lunes, 19 de septiembre de 2011

¿Por qué seguimos?













Caminando desde O Reino hasta Lalín me lo había preguntado. Y no se trataba de retórica. ¿Por qué seguíamos caminando? La dureza del camino, la lluvia inmisericorde, el cansancio pertinaz... Pensé que no volvería a verme en situación parecida.


Empapados en Muxía, degustamos unos callos con garbanzos acompañados de nuestro acostumbrado Viña Costeira. Y cuando digo empapados quiero decir que el agua recorría todo nuestro cuerpo. No hay más que ver al Sr. Bellette y su aguada camiseta. Un hilo de esperanza nos llenó mientras comíamos en el restaurante O Prestige (¡Ojo con el nombrecito!).


Aquel día, que había empezado estupendamente, se torció al salir de Os Muiños y empaparnos. Desde las once de la mañana me sentí mojado y no abandoné la sensación. Subimos hasta la espectacular punta da Barca, donde se encuentra la iglesia de la Virxen da Barca, la patrona de los marineros, custodiada por las enormes piedras sagradas, veneradas desde tiempos de los celtas, allá por el siglo VI antes de Cristo: de la pedra d'Abalar a la de Cadrís, pasando por la dos Namorados o del Timón. Apenas pudimos apreciarlas del aguacero que nos caía sin pausa.


Calados hasta los huesos fuimos a comer al restaurante O Coral pero la simpática encargada nos dijo que estaba lleno el comedor. Miré furtivamente y comprobé que nadie se hallaba allí sentado. "Es que está todo reservado" me contestó. "Tú te lo pierdes, cretina". El Sr. Bellette con media sonrisa salió primero hacia el chubasco y nos dirigimos al O Prestige. Arroz con marisco y pimientos de Padrón.


Como decía, dejó un momento de llover, justo con los postres, de modo que aprovechamos y echamos a andar ladera arriba, hasta la Ferida, monumento a la insensatez de aquel ministro detestable que permitió la catastrofe del Prestige en la maravillosa Costa da Morte. Como si ese politicucho hubiera percibido mi pensamiento y su furor se transformase en tormenta, al doblar el monumento, la lluvia volvió.


Y furiosa.


No nos abandonó en tres horas de camino. El Sr. Bellette se agachaba para que el chaparrón no le lavara la cara. Yo empecé a reirme a ratos. Otras veces juraba en arameo. La misma sensación que tener el telefonillo de la ducha en pleno rostro. Así dejamos Muxía, azuzados por la lluvia. Y ojito con el camino. Hacia arriba sin parar. Dejar la playita de Muxía y empezar a subir el monte Facho de Lourido. Trescientos diez metros de ascenso vertical jarreando sin parar.


Fue en ese momento que me acordé de la travesía hasta Lalín. ¿Qué hacíamos allí? Nunca había estado tan mojado, ni siquiera bajo la ducha, lo puedo jurar. Y el camino no paraba de empinarse. Además, seguros de caminar junto al mar, ni siquiera lo sentíamos cubiertos como estábamos por la niebla.


Coronamos con una paliza de aquí te espero. Fue entonces cuando lo vimos. Otro peregrino venía en dirección contraria. Caminaba con chanclas de piscina y calcetines blancos más mojados que un bacalao del Cantábrico. "Buen camino" nos dijo. Y encima nos regaló una sonrisa.


Me di la vuelta y miré al Sr. Bellete que parecía una sopa pintada por Andy Warhol. Y me quedé mirando su sombrero. Giré la cabeza y miré el mío. No nos habíamos dado cuenta de ellos. Nosotros estábamos mojados, pero nuestros sombreros parecían una boceto de Picasso después de una juerga.


Empezamos a reirnos. Nos reimos tanto que tuvimos que parar el caminar. Allí estábamos. En la cima de un monte, junto a la Costa da Morte. Muertos de risa. Sin poder hablar del esfuerzo. Sin poder parar de reir.


Después de todo, ¿qué es el camino sin esfuerzo y desesperación?


El Sr. Bellette y un servidor no saben hacer el camino sin sufrir un lavado a conciencia, por dentro y por fuera.


Y que así siga siendo.

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