viernes, 16 de septiembre de 2011

Un gaitero en una peña







Salimos del albergue de Vilacerio bien pronto en la mañana. El frescor, el sol y el aroma de los maravillosos eucaliptos nos empujó cuesta arriba (¡Cómo no!) haciendo de nuestro paseo una verdadera delicia. Entre vallas vetustas de piedra barbada y prados verdes de un brillo increíble nos dejamos ir. El Sr. Bellette señaló nuestro lento caminar cuando fuimos adelantados por un furibundo peregrino de roja mochila. Quién sabe qué perseguía aquel paisano con esas prisas y a esas horas.

Nuestro objetivo de aquel día era Dumbría para dormir y Olveiroa para comer. Pasados Bon Xesús empezamos a subir sin descanso cuestas empinadas como sábados sin fiesta. Llegamos con la lengua fuera a Vilar do Castro y yo miré mis cartas de navegación prudentemente impresas por el Sr. Bellette.

"Nos toca subir el monte Aro, amigo", confirmé al segundo y la risa floja nos conquistó. Era la quinta subida del día y ya iban en este viaje... Abandonamos las rampas de clazada y entramos en caminos de monte, con pinos, eucaliptos y toxos. Más pinos que otra cosa. Allí nos adelantaron dos o tres ciclistas y dimos con nuestro amigo francés, Frèderic. Caminaba cargando la pierna derecha pues se había lesionado en la izquierda. Ralentizamos nuestro paso y o adecuamos al suyo, compartiendo un par de kilómetros. Allí nos dimos cuenta que el monte Aro lo habíamos subido ya, triste de mí que no manejo bien la navegación. Seguro que fue la influencia del zumo de naranja de aquel villorrio.

Comenzamos el descenso hacia Lago y nuestro gabacho comenzó a rezagarse, que subir cuesta pero bajar es el infierno.

En un momento salimos a un claro del pinar. Allí había un grupo de peregrinas charlando en un cruce del camino. Saludamos y seguimos. Fue entonces cuando lo escuché.

El viento traía una bella melodía. Un son de gaita que rasgaba el aire y te insuflaba ánimos. Y de qué manera. El Sr. Bellette me miró sorprendido. Cerré los ojos y rogué porque no fuera un maldito móvil.
No lo era.

En el centro del claro del bosque había una peña de unos veinte metros de altitud. Sobre ella, sentado a horcajadas de una pequeña roca, descansaba un gaitero.

No me lo podía creer. Estas cosas sólo ocurrían en las películas. O estaban preparadas.


"Cómo están algunos", dijimos a la vez el Sr. Bellette y un servidor. Luego recapacitamos. Aquel gaitero estaba alegrando el camino a los peregrinos. Nadie más que caminantes desde el lejano Santiago pasaban por allí.La estampa fue inolvidable. Caminamos en silencio la larga curva que rodeaba aquella peña, la peña del gaitero. La maravillosa música de aquel instrumento perfecto nos acompañó durante tres o cuatro kilómetros.

Aquel caminar con mi amigo, con el camino de Santiago, con el bosque, con el olor de los pinos y los eucaliptos, con la sonrisa de todos los peregrinos que nos encontrábamos... Doy gracias por todo. Por Galicia, por el camino, por la música, por las gaitas, por aquel loco gaitero subido a una peña. Por mi amigo, el Sr. Bellette. Por el Camino de Santiago. Por mis piernas, que me permitieron estar allí.

Otro momento inolvidable, ¿verdad, Sr. Bellette?

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