados, acabamos en la herriko taberna de Lezama. habíamos probado otro restaurante, pero el ignominioso txakolí que nos sirvieron con la cara de Julen Guerrero nos decantó por la otra posibilidad. La experiencia allí se resume fácilmente: buen sitio para comer; mal sitio para pensar. Entre las fotos de los presos etarras, las servilletas reivindicativas y la hucha para colaborar con esa causa que nadie nos quiso explicar, ni siquiera tras una botella de txakolí, pasamos una tarde despreocupada, tratando de recuperar nuestros músculos.
Tras más de cincuenta km. caímos rendidos en las camas esperando que lo poco que nos quedaba fuera liviano.
ilusiones de un cándido, que diría mi padre.
Después de descansar media hora larga en el albergue, haciendo compañía a la señora de la limpieza que, o bien era muda o bien no hablaba nuestro idioma, decidimos salir a recorrer la ciudad. Dado que el albergue está a la otra punta del casco histórico de Guernica, os perdimos un poquito, como solemos hacer. Lo cierto es que nos encanta esta situación: nos permite explorar bares en busca de consejo y, tras haber visto los famosos pimientos llenando las huertas por el camino, no nos preocupó demasiado la demora. Visitamos la Casa Foral y lo que queda del viejo árbol. No sé si está así por los años que tiene o por los daños del bombardeo nazi-franquista del 37. En cualquier caso, hay muebles en mi casa con más savia en las venas. Del árbol fuimos al almuerzo gracias a la indicación de un guardia. Y allí sí que había savia por las venas de todo el mundo: desde las anchoas de kilómetro hasta el marmitako, pasando por el txakolí de Guetaria, todo nos empujó a caminar.Y ese fue nuestro error: demasiado marmitako, demasiadas anchoas y, evidentemente, demasiado txakolí. Por las enormes y descarnadas cuestas de los montes de Guernica deambulamos durante cuatro horas. Aunque nuestro objetivo era Morga, nos la pasamos (maldito txakolí de Guetaria) y acabamos en Lezama, a 45 km de nuestro inicio, habiendo hecho paradas en Goikolexea y Larrabetzu, donde el fútbol parece más religión que cualquier tradición euskalduna.
Dado que el albergue estaba lleno, acabamos en una hermosa casa rural llamada Matsa, junto a los campos de entrenamiento del Athletic Club. Como los restaurantes de la ciudad deportiva estaban cerrados, acabamos en la herriko taberna de Lezama. habíamos probado otro restaurante, pero el ignominioso txakolí que nos sirvieron con la cara de Julen Guerrero nos decantó por la otra posibilidad. La experiencia allí se resume fácilmente: buen sitio para comer; mal sitio para pensar. Entre las fotos de los presos etarras, las servilletas reivindicativas y la hucha para colaborar con esa causa que nadie nos quiso explicar, ni siquiera tras una botella de txakolí, pasamos una tarde despreocupada, tratando de recuperar nuestros músculos.
Tras más de cincuenta km. caímos rendidos en las camas esperando que lo poco que nos quedaba fuera liviano.
ilusiones de un cándido, que diría mi padre.
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lunes, 3 de diciembre de 2012
La instalación josefina del Real Sitio de San Ildefonso
El pasado viernes, 30 de noviembre, tuve la suerte de impartir una conferencia a los alumnos del Máster del departamento de Historia Contemporánea centrada en la instalación del ayuntamiento del Real Sitio de San Ildefonso. Para el que esté interesado, dejo el enlace a TeleUned, donde se puede ver de forma íntegra la ponencia.
http://teleuned.uned.es/teleuned2001/directo.asp?ID=6297&Tipo=C
Al que lo vea, que disfrute.
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Al que lo vea, que disfrute.
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domingo, 14 de octubre de 2012
Subiendo a Zenarruza, desde la cuna de Simón Bolivar
Y salimos de Marquina, con la tripa llena, el gps encendido y ganas de llegar a la cama, sinceramente. Un paseo maravilloso por la fronda vizcaina. Me recordaba a ese agradable caminar entre Castletown e Innisfree que realizaban cada dos por tres John Wayne y Maureen O'Hara en "El hombre tranquilo". Eso sí, a diferencia de la bella Irlanda, aquí pegaba el sol al estilo español, aunque sea en el País Vasco. Y entre finca y vericueto, otro paso más. Y más extraño que el anterior.
En lo que se refiere a puertas de fincas, Sr. Bellette, podríamos escribir una tesis doctoral.
Cada una de un padre y una madre. Yo tengo mi propia teoría. Con esto del adoctrinamiento de los gobiernos nacionalistas, me parece que los pobres vascos han tenido una sobredosis de Chillida. Chico, hasta las portezuelas de los barrizales parecían obras constructivistas.
Si ya te digo yo...
Llegamos a las afueras de Bolivar un tanto cansados. Treinta y cuatro kilómetros nos precedían y toda una mañana empinada. Alcanzamos la Puebla de Bolivar emocionados -no sé por qué, sinceramente, pues Simón Bolivar nació en Caracas y su padre también-, quizás porque aventurábamos una noche de txacolí y bonito. En un recoveco muy singular encontramos la estatua del libertador de las Américas, con al nombre un tanto gastado, la verdad, por lo que lo utiliza Hugo Chávez. Si este levantara la cabeza y viera el uso que dan de su nombre, seguro que se partiría de la risa.Entramos en la taberna del pueblo y, por primera vez en esta aventura, me sentí fuera de lugar. Allí todo el mundo hablaba euskera. Y a voz en grito. Había un grupo de jóvenes que charlaban distentidamente vaya usted a saber de qué. Que en esto de los idiomas ininteligibles, el euskera se lleva la palma. Quizá empatado con el chino y a poca distancia del finés. Y el suajili. Y ese dialecto que se habla en Valsaín entre los pinos a voz en grito. Y, por supuesto, el extraño idioma del gobierno español, que sólo lo habla el que promete o jura su cargo ante el rey, quien, a su vez, domina parte de éste y de otro mucho más complicado, entre gangoso y Borbón que algunos periodistas lo citan como campechano, sea lo sea lo que eso signifique.
El caso es que pedimos Aquarius y no había. Se me ocurrió pedir algo sin gas y me dieron agua. Pregunté por el albergue y nos mandaron fuera del pueblo.
Salimos refrescados por el agua pero muertos de sed y emprendimos el camino, cuesta arriba, por supuesto, hacia el descanso de esa jornada. Y sufrimos una maravillosa calzada medieval al 12% de desnivel con la mosca tras la oreja, pensando que la graciosilla del bar nos había mandado allí donde Sansón perdió el martillo por no saber pedir como Dios manda en DoneJakue Bidea. El caso fue que aquella chica, graciosilla o no, nos encaminó a la perfección.
Llegamos al albergue del Iñaki y sus celdas monásticas. Allí nos alojamos, duchamos y abandonamos las malditas mochilas. Tres txacolíes después, más o menos, emprendimos el paseo de estiramiento antes de cenar. Llegamos hasta la colegiata y monasterio de Zenarruza: sinceramente, valió la pena el sufrimiento por ver aquello. Un espectacular monasterio en mitad del bosque, sobre la colina, con un claustro tan romántico y melancólico que a uno no le hubiera extrañado que Larra se hubiera suicidado allí o que el último precioso súspiro del bucólico Becquer hubiera sido expelido entre tan hermosas columnas.
Embelesados por la belleza del monasterio, bajamos al refrigerio. Excelente el txacolí. Y el marmitako, y el bonito con tomate. Y el pastel de arroz. Y el de manzana. Y la ensalada de Iñaki para "refrescar" que nos refrescó de maravilla.
Dos pasos, tres escaleras y a la cama. A descansar.
sábado, 22 de septiembre de 2012
En el paraiso Vasco: de Deba a Marquina
Volvimos, como nunca hizo el Terminator de James Cameron. En tren de Segovia a Bilbao en primera, que así da gusto. En el bocho descansando una noche, después de degustar los mil bacalaos de Minchu en San Ignacio, que para algo es primo del Sr. Bellette. A la mañana siguiente, en Euskotren hasta Deba. Y con nubes sin parar. Y los dispositivos smartphone diciendo que sol radiante. Y yo con la mosca tras la oreja. Sólo una, que la otra la teníamos pegada a la charla de cuatro jubilados sobre las maravillosas vacaciones del INSERSO. Esas que seguro se ha cargado la crisis de los ladrones sin vergüenza. Ponemos un pie en la estación de Deba y nos caen tres gotas. ¡No me lo puedo creer! ¿Que va a lloooover? La mala leche también asusta a las nubes.
Y la seriedad del Sr. Bellette. Al salir de Deba el sol asomaba por los cúmulo-nimbos, justo al mismo tiempo que se empinaba el camino. Y sin misericordia. Vamos, que pasar de Guipúzcoa a Vizcaya es más duro que cruzar el Rubicón con Julio César. Cuarenta minutos cuesta arriba y llegamos a la iglesia del Calvario con unas vistas de la costa que nos hizo olvidar la penuria de la subida. Que no me extraña que la iglesia se llame del Calvario, de verdad.
Ciento cincuenta metros hacia abajo y... ¡Otra vez para arriba! Y esta vez sin descanso. Casi dos horas de cuesta. Adelantando peregrinos. Y peregrinas con los pies para llorar. Y el maldito teléfono del Sr. Bellette contando los kilómetros de uno en uno asustando al personal que adelantábamos con su voz de dominatrix.
¿Por qué les ponen voz de chica? Más bien de Angela Merkel cabreada con Rajoy explicando los recortes.
Coronamos doblados, buscando el Sr. Bellette a la madre del perro. Que cuando se acuerda de ella, uno se pone a temblar. Catálogo interesante, el del Sr. Bellette:
Grado 0: Mueca ligera. (Menos del 8% de desnivel)
Grado 1: Pse... (Entre el 10% y el 15% de desnivel)
Grado 2: Vamos anda!!! (Al 15% de desnivel)
Grado 3: Resoplando... (Casi el 20% de desnivel)
Grado 4: Joooder con la costiña de Canedo!!! (Ladera del K-2)
Grado 5: ¡..La madre'l perro..! (El monte Everest nevando)
Llegamos arriba, lo aseguro, sin encontrar a la madre del perro. Si la llego a encontrar, estaba yo ahora en Alcatraz. Eso sí, nos encontramos a un gordo resoplando comiendo chocolate y con un cigarro en la mano. Sinceramente, pensé que se trataba de una cámara oculta.
Y la seriedad del Sr. Bellette. Al salir de Deba el sol asomaba por los cúmulo-nimbos, justo al mismo tiempo que se empinaba el camino. Y sin misericordia. Vamos, que pasar de Guipúzcoa a Vizcaya es más duro que cruzar el Rubicón con Julio César. Cuarenta minutos cuesta arriba y llegamos a la iglesia del Calvario con unas vistas de la costa que nos hizo olvidar la penuria de la subida. Que no me extraña que la iglesia se llame del Calvario, de verdad.
