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jueves, 15 de agosto de 2013

A BIlbao por la calzada de los Zamudianos

Salimos bien pronto del hotel rural Matsa, en Lezama, con ganas enormes de llegar a Bilbao. El camino era, en realidad, bien sencillo: Lezama-Zamudio y Bilbao por el monte Abril. Aunque estamos escamados con la terminología y siempre que leemos monte nos esperamos el Everest, pensamos que, para apenas 18 km. que  nos quedaban, poco nos molestaría el citado monte.
Craso error.
El monte se asemeja, en algunas zonas, a las partes más escarpadas del Guadarrama. Al sol cálido de agosto, llegamos a la cima superando el mayor nivel de la escala Sr. Bellette, esto es, "La madre'l perro".

Cruzar la cima, donde se estrelló en los años ochenta un avión de iberia, nos encontramos a un par de paisanos vendiendo souvenirs del camino. Desde chapas y pins a bastones.

-Oiga, amigo -le pregunté-. ¿Por qué llaman a este camino antigua calzada de los zamudianos?
-Era por aquí por donde venían a Bilbao los de Zamudio hasta que se hizo la carretera.

Sonreí, le di las gracias, miré al Sr. Bellette y continuamos la cuesta abajo, hacia Bilbao.

¿Por ahí subían los de Zamudio? ¡Venga ya! Me doy yo la vuelta hasta el  mar antes que subir aquello. No me extraña que estos tíos suban al Everest como yo las escaleras de mi casa. Seguro que Juanito Oyarzabal iba de Zamudio a Bilbao a por el pan todos los días. Como hacía aquel abuelo en Deba.
Riéndonos todavía de la cuestión, entramos en Bilbao, bajando el barrio de Artxanda y llegando hasta la concurrida basílica de Begoña, donde preparaban la fiesta del día 15 de agosto. De allí, a la catedral de Santiago. Al hotel. Y a las siete calles. Que había mucho que probar. En una taberna demasiado abertxale nos juntamos con un paisano, Patxo, que tuvo la insensata idea de intentar emborracharnos.
¡Criaturita!
Catorce txakolís más tarde, en la puerta del Batxoki para comer, hubimos de decir adiós a nuestro amigo. Entre sus logros, habernos descubierto una de las tapas más divertidas que probamos: el urdangarín. Una especie de chorizo gigante, embotado y frito después, como los sesos del homónimo.
Al día siguiente, después de haber pasado una tarde y mañana con Jorge y Ana, primos encantadores del Sr. Bellette, forofos del Athletic Club (hasta me llevaron a la Catedral de San Mamés) y de haber visitado el increíble museo Guggenheim, pusimos rumbo al Real Sitio vía alvia, deseando que al año que viene, el camino fuera más leve en las cuestas, pero igual de divertido e instructor.
Cantabria, allá vamos.


De Guernica a Lezama, pasando de Morga

La verdad es que uno se sentía ciertamente ilusionado con la jornadas. Saliendo de Zenarruza y tras compartir desayuno con un tipo curioso, de esos que tienen carnet de caminante y diploma de cretino universal, partimos a la carrera por los bosquecillos que descendían hacia el valle de Guernica. Tardamos unas cuantas horas, no más de tres, en tener a la vista la hermosa y enorme villa vizcaína. En el transcurso, adelantamos a míster cretino 2012, sacándole más de una hora en el cómputo final de la etapa hasta Guernica.

Después de descansar media hora larga en el albergue, haciendo compañía a la señora de la limpieza que, o bien era muda o bien no hablaba nuestro idioma, decidimos salir a recorrer la ciudad. Dado que el albergue está a la otra punta del casco histórico de Guernica, os perdimos un poquito, como solemos hacer. Lo cierto es que nos encanta esta situación: nos permite explorar bares en busca de consejo y, tras haber visto los famosos pimientos llenando las huertas por el camino, no nos preocupó demasiado la demora. Visitamos la Casa Foral y lo que queda del viejo árbol. No sé si está así por los años que tiene o por los daños del bombardeo nazi-franquista del 37. En cualquier caso, hay muebles en mi casa con más savia en las venas. Del árbol fuimos al almuerzo gracias a la indicación de un guardia. Y allí sí que había savia por las venas de todo el mundo: desde las anchoas de kilómetro hasta el marmitako, pasando por el txakolí de Guetaria, todo nos empujó  a caminar.
 Y ese fue nuestro error: demasiado marmitako, demasiadas anchoas y, evidentemente, demasiado txakolí. Por las enormes y descarnadas cuestas de los montes de Guernica  deambulamos durante cuatro horas. Aunque nuestro objetivo era Morga, nos la pasamos (maldito txakolí de Guetaria) y acabamos en Lezama, a 45 km de nuestro inicio, habiendo hecho paradas en Goikolexea y Larrabetzu, donde el fútbol parece más religión que cualquier tradición euskalduna.

