domingo, 25 de septiembre de 2011

Un día con Paul Preston

"El jueves que viene me echan de la Universidad", me decía el Profesor Preston mientras caminábamos desde el hotel Roma al restaurante Zaca. "No puedo creer que tu universidad prescinda de un hombre de tu prestigio", fue mi sincera y sorprendida contestación. "Ya, te lo agradezco, pero se da el caso de que en mi universidad todos los profesores tienen ese prestigio del que hablas. Incluso hay dos premios Nobel en economía", replicó el Preston con media sonrisa resignada. "Pues deberían echarlos a ellos, que no han dado una en los últimos años", puntualizó el profesor Ángel Herrerín, y la sonrisa ampliada desdibujó el rictus de dolo que acompañaba a Paul Preston desde que le recogimos en el hotel San Facundo de Segovia.


A las diez de la mañana hablaba con Ángel Herrerín preparando la participación de Preston en el Simposio que organiza y dirige el CIGCE y me lo confesó: "Hoy me he levantado con el pie izquierdo". Dicho y hecho. Llegamos a recoger a Preston a su hotel segoviano y, tras quince minutos de espera, aparece un tanto desencajado. Nos saluda con su estricta educación. "Estoy fatal. No me encuentro nada bien de salud".


Horror.


Como director del Simposio, una reacción: "Tierra, trágame". Como historiador: "Maldita sea mi suerte". Como presidente del CIGCE: "Hoy nos linchan".


Desde ese momento, todo se precipita. Paul cada vez en peor estado, dolorido y muy fatigado. La Granja llena de asistentes a la conferencia. Los políticos, que en estos casos parece que se vuelven locos, dando problemas constantes. Los medios de comunicación... Las instituciones participantes... Los colaboradores...


Conseguimos que el profesor Preston llegara a la comida, pero su estado no le permitió degustar el menú diseñado por Zaca. Creo que ese fue mi momento favorito: el eufemismo de Zaca. Y es que me gusta la poesía: cazuelita de judiones de La Granja.


Más bien perol de judiones. Que Ángel Herrerín y un servidor no pudimos con ello. Y el atún rojo. Y el sorbete de mojito.


Hube de acompañar al Maestro Preston para que reposara antes de la conferencia. A ver si se recuperaba un poco. Durante esas horas de espera, pensando el esfuerzo organizativo y económico al que se había sometido la Asociación CIGCE, pensé en la trivialidad de las cosas: un año largo de gestiones y programación entre el profesor Preston, sus circunstancias familiares, la London School of Economics, el Hay Festival Segovia, el CIGCE, el Patrimonio Nacional... Y todo podía ir al traste en cuestión de minutos.


"No te preocupes, Edu", me dijo mi querido amigo Quique Gallego, "confía en la pofesionalidad de Paul Preston". Creo que fue entonces cuando me tranquilicé. Además de un gran historiador y profesor, Paul Preston es inglés.


La profesionalidad ante todo.


Me senté en la terraza del bar El Rey de Copas y bebí tranquilamente una botellita de agua. Seguro que lo conseguíamos. Los nervios me abandonaron. Ya no me preocupó la cara pálida de Ángel Herrerín cuando fuimos a buscar a Preston al hotel Roma y no contestaba al teléfono. Ni cuando bajó éste, sudoroso y alterado. Sonreí ante los aplausos de los más de trescientos asistentes a la Casa de las Flores mientras nos aproximábamos al estrado. Me olvidé de los problemas y las luchas de las chicas del CIGCE para lograr fotografiar al Maestro en la conferencia por las restricciones de divulgación de Patrimonio. No me extrañó que el sonido fuera penoso y que en la parte de atrás de la sala se oyera fatal la entrecortada voz del hispanista. Tampoco me preocupó que la teniente de alcalde que sustituía a José Luis Vázquez dijera allí delante de todos los que llevábamos más de un año luchando por traer a Preston que había sido el ayuntamiento quien había "auspiciado y propiciado" aquel acto.


Sonréí y concentré mi mirada en el público que se esforzaba por seguir la conferencia de Paul. La conclusión era clara: hablar sobre Franco en el Palacio de La Granja... El mal fario concentrado.


"Es la primera vez que se habla sobre Franco en una conferencia en este palacio, Paul... Y seguro que la última", confesé al Maestro de Liverpool. Sonrisa y asentimiento como respuesta.


Al final, terminada la conferencia y el breve pero intenso turno de preguntas, me quedé con una imagen. Un fila enorme de asistentes entregándole libros para firmar, agradecimientos y muestras de admiración.


"Sólo quiero agradecerle sus libros", le dijo una señora. "Gracias a ellos he conocido el pasado de mi país". El Maestro Preston se levantó y le dio dos besos.


A pesar de los problemas, de las deficiencias, del sonido, de la enfermedad, de los constantes ninguneos, de la poca vergüenza de algunos, todo el mundo agradeció la presencia de Paul Preston en La Granja.


Y yo agradecí la presencia de todos ellos. Y de todo lo que ocurrió en ese día maldito, maravilloso. Al fin y al cabo, habíamos cumplido con nuestra promesa: EL CIGCE HABÍA TRAÍDO A PAUL PRESTON A LA GRANJA.


"Siento haberos dado el dia", nos dijo el Maestro Preston a Juan Bellette, Ángel Herrerín y a un servidor en el hall del hotel San Facundo. "Ya sabes cómo se soluciona ésto", le contesté. "Al año que viene, vuelves". "A ver si es verdad", nos dijo. Sonrió y se fue.


Así sea, Maestro Preston.

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