Ciento cincuenta metros hacia abajo y... ¡Otra vez para arriba! Y esta vez sin descanso. Casi dos horas de cuesta. Adelantando peregrinos. Y peregrinas con los pies para llorar. Y el maldito teléfono del Sr. Bellette contando los kilómetros de uno en uno asustando al personal que adelantábamos con su voz de dominatrix.
¿Por qué les ponen voz de chica? Más bien de Angela Merkel cabreada con Rajoy explicando los recortes.
Coronamos doblados, buscando el Sr. Bellette a la madre del perro. Que cuando se acuerda de ella, uno se pone a temblar. Catálogo interesante, el del Sr. Bellette:
Grado 0: Mueca ligera. (Menos del 8% de desnivel)
Grado 1: Pse... (Entre el 10% y el 15% de desnivel)
Grado 2: Vamos anda!!! (Al 15% de desnivel)
Grado 3: Resoplando... (Casi el 20% de desnivel)
Grado 4: Joooder con la costiña de Canedo!!! (Ladera del K-2)
Grado 5: ¡..La madre'l perro..! (El monte Everest nevando)
Llegamos arriba, lo aseguro, sin encontrar a la madre del perro. Si la llego a encontrar, estaba yo ahora en Alcatraz. Eso sí, nos encontramos a un gordo resoplando comiendo chocolate y con un cigarro en la mano. Sinceramente, pensé que se trataba de una cámara oculta.
De allí hasta Marquina, bajando sin parar. Sin parar. Sin parar. Sin llanos. Solo cuesta. Hacia abajo. Hasta que, por fin, asomó Marquina entre pinos y valles. Con un sol abrasador. Y una pequeña iglesia asombrosa. Con unas piedras increíbles dentro. Y me acordé de la película de Phenomenon de John Travolta. Y del conejo que nunca conseguía detener. Por muchas vallas que construyera, el conejo aparecía dentro.
Porque vivía dentro.
Las piedras de Marquina, primero. La construcción, después.
Un paisano nos encaminó al restaurante de la plaza principal. Menudo acierto. Siempre hay que preguntar y pasar de guías. Acierto seguro. Chipirones y cogote de merluza.
Maravilloso.
Descansando al fresco del restaurante de Marquina, pensamos dónde dormir.
En Bolívar, cuna del libertador, Sr. Bellette.
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domingo, 26 de agosto de 2012
Entre chuletones y Txacolí: de Igueldo a Zumaia
De Astigarraga a Igueldo, en un periquete. Más mojados no podíamos estar. Allí nos alojamos en una casa rural estupenda -las llaman Agroturismos, que en el Pais Vasco todo cambia de nombre, aunque el cambio nadie lo note- junto al hotel rural Leku Eder. Por cierto, este último muy recomendable, con una terraza al mar que quitaba el hipo. Llegamos con tanta agua como sed y hambre. La amable chica de la recepción nos remitió a un restaurante llamado Bellavista, en la cima del Igueldo, cerniéndonos sobre la bahía de San Sebastián. "Hay que caminar unos ochocientos metros hasta el restaurante, pero les aseguro que vale la pena". Por el camino, bajo un chaparrón de mil demonios, me cuestionaba yo la Bellavista, la bahía y hasta la madre que lo... Bueno, cortesías aparte, llegamos al citado comedero. Pedimos dos txacolíes. " Cuidado, que se sube a la cabeza rápido" nos dijo el camarero.
"Pon un par de chatos y ya veremos qué se sube" le dije al desconfiado posadero. Y es que el aspecto de peregrino del Camino de Santiago parece hacerle a uno un milindris a ojos-vista. Por cierto, más allá de bravatas pueblerinas, ¡Menudo txacolí! Etxeko era la casa, la misma del patxarán. En este caso, la variedad del caldo era Getariako Txacolina. Con un punto de carbónico que lo hace refrescante y digestivo, un tubio sucio muy agradable en su amarillento ser y, sobre todo, un espectacular final cítrico que e hace beber sin conocimiento. Para aplacar la locura del txacolí, hubimos de hacernos con un chuletón de brontosaurio... ¿O era quizás de braquiosaurio? El Sr. Bellette discrepó. Para él, sin duda, era diplodocus.
El caso es que, después de la buena dosis de txacolí maravilloso y de casi kilogramo y medio de carne, nos fuimos a dormir en nuestro agroturismo, deseando que la mañana siguiente el Cantábrico se quedara en su sitio y no en nuestras cabezas.
Salimos bien pronto, con el objetivo de llegar hasta Deba, ya casi en Vizcaya. Al desayunar, mi pierna me recordó con su dolor la aventura del día anterior. Subimos lo que nos quedaba del monte Igueldo, menos de veinte minutos y empezamos el descenso hacia Orio. Caminando junto a la costa, por la cima de las estribaciones, iba yo asombrado del agreste paisaje, de la belleza brutal de aquella tierra. Empezamos la bajada tremenda hasta Orio -no me extraña la cantidad y calidad de los ciclistas vascos-, pasando, en un último repecho, por la hermosa ermita de San Martín de Tours, donde hicimos un descanso. Por el camino, habíamos descartado una cuesta entre los pinos. "Si vamos por ahí, nos la pegamos seguro" había dicho sabiamente el Sr. Bellette. Sentados en el sotoportal de la ermita de San Martín de Tours, pensaba yo qué razón tenía mi amigo viendo a un pobre alemán, que había seguido ese tramo peligroso, embadurnado en barro hasta el cuello, que más parecía un churro en chocolate que un peregrino.
Después de pasar el precioso barrio pesquero de Orio y de recorrer la interminable ría, tomamos otra cuesta infernal que nos había de llevar hasta Zarautz. Por ese tramo pasamos cerca de Getaria, con su sorprendente ratón y sembradas sus colinas de maravilloso txacolí. ¡Qué envidia!
Bajamos otra cuesta del demonio hasta la playa de Zarautz -"Todo lo que subimos lo bajamos aquí, Señorito Juárez", me decía el Sr. Bellette- y cruzamos el turístico barrio costero y paseo marítimo, campo de golf incluido. Por el camino nos cruzamos con un ciclista que dijo algo parecido a hola.
La insensatez de subir semejante cuesta tiene sus peligros, claro.
Curiosamente, durante toda la soleada mañana, nos cruzamos con una plétora de guipuzcoanos. ¡Buenos días!, me decían a mí; ¡Kaixo!, le regalaban al Sr. Bellette.
¿Tendría algo que ver la txapela que llevaba?
Después de casi veinte kilómetros hicimos parada en una taberna tradicional de Zarautz -por llamarla así- y nos regalamos unos txacolíes (por supuesto, de Getaria), antes de afontar los últimos ocho kilómetros hasta Zumaia.
Y maldita la hora. Hubimos de escalar casi dos kilómetros de calzada medieval a la salida de Zarazutz. Fue allí donde mi maltrecha pierna empezó a decir basta. Tras una hora y media de tortura, alcanzamos nuesto objetivo: Zumaia. Y otro chuletón. Y más txacolí. Y una silla para descansar.
Como un mal pensamiento, todo la mañana habíamos caminado escapando de la tormenta. La hora y media de descanso en Zumaia fue demasiado. Las nubes auguraban una tarde de aúpa.
lunes, 20 de agosto de 2012
El Sr. Bellette se va a Santiago
Emocionados por volver al camino, tomamos el tren desde Segovia con dirección a Hendaya. Nuestro objetivo: iniciar el camino del norte. La mía, pisar la estación donde se produjo el encuentro entre Hitler y Franco. Tras no-sé-cuántas horas de viaje, eso sí, aderazadas por las constantes atenciones de la tripulación del tren alvia, llegamos comidos por una borrasca inmisericorde. La estación me resultó gris, como el cielo, como los protagonistas que allí se habían reunido hacía setenta y dos años. Salimos a la calle cubiertos con las capas y cobertores, bajo un aguacero de mil demonios. Cruzamos la frontera entre Francia y España por el puente y partimos hacia Irún. No sé si por la lluvia o por que era el inicio del viaje o por la santona de Salamanca que se nos acucharó en la plaza y no cejó hasta endosarnos unos salmos, canciones, rezos y alabanzas, que perdimos el camino de la costa y nos metimos de lleno en el camino del horror...digo del interior, que para el caso viene a ser lo mismo.
Durante seis horas nos arrastramos bajo la lluvia por unas sendas que ni vericuetos. En alguna de ellas el barro nos llegaba casi a las rodillas. Los bastones se atoraban; las botas se enlodaban; las mochilas pesaban más que bloques de plomo... En una de las vaguadas el charco era tal que hubimos de saltar un muro y caminar por unas tierras. Y con el miedo de ahora aparece el dueño y nos pega una perdigonada. Claro, que con ese tiempo, no habría aparecido ni harto de chacolí.Cada paso que daba me acordaba de la vieja de Irún, augurándonos un maravilloso viaje. Aún recuerdo a una gitana que me leyó la mano en Granada, diciéndome que tenía una salud de hierro: a los tres días me operaron de peritonitis.
No tengo suerte con las pitonisas.
Mientras el barro me cubría las polainas, iba pensando yo en ensartar a la próxima adivina, por muy santona que fuera.
Quizás por esos malos pensamientos, perdí el pie en una cuesta -perdón, catarata- y, al frenar la caída, me lastimé la pierna. El dolor, primero sibilino, luego ya farruco, me acompañó todo el viaje.
Después de dejarnos caer por un vericueto impracticable e impresentable, llegamos al paraiso, quiero decir a una sidrería. La buena mujer nos recibió, a pesar de estar cerrado. Nos libramos de las capas empapadas, al igual que el resto de la indumentaria que no nos quitamos, pero que de buena gana habríamos hecho -provocando el escándalo en Astigarraga-, y entramos al calor de la parrilla. Nos preguntó que si conocíamos el funcionamiento de las sidrerías: coged un vaso y bebed lo que queráis, luego pagáis.
¡Pobre mujer!
Está bien dar de beber al sediento, pero es que nosotros somos del Real Sitio. Once barricas a nuestra disposición. Llenitas todas de rica y refrescante sidra vasca. Con ese toque cítrico imperceptible.
En fin, después del desaguisado -que nos costó cinco euros a cada uno- un poco secos, volvimos al camino.
Destino: el monte Igueldo. Deseo: que no lloviera.
De ilusión también vive el hombre.