Dado que el albergue estaba lleno, acabamos en una hermosa casa rural llamada Matsa, junto a los campos de entrenamiento del Athletic Club. Como los restaurantes de la ciudad deportiva estaban cerrados, acabamos en la herriko taberna de Lezama. habíamos probado otro restaurante, pero el ignominioso txakolí que nos sirvieron con la cara de Julen Guerrero nos decantó por la otra posibilidad. La experiencia allí se resume fácilmente: buen sitio para comer; mal sitio para pensar. Entre las fotos de los presos etarras, las servilletas reivindicativas y la hucha para colaborar con esa causa que nadie nos quiso explicar, ni siquiera tras una botella de txakolí, pasamos una tarde despreocupada, tratando de recuperar nuestros músculos.
Tras más de cincuenta km. caímos rendidos en las camas esperando que lo poco que nos quedaba fuera liviano.
ilusiones de un cándido, que diría mi padre.


sábado, 22 de septiembre de 2012

En el paraiso Vasco: de Deba a Marquina

Volvimos, como nunca hizo el Terminator de James Cameron. En tren de Segovia a Bilbao en primera, que así da gusto. En el bocho descansando una noche, después de degustar los mil bacalaos de Minchu en San Ignacio, que para algo es primo del Sr. Bellette. A la mañana siguiente, en Euskotren hasta Deba. Y con nubes sin parar. Y los dispositivos smartphone diciendo que sol radiante. Y yo con la mosca tras la oreja. Sólo una, que la otra la teníamos pegada a la charla de cuatro jubilados sobre las maravillosas vacaciones del INSERSO. Esas que seguro se ha cargado la crisis de los ladrones sin vergüenza. Ponemos un pie en la estación de Deba y nos caen tres gotas. ¡No me lo puedo creer! ¿Que va a lloooover? La mala leche también asusta a las nubes.

Y la seriedad del Sr. Bellette. Al salir de Deba el sol asomaba por los cúmulo-nimbos, justo al mismo tiempo que se empinaba el camino. Y sin misericordia. Vamos, que pasar de Guipúzcoa a Vizcaya es más duro que cruzar el Rubicón con Julio César. Cuarenta  minutos cuesta arriba y llegamos a la iglesia del Calvario con unas vistas de la costa que nos hizo olvidar la penuria de la subida. Que no me extraña que la iglesia se llame del Calvario, de verdad.

Ciento cincuenta metros hacia abajo y... ¡Otra vez para arriba! Y esta vez sin descanso. Casi dos horas de cuesta. Adelantando peregrinos. Y peregrinas con los pies para llorar. Y el maldito teléfono del Sr. Bellette contando los kilómetros de uno en uno asustando al personal que adelantábamos con su voz de dominatrix.
¿Por qué les ponen voz de chica? Más bien de Angela Merkel cabreada con Rajoy explicando los recortes.

Coronamos doblados, buscando el Sr. Bellette a la madre del perro. Que cuando se acuerda de ella, uno se pone a temblar. Catálogo interesante, el del Sr. Bellette:

Grado 0: Mueca ligera. (Menos del 8% de desnivel)
Grado 1: Pse... (Entre el 10% y el 15% de desnivel)
Grado 2: Vamos anda!!! (Al 15% de desnivel)
Grado 3: Resoplando... (Casi el 20% de desnivel)
Grado 4: Joooder con la costiña de Canedo!!! (Ladera del K-2)
Grado 5: ¡..La madre'l perro..! (El monte Everest nevando)

