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sábado, 17 de septiembre de 2011

El peluquero del Azor

Con el gaitero loco en la cabeza enfilamos la cuesta abajo hacia Olveiroa. Dejando atrás Lago y el enorme embalse, llegamos primero a Ponte Olveira. Allí decidímos descansar en un curioso y agradable albergue privado que no figuraba en nuestras cartas de navegación. Justo antes del puente, con aspecto efímero y prefabricado, nos dejó tomar un respiro. Entramos en el bar y nos sentamos bajo una impactante foto de la desembocadura del rio Xallas en Ézaro, una cascada asombrosa, digna de visitar. El paisano nos sacó una botella de nuestro querido Viña Costeira y lo que el definió como una tapa: seis pedazos de lomo de cerdo adobado frito, seis lonchas de jamón serrano, seis trozos de queso de tetilla y seis trozos de chorizo maravilloso. Menos mal que las tapas sólo son así en Galicia, que si no...



Con la panza llena y contentos de que exista el Viña Costeira retomamos el camino cruzando el puente. En pocos minutos llegamos a Olveiroa, a eso de las 12:30 del mediodía. Una italiana rubia nos desafió con un sprint digno de las olimpiadas. Supusimos que ella creía que nos dirigíamos al albergue y pretendía tomarnos la mano. ¡Qué tía más fina! No dijimos nada y la hicimos echar el resto en la cuesta que llevaba al albergue. En un recodo se confundió y acabó en la puerta del albergue privado. Desesperada se volvió y nos dedicó una mirada de pena. El Sr. Bellette y un servidor la sonreimos y la animamos a continuar. Siguió apretando hasta llegar al albergue. Allí nos despedimos de ella y seguimos nuestro camino ante su sorpresa.



Aún divertidos por la carrera de la italiana, empezamos a descender hasta la ribera del Xallas, siguiendo los mojones.



Cuesta arriba, cuesta abajo. Ora un puerto de primera. Ora un descenso hasta el infierno.



A través de un campo de molinos de viento y ya bajo la lluvía, abandonamos el camino que llevaba directamente a Finisterre y tomamos la via de Muxia. Destino, Dumbría.



Después de que amainara la llovizna, después de catorce kilómetros entre los eucaliptos, llegamos al pueblo de Dumbría. No con demasiado hambre, la verdad. Un poco mojados por fuera y secos por dentro. Tras recorrer un kilómetro por dentro de la población nos acercamos hasta el restaurante O Argentino. Restaurante, tienda y bazar de electrodomésticos. Que quien diga que en Galicia no puedes verlo todo...



Nos recibieron con frialdad. Un vino tinto un poco peleón y sin pincho. Pedimos comer. Judías y zorza. Con el frescor de la lluvia, las judías eran la mejor opción. Claro, que los dos esperábamos unas judías estofadas y no las judías de la huerta de atrás que nos pusieron. Eso sí, maravillosas, verdes parduscas y con unas habas del demonio de grandes. Antes de que llegara la zorza y nos terminaramos la botella de Viña Costeira de rigor, los paisanos se dispusieron a tomar un pote de impresión en la mesa de al lado. Con la tele puesta a todo meter, los comentarios nos hicieron congeniar. Entre todos ellos había un hombre de unos setenta y ocho años, la mar de simpático. El tío había sido peluquero en Azor, el yate del general Franco. Las cosas que tiene la vida, yo con la camiseta negra del Centro de Investigación de la Guerra Civil Española y hablando con el peluquero del barco de Franco.






Hablamos de todo y nos hicimos tan amigos que nos invitó a probar todos los aguardientes creados por gallegos a lo largo de la historia, alguna tan fuerte que sentí que la gasolina abrasaba mi garganta. Desde luego que nos recuperamos en O Argentino. Rotas las distancias y recelos, todos el mundo es bueno y amable con los peregrinos. Le conté al peluquero lo del gaitero solitario y nos costó otro trago de crema de orujo.