Durante seis horas nos arrastramos bajo la lluvia por unas sendas que ni vericuetos. En alguna de ellas el barro nos llegaba casi a las rodillas. Los bastones se atoraban; las botas se enlodaban; las mochilas pesaban más que bloques de plomo... En una de las vaguadas el charco era tal que hubimos de saltar un muro y caminar por unas tierras. Y con el miedo de ahora aparece el dueño y nos pega una perdigonada. Claro, que con ese tiempo, no habría aparecido ni harto de chacolí.Cada paso que daba me acordaba de la vieja de Irún, augurándonos un maravilloso viaje. Aún recuerdo a una gitana que me leyó la mano en Granada, diciéndome que tenía una salud de hierro: a los tres días me operaron de peritonitis.
No tengo suerte con las pitonisas.
Mientras el barro me cubría las polainas, iba pensando yo en ensartar a la próxima adivina, por muy santona que fuera.
Quizás por esos malos pensamientos, perdí el pie en una cuesta -perdón, catarata- y, al frenar la caída, me lastimé la pierna. El dolor, primero sibilino, luego ya farruco, me acompañó todo el viaje.
Después de dejarnos caer por un vericueto impracticable e impresentable, llegamos al paraiso, quiero decir a una sidrería. La buena mujer nos recibió, a pesar de estar cerrado. Nos libramos de las capas empapadas, al igual que el resto de la indumentaria que no nos quitamos, pero que de buena gana habríamos hecho -provocando el escándalo en Astigarraga-, y entramos al calor de la parrilla. Nos preguntó que si conocíamos el funcionamiento de las sidrerías: coged un vaso y bebed lo que queráis, luego pagáis.
¡Pobre mujer!
Está bien dar de beber al sediento, pero es que nosotros somos del Real Sitio. Once barricas a nuestra disposición. Llenitas todas de rica y refrescante sidra vasca. Con ese toque cítrico imperceptible.
En fin, después del desaguisado -que nos costó cinco euros a cada uno- un poco secos, volvimos al camino.
Destino: el monte Igueldo. Deseo: que no lloviera.
De ilusión también vive el hombre.
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martes, 24 de julio de 2012
De batallas y pinares
El próximo miércoles, 25 de julio, tendré el honor de impartir una nueva conferencia sobre la batalla de La Granja en la conmemoración del septuagésimo quinto aniversario de tan luctuoso hecho histórico. Esta vez el lugar será Valsaín con motivo de las jornadas sobre memoria histórica que organizan las juventudes Socialistas de La Granja y Valsaín. Las jornadas continuarán al día siguiente, con la conferencia sobre la memoria histórica entregada por mi buen amigo, el historiador Jaime Hervás. Ocasión ésta pintiparada para volver la vista atrás y seguir reflexionando sobre la Guerra Civil Española y sus consecuencias. En lo que a un servidor respecta, el análisis de los entornos sociales de máxima violencia me parece muy a mano en estos días que nos toca vivir, donde el ciudadano queda aplastado por la lógica de un poder cada vez más alejado de la democracia, hundido en la demagogia del recorte de libertad en aras de la protección de aquellos grupos de poder causantes del problema. Esta absurda espiral degenerativa en la que nos hallamos inmersos fue en el pasado caldo de cultivo de las grandes revoluciones; las injusticas a las que nos vemos sometidos por nuestros falaces representantes, demagogos y traidores, auténticos barrabases, encendieron una ira que movió los cambios sociales que, siglos después, nos llevaron a la posición de libertad y democracia que hoy se consume del mismo modo que esos pobres pinares de Gerona. Razonad porqué nuestra sociedad no es capaz de desarrollar ese movimiento que nos libre de la tiranía de los mal llamados mercados (mejor decir BANCOS), corporaciones insensibles, similares al estúpido escorpión de la fábula que picaba al pobre animal que le cruzaba el río. Al igual que ese deleznable insecto, la respuesta está en el origen: no está en la naturaleza de estos estafadores de la democracia velar por la libertad y la justicia.miércoles, 30 de mayo de 2012
RECORDANDO LA BATALLA DE LA GRANJA PASADOS 75 AÑOS
DE CAMPO DE BATALLA A SITIO HISTÓRICO
Eduardo Juárez Valero
Presidente del CIGCE
(Artículo publicado hoy, día 30 de mayo de 2012, en el Adelantado de Segovia)
Tal día como hoy, hace setenta y cinco años, el ejército republicano descendía la sierra de Guadarrama con la intención de tomar por sorpresa la ciudad de Segovia, aliviando así la presión que las fuerzas franquistas ejercían sobre el País Vasco. Cinco brigadas del ejército popular de la República trataron de rebasar las posiciones franquistas atrincheradas en el Real Sitio de San Ildefonso, Revenga y el Alto del León. Durante ocho infaustos días, el hermoso verde de nuestros pinares se tornó en bermejo: entre dos mil quinientos y tres mil soldados perdieron su vida, resultaron heridos o, sencillamente, incapacitados para el ejercicio de sus funciones.
Revenga y Valsaín hubieron de ser evacuados ante la inminencia y magnitud del ataque. En el caso de Valsaín, gran parte del caserío se perdió, incluida la iglesia parroquial, como demuestran las posteriores reconstrucciones del poblado a mediados de los cuarenta y a finales de los sesenta. Los habitantes de Revenga, tras pasar un día entero escondidos en improvisados refugios, lograron escapar a Segovia, donde llevaron la noticia del violento ataque republicano.
La Granja de San Ildefonso, rodeada por las brigadas republicanas, mantuvo un hilo de contacto con Segovia a través del puente y la carretera principal nunca tomada, a pesar de los varios e infructuosos intentos realizados por la XXXI Brigada Mixta del Mayor Del Cacho. Los balazos en las pilastras y rejas de la fachada principal del palacio nos cuentan, hoy día, las dificultades que pasó allí atrincherado el general Varela.
Y Segovia, a pesar de la distancia y del muro defensivo que supusieron las posiciones franquistas, sufrió esporádicos bombardeos de las fuerzas aéreas republicanas. Los chatos, las moscas y, sobre todo, los rasantes, todos ellos modelos Polikarpov pilotados por rusos y algún que otro norteamericano, dejaron sus bombas en la periferia de la ciudad. De los depósitos de agua de la carretera de La Granja al puente de Sancti Spiritu, las explosiones republicanas trataron de acabar con las bases militares principales, provocando el terror entre la población.
Setenta y cinco años más tarde, podridos los cadáveres, muertos los políticos y militares, así como sus planes y estrategias, sólo perviven los documentos, la memoria de los que vivieron aquello y las imponentes construcciones levantadas a tal efecto. Setenta y cinco años más tarde, las consecuencias de la batalla de La Granja, sus causas y el impacto que tuvo en el transcurso general de la Guerra Civil Española, en la población y en el entorno son patrimonio de los investigadores, quienes, desde hace bastantes años, se han afanado en estudiar los pormenores de aquellos ocho días de 1937.
Desde nuestra humilde posición, llevamos más de siete años tratando de poner en valor los restos de la llamada historiográficamente batalla de La Granja. Intentando conseguir que los recuerdos de los que vivieron aquello y las imponentes construcciones fuesen patrimonio histórico real de los segovianos, primero, y de todos los españoles, más tarde. Y, por ello, nos lanzamos al estudio y conocimiento pormenorizado de los campos de batalla, que fueron varios, de este olvidado combate.
A pesar de la existencia de multitud de enclaves, elegimos las dos posiciones más significativas: el Cerro del Puerco y Cabeza Grande. Allí el enfrentamiento fue decisivo y marcó el devenir de la batalla. En sus empinadas cuestas dejaron la vida la mayor parte de los franceses que formaban la XIV Brigada Internacional, los soldados de la LXXIX Brigada Mixta, los regulares del Tabor de Tiradores de Ifni-Sahara, de Melilla y Larache; los legionarios, milicianos del requeté y falangistas; los pilotos de los aviones rusos citados, e italianos y españoles al servicio del ejército franquista.
Descubrimos que, uniendo las dos posiciones referidas, había un espléndido corredor de restos arqueológicos, de incalculable valor histórico para la comprensión de la guerra civil española. Con la constante ayuda de los especialistas del Colectivo Guadarrama y el apoyo de la UNED, del Exmo. Ayuntamiento de San Ildefonso, de Ministerio de la Presidencia, de la Obra Social de CajaSegovia, del CENEAM y del Centro de Montes de Valsaín, nos planteamos cambiar la esencia de estos lugares. El proyecto, intitulado como el presente artículo, tomó cuerpo el año pasado con la realización del trabajo de campo en el que tomaron parte una veintena de alumnos de la UNED becados por el CIGCE y dirigidos por el Colectivo Guadarrama y un servidor.
Un año después, coincidiendo con la efeméride, estamos orgullosos de afirmar que hemos conseguido nuestro objetivo. De campo de batalla de horrible recuerdo, el esfuerzo de todos logró convertirlo en Sitio Histórico, lugar docente y de estudio: patrimonio de todos los segovianos.
Cuando el día 8 de junio presentemos en la Casa de la Cultura del Real Sitio de San Ildefonso el libro El corredor de la Batalla de La Granja: de campo de batalla a Sitio Histórico y el informe para la declaración del yacimiento arqueológico siga su curso en la correspondiente comisión de la Junta de Castilla y León, estoy seguro de que algunos, entre los que me encuentro, sonreiremos, felices, con la sensación justa del deber cumplido.
Eduardo Juárez Valero
Presidente del CIGCE
(Artículo publicado hoy, día 30 de mayo de 2012, en el Adelantado de Segovia)
Tal día como hoy, hace setenta y cinco años, el ejército republicano descendía la sierra de Guadarrama con la intención de tomar por sorpresa la ciudad de Segovia, aliviando así la presión que las fuerzas franquistas ejercían sobre el País Vasco. Cinco brigadas del ejército popular de la República trataron de rebasar las posiciones franquistas atrincheradas en el Real Sitio de San Ildefonso, Revenga y el Alto del León. Durante ocho infaustos días, el hermoso verde de nuestros pinares se tornó en bermejo: entre dos mil quinientos y tres mil soldados perdieron su vida, resultaron heridos o, sencillamente, incapacitados para el ejercicio de sus funciones.
Revenga y Valsaín hubieron de ser evacuados ante la inminencia y magnitud del ataque. En el caso de Valsaín, gran parte del caserío se perdió, incluida la iglesia parroquial, como demuestran las posteriores reconstrucciones del poblado a mediados de los cuarenta y a finales de los sesenta. Los habitantes de Revenga, tras pasar un día entero escondidos en improvisados refugios, lograron escapar a Segovia, donde llevaron la noticia del violento ataque republicano.
La Granja de San Ildefonso, rodeada por las brigadas republicanas, mantuvo un hilo de contacto con Segovia a través del puente y la carretera principal nunca tomada, a pesar de los varios e infructuosos intentos realizados por la XXXI Brigada Mixta del Mayor Del Cacho. Los balazos en las pilastras y rejas de la fachada principal del palacio nos cuentan, hoy día, las dificultades que pasó allí atrincherado el general Varela.