Llegamos arriba, lo aseguro, sin encontrar a la madre del perro. Si la llego a encontrar, estaba yo ahora en Alcatraz. Eso sí, nos encontramos a un gordo resoplando comiendo chocolate y con un cigarro en la mano. Sinceramente, pensé que se trataba de una cámara oculta.
¿Y ese gordo? ¿Y el chocolate? ¿Fumando?
De allí hasta Marquina, bajando sin parar. Sin parar. Sin parar. Sin llanos. Solo cuesta. Hacia abajo. Hasta que, por fin, asomó Marquina entre pinos y valles. Con un sol abrasador. Y una pequeña iglesia asombrosa. Con unas piedras increíbles dentro. Y me acordé de la película de Phenomenon de John Travolta. Y del conejo que nunca conseguía detener. Por muchas vallas que construyera, el conejo aparecía dentro.
Porque vivía dentro.
Las piedras de Marquina, primero. La construcción, después.
Un paisano nos encaminó al restaurante de la plaza principal. Menudo acierto. Siempre hay que preguntar y pasar de guías. Acierto seguro. Chipirones y cogote de merluza.
Maravilloso.
Descansando al fresco del restaurante de Marquina, pensamos dónde dormir.
En Bolívar, cuna del libertador, Sr. Bellette.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Por el infierno de barro

Salir de Zumaia, con la tripa llena por otro chuletón que despistado había caido en nuestro plato, y empezar a llover. Pero no llover por llover, no. Nada de cuatro gotitas que te refrescan, te alivian el esfuerzo de las malditas cuestas.
Que no, que no.
Para empezar, un tramo de escaleras con un desnivel vertical de más de cien metros hasta llegar a la iglesia del pueblo (Me pregunto quién irá a misa en Zumaia, vive Dios). Y las malditas nubes, que venían zumbando desde Getaria, con un atronador negro sucio que espantaba hasta las cabras.
Llegar a la iglesia y a llover. Sin parar. Bueno, en realidad, para ser puristas, un pedante aficionado a la música clásica diría "in crescendo". Uno de mi pueblo, chuzos de punta. Y durante dos horas. O más. "Seguro que amaina en el bosque" le dije al Sr. Bellette.
Sonrisa de medio lado.
En el bosque, todavía más. Ya, ni las capas aguantaban el agua. Fue en ese momento que me sentí peregrino de verdad: cobijados en un establucho de mala muerte, entre las cagadas de las vacas, las ruedas viejas de los tractores, algún que otro ratón campeón de natación, las propias vacas y su acre pestilencia aún más presente potenciada por la humedad.
Y al fondo el monte vasco. con su belleza agreste. Sus apretujados pinos, presionados por las continuas cárcavas, vallejos, quebradas y desfiladeros.
¡Qué nadie diga que no apreciamos la belleza allí donde esté!
Como no dejaba de jarrear, continuamos el camino. Otra vez empapados hasta los huesos. Como en tantas ocasiones. Como siempre. Como toda la vida. Enfilamos un camino... El país del barro. Dos kilómetros con agua y barro hasta casi las rodillas. Y con lodo cariñoso. Que se agarraba a todo. Ni siquiera podiamos sacar los bastones. La mitad de uno del Sr. Bellette quedó allí atrapado.
Y mi pierna gritando. Desde la rodilla hasta el cuello. Con martillazos continuos. Cada paso, una puñalada. Cada cuesta, un suplicio.
En estas enfilamos la última cuesta. Destino, el santuario de Itziar. Un hermoso pueblecito en la loma, frente a la costa salvaje. Y, milagro, allí había un pequeño hotel. Y llegamos hasta su puerta. Y había habitación. Y nos pudimos secar. Y duchar. Y cambiar de ropa. Y cenar unos maravillosos chipirones en su tinta un servidor; a la plancha para el Sr. Bellette. Y se nos ocurrió decirle al recepcionista que no funcionaban los radiadores. Y pasamos la noche en un horno de asar.
"Hasta aquí hemos llegado, Sr. Bellette", claudiqué. Mi pierna me obligó.
"Volveremos en agosto, Señorito Juárez".
A la mañana siguiente, salimos con destino a Deba. Andando, porque para entender los horarios expuestos en la parada de autobús había que ser vasco parlante o saber lineal A cretense. O algo parecido.
Tres kilómetros cuesta abajo por una rampa donde patinaban los coches. El Sr. Bellette comprobó con el trasero la dureza del verdil y un servidor descendió recordando la destreza de primero de párvulos. Después de la bajada del infierno y dos ascensores, alcanzamos el nivel del mar. Y la estación de tren. Bueno, quise decir Euskotren. A bilbao.
"I'll be back", dije con cara de Terminator.
"Volveré", dijo el Sr. Bellette, que es más castizo.

