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domingo, 18 de septiembre de 2011

¡El mar! ¡La lluvia!
















El óxido nitroso que en forma de aguardiente nos habían regalado en O Argentino se nos empezó a terminar a eso de las seis o las seis y media de la tarde. Justo nos dio para llegar a Quintans. Estábamos a escasos cinco kilómetros del mar, pero las piernas ya no daban más. Hicimos noche en el hostal Plaza de Quintans. Como no había habitación para compartir, hubimos de dormir cada uno en una enorme cama de de matrimonio. ¡Qué se le iba a hacer! Estas son las cosas del camino...



Antes de dormir nos regalamos una agradable cena: tortillón de patata y carne guisada con unas pequeñas y riquísimas patatas, coronada por un tiramisú. Después de cuarenta kilómetros y una buena cena, dormir fue el colofón perfecto.



Dejamos el hostal de Quintans a eso de las ocho y media de la mañana con el chasquido de las moscas muriendo en la trampa eléctrica en nuestros oídos. Por delante de nosotros, a escasos doscientos metros, pronto vimos a nuestra amiga italiana, aquella de Vilacerio, comiendo camino como una valiente. Debía haber salido desde el albergue de Dumbría a eso de las cuatro o las cinco de la mañana. Indudablemente, su destino era Muxía.



Seguimos su caminar por bosques y laderas, a través de parroquias ínfimas y bellas iglesias románicas de vieja y carcomida piedra gris.



A eso de las diez o las diez y media, después de coronar la enésima cuesta, tras un giro a la derecha del camino a través de un pinar, dimos con el mar por primera vez en aquel camino.



¡El mar, Sr. Bellette! ¡El mar!



De allí nos dejamos caer por la cuesta con los ojos prendidos en el océano.



¿Qué tendrá esa visión que siempre me domina?



Llegar andando hasta el mar, hasta el fin de la tierra, el sueño del peregrino. Allí al frente estaba la ría de Camariñas, enorme y esplendida. Repleta de barcos pesqueros y pueblecitos dispersos, como en toda Galicia, pero junto al mar.



Alcanzamos Os Muiños bien descansados. Subimos la cuesta que nos regalaba el camino hasta llegar al cruceiro de la iglesia. En ese momento empezó a llover.



¡La lluvia, Sr. Bellette!



Parece que nunca podemos escapar a ella. Fría, continua, inmisericorde. Nos mojó sin descanso durante los siguientes cuatro kilómetros. Casi no disfrutamos al llegar a la playa de Muxía. Cruzamos el arenal como una sopa, mojados hasta los higadillos. Uno suele disfrutar al caminar por las playas, me encantan que sean largas e interminables. Sin embargo, cruzar aquella playa bajo la lluvia se me hizo interminable. Dimos con nuestros huesos empapados en un hotel frente a la playa. La italiana cogió la enorme cuesta que remontaba la colina que conducía al albergue de Muxía. Mentalmente la despedimos y nos sentamos en el bar de aquel hotel para secarnos un poco.



¡Secarnos un poco! ¡Viva la ironía!



Mientras degustábamos nuestro habitual zumo de naranja, miraba yo melancólico por la ventana el caer de la lluvia sobre el mar. Nada más placentero si no tienes que salir a caminar.



"Relájate, Señorito Juárez", me dijo el Sr. Bellette, "tarde o temprano amainará, amigo".



Tarde o temprano. Nada dijo de secarnos.

sábado, 17 de septiembre de 2011

El peluquero del Azor

Con el gaitero loco en la cabeza enfilamos la cuesta abajo hacia Olveiroa. Dejando atrás Lago y el enorme embalse, llegamos primero a Ponte Olveira. Allí decidímos descansar en un curioso y agradable albergue privado que no figuraba en nuestras cartas de navegación. Justo antes del puente, con aspecto efímero y prefabricado, nos dejó tomar un respiro. Entramos en el bar y nos sentamos bajo una impactante foto de la desembocadura del rio Xallas en Ézaro, una cascada asombrosa, digna de visitar. El paisano nos sacó una botella de nuestro querido Viña Costeira y lo que el definió como una tapa: seis pedazos de lomo de cerdo adobado frito, seis lonchas de jamón serrano, seis trozos de queso de tetilla y seis trozos de chorizo maravilloso. Menos mal que las tapas sólo son así en Galicia, que si no...