Y Segovia, a pesar de la distancia y del muro defensivo que supusieron las posiciones franquistas, sufrió esporádicos bombardeos de las fuerzas aéreas republicanas. Los chatos, las moscas y, sobre todo, los rasantes, todos ellos modelos Polikarpov pilotados por rusos y algún que otro norteamericano, dejaron sus bombas en la periferia de la ciudad. De los depósitos de agua de la carretera de La Granja al puente de Sancti Spiritu, las explosiones republicanas trataron de acabar con las bases militares principales, provocando el terror entre la población.
Setenta y cinco años más tarde, podridos los cadáveres, muertos los políticos y militares, así como sus planes y estrategias, sólo perviven los documentos, la memoria de los que vivieron aquello y las imponentes construcciones levantadas a tal efecto. Setenta y cinco años más tarde, las consecuencias de la batalla de La Granja, sus causas y el impacto que tuvo en el transcurso general de la Guerra Civil Española, en la población y en el entorno son patrimonio de los investigadores, quienes, desde hace bastantes años, se han afanado en estudiar los pormenores de aquellos ocho días de 1937.
Desde nuestra humilde posición, llevamos más de siete años tratando de poner en valor los restos de la llamada historiográficamente batalla de La Granja. Intentando conseguir que los recuerdos de los que vivieron aquello y las imponentes construcciones fuesen patrimonio histórico real de los segovianos, primero, y de todos los españoles, más tarde. Y, por ello, nos lanzamos al estudio y conocimiento pormenorizado de los campos de batalla, que fueron varios, de este olvidado combate.
A pesar de la existencia de multitud de enclaves, elegimos las dos posiciones más significativas: el Cerro del Puerco y Cabeza Grande. Allí el enfrentamiento fue decisivo y marcó el devenir de la batalla. En sus empinadas cuestas dejaron la vida la mayor parte de los franceses que formaban la XIV Brigada Internacional, los soldados de la LXXIX Brigada Mixta, los regulares del Tabor de Tiradores de Ifni-Sahara, de Melilla y Larache; los legionarios, milicianos del requeté y falangistas; los pilotos de los aviones rusos citados, e italianos y españoles al servicio del ejército franquista.
Descubrimos que, uniendo las dos posiciones referidas, había un espléndido corredor de restos arqueológicos, de incalculable valor histórico para la comprensión de la guerra civil española. Con la constante ayuda de los especialistas del Colectivo Guadarrama y el apoyo de la UNED, del Exmo. Ayuntamiento de San Ildefonso, de Ministerio de la Presidencia, de la Obra Social de CajaSegovia, del CENEAM y del Centro de Montes de Valsaín, nos planteamos cambiar la esencia de estos lugares. El proyecto, intitulado como el presente artículo, tomó cuerpo el año pasado con la realización del trabajo de campo en el que tomaron parte una veintena de alumnos de la UNED becados por el CIGCE y dirigidos por el Colectivo Guadarrama y un servidor.
Un año después, coincidiendo con la efeméride, estamos orgullosos de afirmar que hemos conseguido nuestro objetivo. De campo de batalla de horrible recuerdo, el esfuerzo de todos logró convertirlo en Sitio Histórico, lugar docente y de estudio: patrimonio de todos los segovianos.
Cuando el día 8 de junio presentemos en la Casa de la Cultura del Real Sitio de San Ildefonso el libro El corredor de la Batalla de La Granja: de campo de batalla a Sitio Histórico y el informe para la declaración del yacimiento arqueológico siga su curso en la correspondiente comisión de la Junta de Castilla y León, estoy seguro de que algunos, entre los que me encuentro, sonreiremos, felices, con la sensación justa del deber cumplido.
viernes, 25 de mayo de 2012
De nacionalistas, maestros y aprendices
¡Nacionalista, que eres un nacionalista!, exclamaba el Maestro Julio Aróstegui cuando le hablaba de lo maravilloso que es mi Real Sitio. Lo bien que se vive aquí. Lo felices que somos algunos viendo la vida pasar entre pinos, mármoles y fríos intempestivos.
Y, al fin y al cabo, ¿qué significa ser nacionalista? Uno puede estar orgulloso de su pueblo, de su tierra, de los montes y ríos, bosques y llanuras que le vieron nacer, crecer. Ahora bien, ¿es realmente necesario llevarlo a gala? ¿Es preciso inculcar a los que aquí vienen el amor por el terruño patrio? La verdad, no lo creo. Si los que aquí llegan no son capaces de apreciar lo que les rodea, la singularidad del entorno... ¡La belleza de mi pueblo, coño! Pues eso, apaga y vamonos. No me veo persiguiéndoles, coaccionándoles para que aprendan a amar mi entorno.
Sin duda, ese es el punto de no retorno. Donde el nacionalismo se vuelve igual de tóxico que los activos (más bien pasivos) de las cajas de ahorros dirigidas por nuestros maravillosos políticos. Esos mismos que pregonan a los cuatro vientos lo de la generación mejor preparada de la historia de España, cuando, en realidad, quieren decir la generación más titulada, que no preparada. La preparación es otra cosa. Fruto de la competencia y de la exigencia. De lo que adolece cualquier sistema desarrollado en este país. Por eso no es de extrañar la interpretación de la burricie paleta como nacionalismo.
Desafortunadamente, el Maestro Julio Aróstegui sólo enseña a unos pocos aprendices en el foro nacional. Unos pocos privilegiados que tuvimos la oportunidad de poder escucharle. Y eso que, durante un instante, pensé que la sobremesa acabaría en la cloaca de la desmemoria y el desconocimiento (¿verdad, Sr. Bellette?).
En cualquier caso, abotijado por las contundentes judías de Casa Zaca, hube de rendirme a la evidencia insertada en las enseñanzas del Maestro Aróstegui.
¡Qué sí! ¡Qué sí! ¡Nacionalista soy! Y por muchos años.
Y, al fin y al cabo, ¿qué significa ser nacionalista? Uno puede estar orgulloso de su pueblo, de su tierra, de los montes y ríos, bosques y llanuras que le vieron nacer, crecer. Ahora bien, ¿es realmente necesario llevarlo a gala? ¿Es preciso inculcar a los que aquí vienen el amor por el terruño patrio? La verdad, no lo creo. Si los que aquí llegan no son capaces de apreciar lo que les rodea, la singularidad del entorno... ¡La belleza de mi pueblo, coño! Pues eso, apaga y vamonos. No me veo persiguiéndoles, coaccionándoles para que aprendan a amar mi entorno.
Sin duda, ese es el punto de no retorno. Donde el nacionalismo se vuelve igual de tóxico que los activos (más bien pasivos) de las cajas de ahorros dirigidas por nuestros maravillosos políticos. Esos mismos que pregonan a los cuatro vientos lo de la generación mejor preparada de la historia de España, cuando, en realidad, quieren decir la generación más titulada, que no preparada. La preparación es otra cosa. Fruto de la competencia y de la exigencia. De lo que adolece cualquier sistema desarrollado en este país. Por eso no es de extrañar la interpretación de la burricie paleta como nacionalismo.
Desafortunadamente, el Maestro Julio Aróstegui sólo enseña a unos pocos aprendices en el foro nacional. Unos pocos privilegiados que tuvimos la oportunidad de poder escucharle. Y eso que, durante un instante, pensé que la sobremesa acabaría en la cloaca de la desmemoria y el desconocimiento (¿verdad, Sr. Bellette?).
En cualquier caso, abotijado por las contundentes judías de Casa Zaca, hube de rendirme a la evidencia insertada en las enseñanzas del Maestro Aróstegui.
¡Qué sí! ¡Qué sí! ¡Nacionalista soy! Y por muchos años.
viernes, 11 de mayo de 2012
De fascismos a periferias olvidadas: una sobremesa con Hipólito de la Torre e Ismael Saz
Han pasado los días y el primer ciclo de conferencias que conmemora la batalla de La Granja se aproxima a su fin. Y, como avisé hace unas semanas, llegó el momento de hablar de los fascistas. De dictadores aborrecidos y otros por aborrecer. Entre verduras salteadas y patatas a la importancia, Hipólito de la Torre e Ismael Saz fueron desgranando diferentes aspectos desconocidos de las relaciones hispano-portuguesas y la implicación de las dictaduras fascistas en la guerra civil patria. El maestro Hipólito con ese tono de voz tan suave y acompasado, argumentando sin descanso su posición. Con una cadencia que cualquiera diría que es cántabro. Más bien de la Costa da Morte. Ismael Saz, abrumador. Con una voz profunda y gutural, de las que decía mi abuela que enamoraban en los actores. Y con una personalidad arrolladora. No es de extrañar la vehemencia en defensa de sus ideas.
¡Cualquiera se atreve con él!
Y en medio de la discusión académica, un guiño a la política. Acostumbrados a vivir en el centro, en el centralismo, no viene mal de vez en cuando una visión periférica de la realidad. No hay que olvidar que fue en la periferia donde se asentó culturalmente este país: de las culturas almerienses de la Edad de los Metales a la mítica Tartessos; de la Tarraco imperial o los castros celtas de Galicia, a las maravillas iberas del litoral levantino.
Quizá los siglos de imperio centralista nos hicieron olvidar que es en el mar donde empezó la vida y no solo en la península ibérica.
Sea como fuere, me alegro de haber recibido un pequeño pescozón. Es lo contrario del nacionalismo militante: conoce a todo el mundo y todo el mundo te hará conocer.
¡Lastima del barcelonismo militante de mi querido amigo Ismael! En eso, no hay centralismos que valgan.
P.d.: Mi amigo Ángel Herrerín ya prueba los postres. Un poco a escondidas. Poco a poco comprende que hay demasiada sal en la vida como para desperdiciar un dulce.
¡Cualquiera se atreve con él!
Y en medio de la discusión académica, un guiño a la política. Acostumbrados a vivir en el centro, en el centralismo, no viene mal de vez en cuando una visión periférica de la realidad. No hay que olvidar que fue en la periferia donde se asentó culturalmente este país: de las culturas almerienses de la Edad de los Metales a la mítica Tartessos; de la Tarraco imperial o los castros celtas de Galicia, a las maravillas iberas del litoral levantino.
Quizá los siglos de imperio centralista nos hicieron olvidar que es en el mar donde empezó la vida y no solo en la península ibérica.
Sea como fuere, me alegro de haber recibido un pequeño pescozón. Es lo contrario del nacionalismo militante: conoce a todo el mundo y todo el mundo te hará conocer.
¡Lastima del barcelonismo militante de mi querido amigo Ismael! En eso, no hay centralismos que valgan.