domingo, 26 de agosto de 2012

Entre chuletones y Txacolí: de Igueldo a Zumaia

De Astigarraga a Igueldo, en un periquete. Más mojados no podíamos estar. Allí nos alojamos en una casa rural estupenda -las llaman Agroturismos, que en el Pais Vasco todo cambia de nombre, aunque el cambio nadie lo note- junto al hotel rural Leku Eder. Por cierto, este último muy recomendable, con una terraza al mar que quitaba el hipo. Llegamos con tanta agua como sed y hambre. La amable chica de la recepción nos remitió a un restaurante llamado Bellavista, en la cima del Igueldo, cerniéndonos sobre la bahía de San Sebastián. "Hay que caminar unos ochocientos metros hasta el restaurante, pero les aseguro que vale la pena". Por el camino, bajo un chaparrón de mil demonios, me cuestionaba yo la Bellavista, la bahía y hasta la madre que lo... Bueno, cortesías aparte, llegamos al citado comedero. Pedimos dos txacolíes. " Cuidado, que se sube a la cabeza rápido" nos dijo el camarero.
Éste no sabe lo que somos los del Real Sitio.
"Pon un par de chatos y ya veremos qué se sube" le dije al desconfiado posadero. Y es que el aspecto de peregrino del Camino de Santiago parece hacerle a uno un milindris a ojos-vista. Por cierto, más allá de bravatas pueblerinas, ¡Menudo txacolí! Etxeko era la casa, la misma del patxarán. En este caso, la variedad del caldo era Getariako Txacolina. Con un punto de carbónico que lo hace refrescante y digestivo, un tubio sucio muy agradable en su amarillento ser y, sobre todo, un espectacular final cítrico que e hace beber sin conocimiento. Para aplacar la locura del txacolí, hubimos de hacernos con un chuletón de brontosaurio... ¿O era quizás de braquiosaurio? El Sr. Bellette discrepó. Para él, sin duda, era diplodocus.
El caso es que, después de la buena dosis de txacolí maravilloso y de casi kilogramo y medio de carne, nos fuimos a dormir en nuestro agroturismo, deseando que la mañana siguiente el Cantábrico se quedara en su sitio y no en nuestras cabezas.
Salimos bien pronto, con el objetivo de llegar hasta Deba, ya casi en Vizcaya. Al desayunar, mi pierna me recordó con su dolor la aventura del día anterior. Subimos lo que nos quedaba del monte Igueldo, menos de veinte minutos y empezamos el descenso hacia Orio. Caminando junto a la costa, por la cima de las estribaciones, iba yo asombrado del agreste paisaje, de la belleza brutal de aquella tierra. Empezamos la bajada tremenda hasta Orio -no me extraña la cantidad y calidad de los ciclistas vascos-, pasando, en un último repecho, por la hermosa ermita de San Martín de Tours, donde hicimos un descanso. Por el camino, habíamos descartado una cuesta entre los pinos. "Si vamos por ahí, nos la pegamos seguro" había dicho sabiamente el Sr. Bellette. Sentados en el sotoportal de la ermita de San Martín de Tours, pensaba yo qué razón tenía mi amigo viendo a un pobre alemán, que había seguido ese tramo peligroso, embadurnado en barro hasta el cuello, que más parecía un churro en chocolate que un peregrino.
Después de pasar el precioso barrio pesquero de Orio y de recorrer la interminable ría, tomamos otra cuesta infernal que nos había de llevar hasta Zarautz. Por ese tramo pasamos cerca de Getaria, con su sorprendente ratón y sembradas sus colinas de maravilloso txacolí. ¡Qué envidia!
Bajamos otra cuesta del demonio hasta la playa de Zarautz -"Todo lo que subimos lo bajamos aquí, Señorito Juárez", me decía el Sr. Bellette- y cruzamos el turístico barrio costero y paseo marítimo, campo de golf incluido. Por el camino nos cruzamos con un ciclista que dijo algo parecido a hola.
La insensatez de subir semejante cuesta tiene sus peligros, claro.
Curiosamente, durante toda la soleada mañana, nos cruzamos con una plétora de guipuzcoanos. ¡Buenos días!, me decían a mí; ¡Kaixo!, le regalaban al Sr. Bellette.
¿Tendría algo que ver la txapela que llevaba?
Después de casi veinte kilómetros hicimos parada en una taberna tradicional de Zarautz -por llamarla así- y nos regalamos unos txacolíes (por supuesto, de Getaria), antes de afontar los últimos ocho kilómetros hasta Zumaia.
Y maldita la hora. Hubimos de escalar casi dos kilómetros de calzada medieval a la salida de Zarazutz. Fue allí donde mi maltrecha pierna empezó a decir basta. Tras una hora y media de tortura, alcanzamos nuesto objetivo: Zumaia. Y otro chuletón. Y más txacolí. Y una silla para descansar.
Como un mal pensamiento, todo la mañana habíamos caminado escapando de la tormenta. La hora y media de descanso en Zumaia fue demasiado. Las nubes auguraban  una tarde de aúpa.
"Habrá que sacar las capas", decía el Sr. Bellette  mientras degustábamos el chuletón.