Menos mal que somos abstemios, Sr. Bellette. En ese momento fue cuando estuvimos seguros de que llegaríamos a dormir a Quintans. Unos pocos kilómetros más, hasta sumar los cuarenta ese día.



Aunque todo tiene truco. El orujo del O Argentino era en realidad óxido nitroso y nosotros, fórmula uno.






¡Ay, Alonso, si tu Ferrari llevara orujo gallego y no esos aditivos italianos de medio pelo!

viernes, 16 de septiembre de 2011

Un gaitero en una peña







Salimos del albergue de Vilacerio bien pronto en la mañana. El frescor, el sol y el aroma de los maravillosos eucaliptos nos empujó cuesta arriba (¡Cómo no!) haciendo de nuestro paseo una verdadera delicia. Entre vallas vetustas de piedra barbada y prados verdes de un brillo increíble nos dejamos ir. El Sr. Bellette señaló nuestro lento caminar cuando fuimos adelantados por un furibundo peregrino de roja mochila. Quién sabe qué perseguía aquel paisano con esas prisas y a esas horas.

Nuestro objetivo de aquel día era Dumbría para dormir y Olveiroa para comer. Pasados Bon Xesús empezamos a subir sin descanso cuestas empinadas como sábados sin fiesta. Llegamos con la lengua fuera a Vilar do Castro y yo miré mis cartas de navegación prudentemente impresas por el Sr. Bellette.

"Nos toca subir el monte Aro, amigo", confirmé al segundo y la risa floja nos conquistó. Era la quinta subida del día y ya iban en este viaje... Abandonamos las rampas de clazada y entramos en caminos de monte, con pinos, eucaliptos y toxos. Más pinos que otra cosa. Allí nos adelantaron dos o tres ciclistas y dimos con nuestro amigo francés, Frèderic. Caminaba cargando la pierna derecha pues se había lesionado en la izquierda. Ralentizamos nuestro paso y o adecuamos al suyo, compartiendo un par de kilómetros. Allí nos dimos cuenta que el monte Aro lo habíamos subido ya, triste de mí que no manejo bien la navegación. Seguro que fue la influencia del zumo de naranja de aquel villorrio.

Comenzamos el descenso hacia Lago y nuestro gabacho comenzó a rezagarse, que subir cuesta pero bajar es el infierno.

En un momento salimos a un claro del pinar. Allí había un grupo de peregrinas charlando en un cruce del camino. Saludamos y seguimos. Fue entonces cuando lo escuché.

El viento traía una bella melodía. Un son de gaita que rasgaba el aire y te insuflaba ánimos. Y de qué manera. El Sr. Bellette me miró sorprendido. Cerré los ojos y rogué porque no fuera un maldito móvil.
No lo era.

En el centro del claro del bosque había una peña de unos veinte metros de altitud. Sobre ella, sentado a horcajadas de una pequeña roca, descansaba un gaitero.

No me lo podía creer. Estas cosas sólo ocurrían en las películas. O estaban preparadas.


"Cómo están algunos", dijimos a la vez el Sr. Bellette y un servidor. Luego recapacitamos. Aquel gaitero estaba alegrando el camino a los peregrinos. Nadie más que caminantes desde el lejano Santiago pasaban por allí.La estampa fue inolvidable. Caminamos en silencio la larga curva que rodeaba aquella peña, la peña del gaitero. La maravillosa música de aquel instrumento perfecto nos acompañó durante tres o cuatro kilómetros.

Aquel caminar con mi amigo, con el camino de Santiago, con el bosque, con el olor de los pinos y los eucaliptos, con la sonrisa de todos los peregrinos que nos encontrábamos... Doy gracias por todo. Por Galicia, por el camino, por la música, por las gaitas, por aquel loco gaitero subido a una peña. Por mi amigo, el Sr. Bellette. Por el Camino de Santiago. Por mis piernas, que me permitieron estar allí.

Otro momento inolvidable, ¿verdad, Sr. Bellette?