P.d.: Mi amigo Ángel Herrerín ya prueba los postres. Un poco a escondidas. Poco a poco comprende que hay demasiada sal en la vida como para desperdiciar un dulce.
domingo, 27 de noviembre de 2011
Subiendo al Cerro del Puerco sin sherpa y sin oxígeno
¡Qué mañana tan gloriosa! ¡Qué luz, qué brillo! Sin nubes y Peñalara con la coronilla blanca, como uno de aquellos papas altivos del Medievo, amenazante en la distancia.
Salimos desde las puertas de Segovia, entre el hotel Roma y el bar Segovia, a eso de las once de la mañana. Nuestro objetivo: cumplir con la promesa dada a Josh Simpson. Hacía mas de tres meses que habíamos recibido uno de los planetas de vidrio creados por el maravilloso escultor norteamericano. Nos pareció muy emotivo pedirle uno de sus pequeños planetas para poder esconderlo entre los restos del Cerro del Puerco, donde hacía setenta y cuatro años habían luchado, sufrido y muerto, cientos de seres humanos en la sinrazón de la guerra civil española.
La fuerza del lugar, su incomparable belleza y la trascendencia histórica convenció a Josh Simpson. Por ello, tras unos meses de sí y no, de hoy quizás o mañana mejor, nos pusimos en marcha hacia la cima del Cerro del Puerco. Como venía con un servidor el Sr. Bellette, experto andarín donde los haya, pensé que quizás no era necesaria la presencia de sherpa alguno. Tuve mis dudas al saber que nos acompañaría el profesor Ángel Herrerín, sin rival en la piscina cubierta, pero cuesta arriba... Y, claro, si venía, como al final pasó, mi querido Ricardo Ramos, secretario del CIGCE y pilier del RAC Los Lobos en la reserva eterna, la presencia del Sr. Bellette era imprescindible. No hay que olvidar que es el único de los nuestros que realizó el cursillo de primeros auxilios. Y el único lo suficientemente responsable como para practicar la respiración asistida a Ricardo si, como todos preveíamos, sufría un colapso en el transcurso de la ascensión.
Dejamos el camino asfaltado y tomamos una de tantas veredas conocidas por el Sr. Bellette que nos condujo hasta el desvío de la Silla del Rey, camino de la fuente del Milano. Allí se empinó la cuesta y Ricardo decidió quitarse el abrigo que había traído. Ángel Herrerín nos pasó el suplemento de agua mineral, que somos pobres y nuestro único dopping tiene procedencia de origen bien de La Rioja, bien de la Ribera del Duero.
Salimos del camino y tomamos la última cuesta hacia el Cerro del Puerco, rondando ya los mil cuatrocientos metros de altitud. En ese momento se lamentó el profesor Herrerín de no haber traido oxigeno. Con más dificultad de la esperada por lo congelado del suelo, alcanzamos la cima y, como buenos y experimentados escaladores, nos felicitamos por el éxito de nuestra hazaña.
Durante un buen rato, discutimos dónde esconder el planeta de Josh Simpson. Finalmente, triunfó mi tesis de dejarlo en la **** de ******. Justo al lado de **********, frente a las *********.
En fin, creo que ha quedado claro. El desafío es para los valientes. El que se atreva, que suba y busque el planeta. Si lo encuentra, será suyo.
Eso sí, que no hagan locuras. Que busquen un buen sherpa y lleven abundantes reservas de oxígeno.
Nunca olviden que nosotros, los del CIGCE, somos de otra pasta.
Salimos desde las puertas de Segovia, entre el hotel Roma y el bar Segovia, a eso de las once de la mañana. Nuestro objetivo: cumplir con la promesa dada a Josh Simpson. Hacía mas de tres meses que habíamos recibido uno de los planetas de vidrio creados por el maravilloso escultor norteamericano. Nos pareció muy emotivo pedirle uno de sus pequeños planetas para poder esconderlo entre los restos del Cerro del Puerco, donde hacía setenta y cuatro años habían luchado, sufrido y muerto, cientos de seres humanos en la sinrazón de la guerra civil española.
La fuerza del lugar, su incomparable belleza y la trascendencia histórica convenció a Josh Simpson. Por ello, tras unos meses de sí y no, de hoy quizás o mañana mejor, nos pusimos en marcha hacia la cima del Cerro del Puerco. Como venía con un servidor el Sr. Bellette, experto andarín donde los haya, pensé que quizás no era necesaria la presencia de sherpa alguno. Tuve mis dudas al saber que nos acompañaría el profesor Ángel Herrerín, sin rival en la piscina cubierta, pero cuesta arriba... Y, claro, si venía, como al final pasó, mi querido Ricardo Ramos, secretario del CIGCE y pilier del RAC Los Lobos en la reserva eterna, la presencia del Sr. Bellette era imprescindible. No hay que olvidar que es el único de los nuestros que realizó el cursillo de primeros auxilios. Y el único lo suficientemente responsable como para practicar la respiración asistida a Ricardo si, como todos preveíamos, sufría un colapso en el transcurso de la ascensión.
Dejamos el camino asfaltado y tomamos una de tantas veredas conocidas por el Sr. Bellette que nos condujo hasta el desvío de la Silla del Rey, camino de la fuente del Milano. Allí se empinó la cuesta y Ricardo decidió quitarse el abrigo que había traído. Ángel Herrerín nos pasó el suplemento de agua mineral, que somos pobres y nuestro único dopping tiene procedencia de origen bien de La Rioja, bien de la Ribera del Duero.
Salimos del camino y tomamos la última cuesta hacia el Cerro del Puerco, rondando ya los mil cuatrocientos metros de altitud. En ese momento se lamentó el profesor Herrerín de no haber traido oxigeno. Con más dificultad de la esperada por lo congelado del suelo, alcanzamos la cima y, como buenos y experimentados escaladores, nos felicitamos por el éxito de nuestra hazaña.
Durante un buen rato, discutimos dónde esconder el planeta de Josh Simpson. Finalmente, triunfó mi tesis de dejarlo en la **** de ******. Justo al lado de **********, frente a las *********.
En fin, creo que ha quedado claro. El desafío es para los valientes. El que se atreva, que suba y busque el planeta. Si lo encuentra, será suyo.
Eso sí, que no hagan locuras. Que busquen un buen sherpa y lleven abundantes reservas de oxígeno.
Nunca olviden que nosotros, los del CIGCE, somos de otra pasta.
domingo, 25 de septiembre de 2011
Un día con Paul Preston
"El jueves que viene me echan de la Universidad", me decía el Profesor Preston mientras caminábamos desde el hotel Roma al restaurante Zaca. "No puedo creer que tu universidad prescinda de un hombre de tu prestigio", fue mi sincera y sorprendida contestación. "Ya, te lo agradezco, pero se da el caso de que en mi universidad todos los profesores tienen ese prestigio del que hablas. Incluso hay dos premios Nobel en economía", replicó el Preston con media sonrisa resignada. "Pues deberían echarlos a ellos, que no han dado una en los últimos años", puntualizó el profesor Ángel Herrerín, y la sonrisa ampliada desdibujó el rictus de dolo que acompañaba a Paul Preston desde que le recogimos en el hotel San Facundo de Segovia.
A las diez de la mañana hablaba con Ángel Herrerín preparando la participación de Preston en el Simposio que organiza y dirige el CIGCE y me lo confesó: "Hoy me he levantado con el pie izquierdo". Dicho y hecho. Llegamos a recoger a Preston a su hotel segoviano y, tras quince minutos de espera, aparece un tanto desencajado. Nos saluda con su estricta educación. "Estoy fatal. No me encuentro nada bien de salud".
Horror.
Como director del Simposio, una reacción: "Tierra, trágame". Como historiador: "Maldita sea mi suerte". Como presidente del CIGCE: "Hoy nos linchan".
Desde ese momento, todo se precipita. Paul cada vez en peor estado, dolorido y muy fatigado. La Granja llena de asistentes a la conferencia. Los políticos, que en estos casos parece que se vuelven locos, dando problemas constantes. Los medios de comunicación... Las instituciones participantes... Los colaboradores...
Conseguimos que el profesor Preston llegara a la comida, pero su estado no le permitió degustar el menú diseñado por Zaca. Creo que ese fue mi momento favorito: el eufemismo de Zaca. Y es que me gusta la poesía: cazuelita de judiones de La Granja.
Más bien perol de judiones. Que Ángel Herrerín y un servidor no pudimos con ello. Y el atún rojo. Y el sorbete de mojito.
Hube de acompañar al Maestro Preston para que reposara antes de la conferencia. A ver si se recuperaba un poco. Durante esas horas de espera, pensando el esfuerzo organizativo y económico al que se había sometido la Asociación CIGCE, pensé en la trivialidad de las cosas: un año largo de gestiones y programación entre el profesor Preston, sus circunstancias familiares, la London School of Economics, el Hay Festival Segovia, el CIGCE, el Patrimonio Nacional... Y todo podía ir al traste en cuestión de minutos.
"No te preocupes, Edu", me dijo mi querido amigo Quique Gallego, "confía en la pofesionalidad de Paul Preston". Creo que fue entonces cuando me tranquilicé. Además de un gran historiador y profesor, Paul Preston es inglés.
La profesionalidad ante todo.
Me senté en la terraza del bar El Rey de Copas y bebí tranquilamente una botellita de agua. Seguro que lo conseguíamos. Los nervios me abandonaron. Ya no me preocupó la cara pálida de Ángel Herrerín cuando fuimos a buscar a Preston al hotel Roma y no contestaba al teléfono. Ni cuando bajó éste, sudoroso y alterado. Sonreí ante los aplausos de los más de trescientos asistentes a la Casa de las Flores mientras nos aproximábamos al estrado. Me olvidé de los problemas y las luchas de las chicas del CIGCE para lograr fotografiar al Maestro en la conferencia por las restricciones de divulgación de Patrimonio. No me extrañó que el sonido fuera penoso y que en la parte de atrás de la sala se oyera fatal la entrecortada voz del hispanista. Tampoco me preocupó que la teniente de alcalde que sustituía a José Luis Vázquez dijera allí delante de todos los que llevábamos más de un año luchando por traer a Preston que había sido el ayuntamiento quien había "auspiciado y propiciado" aquel acto.
Sonréí y concentré mi mirada en el público que se esforzaba por seguir la conferencia de Paul. La conclusión era clara: hablar sobre Franco en el Palacio de La Granja... El mal fario concentrado.
"Es la primera vez que se habla sobre Franco en una conferencia en este palacio, Paul... Y seguro que la última", confesé al Maestro de Liverpool. Sonrisa y asentimiento como respuesta.
Al final, terminada la conferencia y el breve pero intenso turno de preguntas, me quedé con una imagen. Un fila enorme de asistentes entregándole libros para firmar, agradecimientos y muestras de admiración.