Con la panza llena y contentos de que exista el Viña Costeira retomamos el camino cruzando el puente. En pocos minutos llegamos a Olveiroa, a eso de las 12:30 del mediodía. Una italiana rubia nos desafió con un sprint digno de las olimpiadas. Supusimos que ella creía que nos dirigíamos al albergue y pretendía tomarnos la mano. ¡Qué tía más fina! No dijimos nada y la hicimos echar el resto en la cuesta que llevaba al albergue. En un recodo se confundió y acabó en la puerta del albergue privado. Desesperada se volvió y nos dedicó una mirada de pena. El Sr. Bellette y un servidor la sonreimos y la animamos a continuar. Siguió apretando hasta llegar al albergue. Allí nos despedimos de ella y seguimos nuestro camino ante su sorpresa.



Aún divertidos por la carrera de la italiana, empezamos a descender hasta la ribera del Xallas, siguiendo los mojones.



Cuesta arriba, cuesta abajo. Ora un puerto de primera. Ora un descenso hasta el infierno.



A través de un campo de molinos de viento y ya bajo la lluvía, abandonamos el camino que llevaba directamente a Finisterre y tomamos la via de Muxia. Destino, Dumbría.



Después de que amainara la llovizna, después de catorce kilómetros entre los eucaliptos, llegamos al pueblo de Dumbría. No con demasiado hambre, la verdad. Un poco mojados por fuera y secos por dentro. Tras recorrer un kilómetro por dentro de la población nos acercamos hasta el restaurante O Argentino. Restaurante, tienda y bazar de electrodomésticos. Que quien diga que en Galicia no puedes verlo todo...



Nos recibieron con frialdad. Un vino tinto un poco peleón y sin pincho. Pedimos comer. Judías y zorza. Con el frescor de la lluvia, las judías eran la mejor opción. Claro, que los dos esperábamos unas judías estofadas y no las judías de la huerta de atrás que nos pusieron. Eso sí, maravillosas, verdes parduscas y con unas habas del demonio de grandes. Antes de que llegara la zorza y nos terminaramos la botella de Viña Costeira de rigor, los paisanos se dispusieron a tomar un pote de impresión en la mesa de al lado. Con la tele puesta a todo meter, los comentarios nos hicieron congeniar. Entre todos ellos había un hombre de unos setenta y ocho años, la mar de simpático. El tío había sido peluquero en Azor, el yate del general Franco. Las cosas que tiene la vida, yo con la camiseta negra del Centro de Investigación de la Guerra Civil Española y hablando con el peluquero del barco de Franco.






Hablamos de todo y nos hicimos tan amigos que nos invitó a probar todos los aguardientes creados por gallegos a lo largo de la historia, alguna tan fuerte que sentí que la gasolina abrasaba mi garganta. Desde luego que nos recuperamos en O Argentino. Rotas las distancias y recelos, todos el mundo es bueno y amable con los peregrinos. Le conté al peluquero lo del gaitero solitario y nos costó otro trago de crema de orujo.



Menos mal que somos abstemios, Sr. Bellette. En ese momento fue cuando estuvimos seguros de que llegaríamos a dormir a Quintans. Unos pocos kilómetros más, hasta sumar los cuarenta ese día.



Aunque todo tiene truco. El orujo del O Argentino era en realidad óxido nitroso y nosotros, fórmula uno.






¡Ay, Alonso, si tu Ferrari llevara orujo gallego y no esos aditivos italianos de medio pelo!