"Sólo quiero agradecerle sus libros", le dijo una señora. "Gracias a ellos he conocido el pasado de mi país". El Maestro Preston se levantó y le dio dos besos.
A pesar de los problemas, de las deficiencias, del sonido, de la enfermedad, de los constantes ninguneos, de la poca vergüenza de algunos, todo el mundo agradeció la presencia de Paul Preston en La Granja.
Y yo agradecí la presencia de todos ellos. Y de todo lo que ocurrió en ese día maldito, maravilloso. Al fin y al cabo, habíamos cumplido con nuestra promesa: EL CIGCE HABÍA TRAÍDO A PAUL PRESTON A LA GRANJA.
"Siento haberos dado el dia", nos dijo el Maestro Preston a Juan Bellette, Ángel Herrerín y a un servidor en el hall del hotel San Facundo. "Ya sabes cómo se soluciona ésto", le contesté. "Al año que viene, vuelves". "A ver si es verdad", nos dijo. Sonrió y se fue.
Así sea, Maestro Preston.
A las diez de la mañana hablaba con Ángel Herrerín preparando la participación de Preston en el Simposio que organiza y dirige el CIGCE y me lo confesó: "Hoy me he levantado con el pie izquierdo". Dicho y hecho. Llegamos a recoger a Preston a su hotel segoviano y, tras quince minutos de espera, aparece un tanto desencajado. Nos saluda con su estricta educación. "Estoy fatal. No me encuentro nada bien de salud".
Horror.
Como director del Simposio, una reacción: "Tierra, trágame". Como historiador: "Maldita sea mi suerte". Como presidente del CIGCE: "Hoy nos linchan".
Desde ese momento, todo se precipita. Paul cada vez en peor estado, dolorido y muy fatigado. La Granja llena de asistentes a la conferencia. Los políticos, que en estos casos parece que se vuelven locos, dando problemas constantes. Los medios de comunicación... Las instituciones participantes... Los colaboradores...
Conseguimos que el profesor Preston llegara a la comida, pero su estado no le permitió degustar el menú diseñado por Zaca. Creo que ese fue mi momento favorito: el eufemismo de Zaca. Y es que me gusta la poesía: cazuelita de judiones de La Granja.
Más bien perol de judiones. Que Ángel Herrerín y un servidor no pudimos con ello. Y el atún rojo. Y el sorbete de mojito.
Hube de acompañar al Maestro Preston para que reposara antes de la conferencia. A ver si se recuperaba un poco. Durante esas horas de espera, pensando el esfuerzo organizativo y económico al que se había sometido la Asociación CIGCE, pensé en la trivialidad de las cosas: un año largo de gestiones y programación entre el profesor Preston, sus circunstancias familiares, la London School of Economics, el Hay Festival Segovia, el CIGCE, el Patrimonio Nacional... Y todo podía ir al traste en cuestión de minutos.
"No te preocupes, Edu", me dijo mi querido amigo Quique Gallego, "confía en la pofesionalidad de Paul Preston". Creo que fue entonces cuando me tranquilicé. Además de un gran historiador y profesor, Paul Preston es inglés.
La profesionalidad ante todo.
Me senté en la terraza del bar El Rey de Copas y bebí tranquilamente una botellita de agua. Seguro que lo conseguíamos. Los nervios me abandonaron. Ya no me preocupó la cara pálida de Ángel Herrerín cuando fuimos a buscar a Preston al hotel Roma y no contestaba al teléfono. Ni cuando bajó éste, sudoroso y alterado. Sonreí ante los aplausos de los más de trescientos asistentes a la Casa de las Flores mientras nos aproximábamos al estrado. Me olvidé de los problemas y las luchas de las chicas del CIGCE para lograr fotografiar al Maestro en la conferencia por las restricciones de divulgación de Patrimonio. No me extrañó que el sonido fuera penoso y que en la parte de atrás de la sala se oyera fatal la entrecortada voz del hispanista. Tampoco me preocupó que la teniente de alcalde que sustituía a José Luis Vázquez dijera allí delante de todos los que llevábamos más de un año luchando por traer a Preston que había sido el ayuntamiento quien había "auspiciado y propiciado" aquel acto.
Sonréí y concentré mi mirada en el público que se esforzaba por seguir la conferencia de Paul. La conclusión era clara: hablar sobre Franco en el Palacio de La Granja... El mal fario concentrado.
"Es la primera vez que se habla sobre Franco en una conferencia en este palacio, Paul... Y seguro que la última", confesé al Maestro de Liverpool. Sonrisa y asentimiento como respuesta.
Al final, terminada la conferencia y el breve pero intenso turno de preguntas, me quedé con una imagen. Un fila enorme de asistentes entregándole libros para firmar, agradecimientos y muestras de admiración.
"Sólo quiero agradecerle sus libros", le dijo una señora. "Gracias a ellos he conocido el pasado de mi país". El Maestro Preston se levantó y le dio dos besos.
A pesar de los problemas, de las deficiencias, del sonido, de la enfermedad, de los constantes ninguneos, de la poca vergüenza de algunos, todo el mundo agradeció la presencia de Paul Preston en La Granja.
Y yo agradecí la presencia de todos ellos. Y de todo lo que ocurrió en ese día maldito, maravilloso. Al fin y al cabo, habíamos cumplido con nuestra promesa: EL CIGCE HABÍA TRAÍDO A PAUL PRESTON A LA GRANJA.
"Siento haberos dado el dia", nos dijo el Maestro Preston a Juan Bellette, Ángel Herrerín y a un servidor en el hall del hotel San Facundo. "Ya sabes cómo se soluciona ésto", le contesté. "Al año que viene, vuelves". "A ver si es verdad", nos dijo. Sonrió y se fue.
Así sea, Maestro Preston.
sábado, 24 de septiembre de 2011
En el Fin del Mundo





Renovados por nuestro merecido descanso en Lires, iniciamos la última etapa de nuestra aventura. A través de los campos, perseguidos por el maravilloso olor estiercol fresco, fuimos recorriendo pequeñas parroquias, casi siempre cuesta arriba: de Canosa a Padrís; de Padrís a Castreixe.
Saliendo de éste último nos regaló el camino la última de las cuestas espantosas. Interminable, continua. El Sr. Bellette y un servidor, cansados de bufar nos detuvimos para que un buen trago de agua fresca nos repusiera. Allí arríba, sobre la colina, la vista era increible. El mar rompía sobre los farallones que abrían la ensenada de la pequeña playa del Rostro. La espuma acariciaba las rocas y, aunque no nos llegaba, hacía que el nuestra mente imaginara ese frescor. Con eso bastaba. Media vuelta y al camino.
Más allá de Rial rompimos otra pendiente y salimos del bosque. Allí al final del camino se abría el cabo de Finisterre. Una mirada complice y a apretar el camino.
Ya podía sentir el olor del mar y el final de camino en mi pies. En esos últimos pasos tuvimos varios encuentros y rencuentros. Dos paisanos que habíamos encontrado dos días antes y compartido diez minutos de zumo de naranja nos agasajaron con un buen consejo. "Allí arriba, tras la loma, hay un melocotonero alucinante", nos dijo el mayor de los dos. Un saludo, chocar de manos y a seguir el camino. Con la boca hecha agua nos acercamos al melocotonero. Sí que resultó ser imponente, como los dos perros que tenía aquel paisano que descansaba junto al arbol.
Saliendo del bosque, a escasos cuatro kilómetros de Finisterre dimos con una pareja de segovianos de Cerezo de Arriba. "Espero que no haya muchas cuestas hasta Muxia". Una sonrisa y un hasta luego, que buen camino os espera. Cuesta arriba y cuesta abajo.
La charla con el segoviano fue muy divertida. Tanto, que perdimos el camino. Por primera vez. Bueno, en realidad, lo habíamos perdido durante cincuenta metros en A Pena, días antes, porque un cretino había pintado una flecha en dirección equivocada. Lo cierto es que aquella flecha era naranja, pero ya habiamos visto flechas de multitud de colores: amarillas, rojas, blancas... No nos extraño. Gracias a aquel abuelo que nos encaminó. Esta vez fue distinto. Lo perdimos de verdad. La suerte fue que teniamos Finisterre a la vista. Tras un pequeño rodeo de un kilómetro volvimos al redil. Nos encontrábamos en las afuera de San Martiño de Duio. Allí vimos nuestro anteúltimo cruceiro y una concurrida misa en la iglesia de San Martiño, con el mar al fondo y el cementerio de proscenium. Los cánticos de los fieles nos empujaron cuesta abajo hacia las calles de Finisterre.
Ahora sí que íbamos rápido. Bordeando la hermosa playa de Langosteira nos detuvimos en el cruceiro de Finisterre. El último. De allí al albergue. Cerrado hasta las 13:00. Pues a la terraza del Galeón. Un par de vinos con boquerones en vinagre mirando al puerto, viendo como los barcos se balanceaban atracados. A las 13:00 en punto, al albergue. Una cola de peregrinos sudorosos y felices. Es la mejor de todas las colas. Todos encantados de llegar. Me recordó al día de la Compostela. Allí estaba la italiana. Y nuestro amigo Frédèric.
Al fin llegamos al mostrador. "Eduardo Juárez, enhorabuena, has terminado el Camino". "Juan José Bellette, enhorabuena, has terminado el Camino".
¿Qué decir? La gloria, por fin. De allí nos fuimos al restaurante Fin do Camiño. A por la parrillada de pescados. A por las navajas. Y a por los percebes benditos de Dios.
"Al año que viene, señorito Juárez, de Hendaya hasta Bilbao y que nos proteja el Santo".
Amén Sr. Bellette, amén.
lunes, 19 de septiembre de 2011
En el paraiso de Lires


Igual que subimos el monte Facho lo bajamos. Azotados por la lluvia. Ora de frente, ora de espaldas. Ora en todo el careto. Ora en el costillar...
"Hasta que no llegemos a Lires, no para, que te lo digo yo". Y es que el Sr. Bellette, cuando tiene razón es que tiene razón.
Caminamos un tanto despreocupados, a pesar de la lluvia, después del ataque de risa de la cima del monte. Aún tardamos en llegar a nuestro destino, Lires, al menos una hora y un poco. En nuestra mente sólo era un nombre. Bueno, miento. En realidad era un deseo de ducha caliente y ropa seca. Y zapatos secos. Y calcetines secos. Y calzoncillos secos.
Entramos en Lires por el camino del viejo puente de las piedras pasaderas, ahora renovado por un puente moderno construido con dinero del inservible plan E. Al menos aquí, aunque no solucionó el problema del paro, sí sirvió para que los peregrinos no se mojaran los pies al cruzar el río.
Nuestro primer objetivo fue el hostal As Eiras, cuyos carteles llevábamos viendo y anhelando desde hacía más de dos horas. Como el día había sido de penitencia, no tenían habitaciones libres. Claro, que el chico de la barra se apiadó de dos bacalaos mojados y nos mandó a una casa rural llamada Casa Lourido.
Fue entonces que sentí que cambiaba la suerte. Bajamos hasta el cruceiro y seguimos un poco más hasta llegar a la preciosa casita Lourido. Blanca y grande, con un verde jardín y un porche estupendo. Entramos con nuestras mochilas y esos miles de litros de agua pegados al cuerpo. Nos recibió la encantadora Sra. Lucía que rápidamente nos llevó a nuestra habitación, la nº 14. Cogió la ropa mojada y la llevó a secar. Mientras, el Sr. Bellette después y un servidor antes, nos quitamos el agua, el cansancio y la mala suerte en la pequeña, cálida y grata ducha de la Casa Lourido.
Mientras el Sr. Bellette se duchaba miré por la ventana. Ya no llovía.
La madre de la Sra. Lucía, Doña María, nos recibió en el salón y recomendó ir hasta la playa. "Un kilómetro nada más", nos dijo. La hicimos caso. Y fue como revivir. El mar inmenso de Lires nos agasajó con un atardecer maravilloso, viendo como la ría ganaba terreno a la marea en retirada. Y todo lo hicimos desde la terraza del bar Playa. En Lires. En el Paraiso de Lires. Comiendo unos mejillones asombrosos. Y un pulpo sin igual. Y los pimientos de rigor. Y el Viña Costeira de mi corazón.
Volvimos de noche a la Casa Lourido. Volvimos para dormir. Que no se duerme mejor que cuando uno se lo ha ganado. Y uno se lo gana yendo primero del infierno al purgatorio. Y del purgatorio a la Casa Lourido en Lires. Al bar Playa. A la enorme playa de Nemiña. Al paraiso. En la Costa da Morte. En Galicia. En España.
¿Por qué seguimos?



Caminando desde O Reino hasta Lalín me lo había preguntado. Y no se trataba de retórica. ¿Por qué seguíamos caminando? La dureza del camino, la lluvia inmisericorde, el cansancio pertinaz... Pensé que no volvería a verme en situación parecida.
Empapados en Muxía, degustamos unos callos con garbanzos acompañados de nuestro acostumbrado Viña Costeira. Y cuando digo empapados quiero decir que el agua recorría todo nuestro cuerpo. No hay más que ver al Sr. Bellette y su aguada camiseta. Un hilo de esperanza nos llenó mientras comíamos en el restaurante O Prestige (¡Ojo con el nombrecito!).
Aquel día, que había empezado estupendamente, se torció al salir de Os Muiños y empaparnos. Desde las once de la mañana me sentí mojado y no abandoné la sensación. Subimos hasta la espectacular punta da Barca, donde se encuentra la iglesia de la Virxen da Barca, la patrona de los marineros, custodiada por las enormes piedras sagradas, veneradas desde tiempos de los celtas, allá por el siglo VI antes de Cristo: de la pedra d'Abalar a la de Cadrís, pasando por la dos Namorados o del Timón. Apenas pudimos apreciarlas del aguacero que nos caía sin pausa.
Calados hasta los huesos fuimos a comer al restaurante O Coral pero la simpática encargada nos dijo que estaba lleno el comedor. Miré furtivamente y comprobé que nadie se hallaba allí sentado. "Es que está todo reservado" me contestó. "Tú te lo pierdes, cretina". El Sr. Bellette con media sonrisa salió primero hacia el chubasco y nos dirigimos al O Prestige. Arroz con marisco y pimientos de Padrón.
Como decía, dejó un momento de llover, justo con los postres, de modo que aprovechamos y echamos a andar ladera arriba, hasta la Ferida, monumento a la insensatez de aquel ministro detestable que permitió la catastrofe del Prestige en la maravillosa Costa da Morte. Como si ese politicucho hubiera percibido mi pensamiento y su furor se transformase en tormenta, al doblar el monumento, la lluvia volvió.
Y furiosa.
No nos abandonó en tres horas de camino. El Sr. Bellette se agachaba para que el chaparrón no le lavara la cara. Yo empecé a reirme a ratos. Otras veces juraba en arameo. La misma sensación que tener el telefonillo de la ducha en pleno rostro. Así dejamos Muxía, azuzados por la lluvia. Y ojito con el camino. Hacia arriba sin parar. Dejar la playita de Muxía y empezar a subir el monte Facho de Lourido. Trescientos diez metros de ascenso vertical jarreando sin parar.
Fue en ese momento que me acordé de la travesía hasta Lalín. ¿Qué hacíamos allí? Nunca había estado tan mojado, ni siquiera bajo la ducha, lo puedo jurar. Y el camino no paraba de empinarse. Además, seguros de caminar junto al mar, ni siquiera lo sentíamos cubiertos como estábamos por la niebla.
Coronamos con una paliza de aquí te espero. Fue entonces cuando lo vimos. Otro peregrino venía en dirección contraria. Caminaba con chanclas de piscina y calcetines blancos más mojados que un bacalao del Cantábrico. "Buen camino" nos dijo. Y encima nos regaló una sonrisa.
Me di la vuelta y miré al Sr. Bellete que parecía una sopa pintada por Andy Warhol. Y me quedé mirando su sombrero. Giré la cabeza y miré el mío. No nos habíamos dado cuenta de ellos. Nosotros estábamos mojados, pero nuestros sombreros parecían una boceto de Picasso después de una juerga.
Empezamos a reirnos. Nos reimos tanto que tuvimos que parar el caminar. Allí estábamos. En la cima de un monte, junto a la Costa da Morte. Muertos de risa. Sin poder hablar del esfuerzo. Sin poder parar de reir.
Después de todo, ¿qué es el camino sin esfuerzo y desesperación?
El Sr. Bellette y un servidor no saben hacer el camino sin sufrir un lavado a conciencia, por dentro y por fuera.
Y que así siga siendo.
domingo, 18 de septiembre de 2011
¡El mar! ¡La lluvia!



El óxido nitroso que en forma de aguardiente nos habían regalado en O Argentino se nos empezó a terminar a eso de las seis o las seis y media de la tarde. Justo nos dio para llegar a Quintans. Estábamos a escasos cinco kilómetros del mar, pero las piernas ya no daban más. Hicimos noche en el hostal Plaza de Quintans. Como no había habitación para compartir, hubimos de dormir cada uno en una enorme cama de de matrimonio. ¡Qué se le iba a hacer! Estas son las cosas del camino...
Antes de dormir nos regalamos una agradable cena: tortillón de patata y carne guisada con unas pequeñas y riquísimas patatas, coronada por un tiramisú. Después de cuarenta kilómetros y una buena cena, dormir fue el colofón perfecto.
Dejamos el hostal de Quintans a eso de las ocho y media de la mañana con el chasquido de las moscas muriendo en la trampa eléctrica en nuestros oídos. Por delante de nosotros, a escasos doscientos metros, pronto vimos a nuestra amiga italiana, aquella de Vilacerio, comiendo camino como una valiente. Debía haber salido desde el albergue de Dumbría a eso de las cuatro o las cinco de la mañana. Indudablemente, su destino era Muxía.
Seguimos su caminar por bosques y laderas, a través de parroquias ínfimas y bellas iglesias románicas de vieja y carcomida piedra gris.
A eso de las diez o las diez y media, después de coronar la enésima cuesta, tras un giro a la derecha del camino a través de un pinar, dimos con el mar por primera vez en aquel camino.
¡El mar, Sr. Bellette! ¡El mar!
De allí nos dejamos caer por la cuesta con los ojos prendidos en el océano.
¿Qué tendrá esa visión que siempre me domina?
Llegar andando hasta el mar, hasta el fin de la tierra, el sueño del peregrino. Allí al frente estaba la ría de Camariñas, enorme y esplendida. Repleta de barcos pesqueros y pueblecitos dispersos, como en toda Galicia, pero junto al mar.
Alcanzamos Os Muiños bien descansados. Subimos la cuesta que nos regalaba el camino hasta llegar al cruceiro de la iglesia. En ese momento empezó a llover.
¡La lluvia, Sr. Bellette!
Parece que nunca podemos escapar a ella. Fría, continua, inmisericorde. Nos mojó sin descanso durante los siguientes cuatro kilómetros. Casi no disfrutamos al llegar a la playa de Muxía. Cruzamos el arenal como una sopa, mojados hasta los higadillos. Uno suele disfrutar al caminar por las playas, me encantan que sean largas e interminables. Sin embargo, cruzar aquella playa bajo la lluvia se me hizo interminable. Dimos con nuestros huesos empapados en un hotel frente a la playa. La italiana cogió la enorme cuesta que remontaba la colina que conducía al albergue de Muxía. Mentalmente la despedimos y nos sentamos en el bar de aquel hotel para secarnos un poco.
¡Secarnos un poco! ¡Viva la ironía!
Mientras degustábamos nuestro habitual zumo de naranja, miraba yo melancólico por la ventana el caer de la lluvia sobre el mar. Nada más placentero si no tienes que salir a caminar.
"Relájate, Señorito Juárez", me dijo el Sr. Bellette, "tarde o temprano amainará, amigo".
Tarde o temprano. Nada dijo de secarnos.
sábado, 17 de septiembre de 2011
El peluquero del Azor
Con el gaitero loco en la cabeza enfilamos la cuesta abajo hacia Olveiroa. Dejando atrás Lago y el enorme embalse, llegamos primero a Ponte Olveira. Allí decidímos descansar en un curioso y agradable albergue privado que no figuraba en nuestras cartas de navegación. Justo antes del puente, con aspecto efímero y prefabricado, nos dejó tomar un respiro. Entramos en el bar y nos sentamos bajo una impactante foto de la desembocadura del rio Xallas en Ézaro, una cascada asombrosa, digna de visitar. El paisano nos sacó una botella de nuestro querido Viña Costeira y lo que el definió como una tapa: seis pedazos de lomo de cerdo adobado frito, seis lonchas de jamón serrano, seis trozos de queso de tetilla y seis trozos de chorizo maravilloso. Menos mal que las tapas sólo son así en Galicia, que si no...
Con la panza llena y contentos de que exista el Viña Costeira retomamos el camino cruzando el puente. En pocos minutos llegamos a Olveiroa, a eso de las 12:30 del mediodía. Una italiana rubia nos desafió con un sprint digno de las olimpiadas. Supusimos que ella creía que nos dirigíamos al albergue y pretendía tomarnos la mano. ¡Qué tía más fina! No dijimos nada y la hicimos echar el resto en la cuesta que llevaba al albergue. En un recodo se confundió y acabó en la puerta del albergue privado. Desesperada se volvió y nos dedicó una mirada de pena. El Sr. Bellette y un servidor la sonreimos y la animamos a continuar. Siguió apretando hasta llegar al albergue. Allí nos despedimos de ella y seguimos nuestro camino ante su sorpresa.
Aún divertidos por la carrera de la italiana, empezamos a descender hasta la ribera del Xallas, siguiendo los mojones.
Cuesta arriba, cuesta abajo. Ora un puerto de primera. Ora un descenso hasta el infierno.
A través de un campo de molinos de viento y ya bajo la lluvía, abandonamos el camino que llevaba directamente a Finisterre y tomamos la via de Muxia. Destino, Dumbría.
Después de que amainara la llovizna, después de catorce kilómetros entre los eucaliptos, llegamos al pueblo de Dumbría. No con demasiado hambre, la verdad. Un poco mojados por fuera y secos por dentro. Tras recorrer un kilómetro por dentro de la población nos acercamos hasta el restaurante O Argentino. Restaurante, tienda y bazar de electrodomésticos. Que quien diga que en Galicia no puedes verlo todo...
Nos recibieron con frialdad. Un vino tinto un poco peleón y sin pincho. Pedimos come
r. Judías y zorza. Con el frescor de la lluvia, las judías eran la mejor opción. Claro, que los dos esperábamos unas judías estofadas y no las judías de la huerta de atrás que nos pusieron. Eso sí, maravillosas, verdes parduscas y con unas habas del demonio de grandes. Antes de que llegara la zorza y nos terminaramos la botella de Viña Costeira de rigor, los paisanos se dispusieron a tomar un pote de impresión en la mesa de al lado. Con la tele puesta a todo meter, los comentarios nos hicieron congeniar. Entre todos ellos había un hombre de unos setenta y ocho años, la mar de simpático. El tío había sido peluquero en Azor, el yate del general Franco. Las cosas que tiene la vida, yo con la camiseta negra del Centro de Investigación de la Guerra Civil Española y hablando con el peluquero del barco de Franco.
r. Judías y zorza. Con el frescor de la lluvia, las judías eran la mejor opción. Claro, que los dos esperábamos unas judías estofadas y no las judías de la huerta de atrás que nos pusieron. Eso sí, maravillosas, verdes parduscas y con unas habas del demonio de grandes. Antes de que llegara la zorza y nos terminaramos la botella de Viña Costeira de rigor, los paisanos se dispusieron a tomar un pote de impresión en la mesa de al lado. Con la tele puesta a todo meter, los comentarios nos hicieron congeniar. Entre todos ellos había un hombre de unos setenta y ocho años, la mar de simpático. El tío había sido peluquero en Azor, el yate del general Franco. Las cosas que tiene la vida, yo con la camiseta negra del Centro de Investigación de la Guerra Civil Española y hablando con el peluquero del barco de Franco.Hablamos de todo y nos hicimos tan amigos que nos invitó a probar todos los aguardientes creados por gallegos a lo largo de la historia, alguna tan fuerte que sentí que la gasolina abrasaba mi garganta. Desde luego que nos recuperamos en O Argentino. Rotas las distancias y recelos, todos el mundo es bueno y amable con los peregrinos. Le conté al peluquero lo del gaitero solitario y nos costó otro trago de crema de orujo.
Menos mal que somos abstemios, Sr. Bellette. En ese momento fue cuando estuvimos seguros de que llegaríamos a dormir a Quintans. Unos pocos kilómetros más, hasta sumar los cuarenta ese día.
Aunque todo tiene truco. El orujo del O Argentino era en realidad óxido nitroso y nosotros, fórmula uno.
¡Ay, Alonso, si tu Ferrari llevara orujo gallego y no esos aditivos italianos de medio pelo!
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viernes, 16 de septiembre de 2011
Un gaitero en una peña

Salimos del albergue de Vilacerio bien pronto en la mañana. El frescor, el sol y el aroma de los maravillosos eucaliptos nos empujó cuesta arriba (¡Cómo no!) haciendo de nuestro paseo una verdadera delicia. Entre vallas vetustas de piedra barbada y prados verdes de un brillo increíble nos dejamos ir. El Sr. Bellette señaló nuestro lento caminar cuando fuimos adelantados por un furibundo peregrino de roja mochila. Quién sabe qué perseguía aquel paisano con esas prisas y a esas horas.
Nuestro objetivo de aquel día era Dumbría para dormir y Olveiroa para comer. Pasados Bon Xesús empezamos a subir sin descanso cuestas empinadas como sábados sin fiesta. Llegamos con la lengua fuera a Vilar do Castro y yo miré mis cartas de navegación prudentemente impresas por el Sr. Bellette.
"Nos toca subir el monte Aro, amigo", confirmé al segundo y la risa floja nos conquistó. Era la quinta subida del día y ya iban en este viaje... Abandonamos las rampas de clazada y entramos en caminos de monte, con pinos, eucaliptos y toxos. Más pinos que otra cosa. Allí nos adelantaron dos o tres ciclistas y dimos con nuestro amigo francés, Frèderic. Caminaba cargando la pierna derecha pues se había lesionado en la izquierda. Ralentizamos nuestro paso y o adecuamos al suyo, compartiendo un par de kilómetros. Allí nos dimos cuenta que el monte Aro lo habíamos subido ya, triste de mí que no manejo bien la navegación. Seguro que fue la influencia del zumo de naranja de aquel villorrio.
Comenzamos el descenso hacia Lago y nuestro gabacho comenzó a rezagarse, que subir cuesta pero bajar es el infierno.
En un momento salimos a un claro del pinar. Allí había un grupo de peregrinas charlando en un cruce del camino. Saludamos y seguimos. Fue entonces cuando lo escuché.
El viento traía una bella melodía. Un son de gaita que rasgaba el aire y te insuflaba ánimos. Y de qué manera. El Sr. Bellette me miró sorprendido. Cerré los ojos y rogué porque no fuera un maldito móvil.
No lo era.
No lo era.
En el centro del claro del bosque había una peña de unos veinte metros de altitud. Sobre ella, sentado a horcajadas de una pequeña roca, descansaba un gaitero.
No me lo podía creer. Estas cosas sólo ocurrían en las películas. O estaban preparadas.
"Cómo están algunos", dijimos a la vez el Sr. Bellette y un servidor. Luego recapacitamos. Aquel gaitero estaba alegrando el camino a los peregrinos. Nadie más que caminantes desde el lejano Santiago pasaban por allí.La estampa fue inolvidable. Caminamos en silencio la larga curva que rodeaba aquella peña, la peña del gaitero. La maravillosa música de aquel instrumento perfecto nos acompañó durante tres o cuatro kilómetros.
Aquel caminar con mi amigo, con el camino de Santiago, con el bosque, con el olor de los pinos y los eucaliptos, con la sonrisa de todos los peregrinos que nos encontrábamos... Doy gracias por todo. Por Galicia, por el camino, por la música, por las gaitas, por aquel loco gaitero subido a una peña. Por mi amigo, el Sr. Bellette. Por el Camino de Santiago. Por mis piernas, que me permitieron estar allí.
Otro momento inolvidable, ¿verdad, Sr. Bellette?
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viernes, 26 de agosto de 2011
Durmiendo en Manhattan
Bajando desde el otero del Mar de Ovellas rodamos sin dilación hasta el pueblo de Negreira. Antes de llegar allí cruzamos el bellísimo puente medieval de Ponte Maceira. Cruzándolo pensé que me movía más allá del espacio y entraba en otro tiempo, cuando caminar era obligatorio y los puentes, maravillas creadas para el hombre, permitían salvar temibles obstáculos. Un segundo de descanso, una foto, un poco más de aire y nuevas energías para afrontar otra cuesta más.
Después del evocador puente, llegamos en un suspiro a Negreira. Tras un poco de Viña Costeira para apaciguar el calor y secar la enésima sudada, marchamos hacia el albergue a través de un pórtico pétreo hermosísimo. El albergue, abarrotado. De regreso al pueblo para alimentarnos, coincidimos con varios peregrinos. Uno en particular iba refunfuñando. Había llegado a Santiago desde Francia de un tirón. El cura olvidó nombrarle en la misa del peregrino y mostraba su disgusto y enfado.
"El pelotudo se olvidó de mi nombre... Después de todos esos días y esta maldita mochila". Cabreado como buen argentino, pensé. Luego miré su mochila.
Para suicidarse.
Comimos en la Casa de Comidas La Mezquita. "Serán de Córdoba", dijo el Sr. Bellette. O de Toledo. O de León, que nunca se sabe. Una sopa excelente, ensalada y un buen filete nos abrazaron con un buen tinto de la tierra. Mientras comíamos, un tropel de gigantescos teutones entró a comer. El más pequeño, más alto que un servidor y eso que rondo los 191 cm. El más alto era el ciclista más descomunal que nunca llegué a ver. Casi no entraba en la mesa. Entre cerveza y cerveza, risas brutales y chanzas en su ininteligible idioma, todos los que allí comíamos no podíamos quitarles los ojos de encima.
Abandonamos Negreira bajo el sol, con el sello en nuestra credencial y camino de Vilacerio, en busca de nuestro albergue. Dos horas y media de caminata entre bosques viejos y nuevos que nacen con las cicatrices del devastador fuego pasado.
A punto de perdernos en A Pena gracias a una flecha mal pintada por algún graciosillo o por un voluntario confundido. De allí, con un refresco en el estómago, hasta Vilacerio, un paseo. Pero con más de treinta kilometros en las piernas. Llegamos al albergue hacia las cinco y media de la tarde, justo cuando empezaba a levantarse una brisilla perra que además de llevarse el calor traía la pestilencia de la paja fermentada bajo los plásticos negros.
Y en Vilacerio me sentí una vez más como el náufrago que cantaba The Police. Igual que si estuviéramos en Manhattan. Sólos entre una multitud. Claro que la multitud era inapreciable y la soledad lo era todo. Dos franceses, uno lesionado, un coreano y una italiana fueron nuestros compañeros en aquel albergue. Lo mejor de todo, compartir la cena con Frèdèric, un francés cultísimo que venía andando por el camino norteño y seguía, como nosotros, la ruta de Muxía hacia Finisterre. Conn un español excelente y un poco atropellado, quizás por la influencia de sus veraneos en el sur de España, la charla con el parisino nos alegró el fresco atardecer. Más frío que otra cosa. Un aire que no auguraba nada bueno. Frèdèric marchó un momento a por su forro polar. El Sr. Bellette y un servidor aguantamos el relente estoicamente. Que somos de La Granja. Jodidos de frío, pero contentos. Como tiene que ser.
A las diez y media, respetando el horario monacal de los albergues, nos fuimos a la cama. A las once de la noche, dormidos. La mayoría. Entre el suspirar de la italiana, el ronquido leve del coreano y respirar fuerte de los demás, caí paulatimente en la inconsciencia, recordando tiempos pasados cuando dormía con multitud y la multitud me acunaba.
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