En fin...

lunes, 20 de agosto de 2012

El Sr. Bellette se va a Santiago

Emocionados por volver al camino, tomamos el tren desde Segovia con dirección a Hendaya. Nuestro objetivo: iniciar el camino del norte. La mía, pisar la estación donde se produjo el encuentro entre Hitler y Franco. Tras no-sé-cuántas horas de viaje, eso sí, aderazadas por las constantes atenciones de la tripulación del tren alvia, llegamos comidos por una borrasca inmisericorde. La estación me resultó gris, como el cielo, como los protagonistas que allí se habían reunido hacía setenta y dos años. Salimos a la calle cubiertos con las capas y cobertores, bajo un aguacero de mil demonios. Cruzamos la frontera entre Francia y España por el puente y partimos hacia Irún. No sé si por la lluvia o por que era el inicio del viaje o por la santona de Salamanca que se nos acucharó en la plaza y no cejó hasta endosarnos unos salmos, canciones, rezos y alabanzas, que perdimos el camino de la costa y nos metimos de lleno en el camino del horror...digo del interior, que para el caso viene a ser lo mismo.
Durante seis horas nos arrastramos bajo la lluvia por unas sendas que ni vericuetos. En alguna de ellas el barro nos llegaba casi a las rodillas. Los bastones se atoraban; las botas se enlodaban; las mochilas pesaban más que bloques de plomo... En una de las vaguadas el charco era tal que hubimos de saltar un muro y caminar por unas tierras. Y con el miedo de ahora aparece el dueño y nos pega una perdigonada. Claro, que con ese tiempo, no habría aparecido ni harto de chacolí.Cada paso que daba me acordaba de la vieja de Irún, augurándonos un maravilloso viaje. Aún recuerdo a una gitana que me leyó la mano en Granada, diciéndome que tenía una salud de hierro: a los tres días me operaron de peritonitis.
No tengo suerte con las pitonisas.
Mientras el barro me cubría las polainas, iba pensando yo en ensartar a la próxima adivina, por muy santona que fuera.
Quizás por esos malos pensamientos, perdí el pie en una cuesta -perdón, catarata- y, al frenar la caída, me lastimé la pierna. El dolor, primero sibilino, luego ya farruco, me acompañó todo el viaje.
Después de dejarnos caer por un vericueto impracticable e impresentable, llegamos al paraiso, quiero decir a una sidrería. La buena mujer nos recibió, a pesar de estar cerrado. Nos libramos de las capas empapadas, al igual que el resto de la indumentaria que no nos quitamos, pero que de buena gana habríamos hecho -provocando el escándalo en Astigarraga-, y entramos al calor de la parrilla. Nos preguntó que si conocíamos el funcionamiento de las sidrerías: coged un vaso y bebed lo que queráis, luego pagáis.
¡Pobre mujer!
Está bien dar de beber al sediento, pero es que nosotros somos del Real Sitio. Once barricas a nuestra disposición. Llenitas todas de rica y refrescante sidra vasca. Con ese toque cítrico imperceptible.
En fin, después del desaguisado -que nos costó cinco euros a cada uno- un poco secos, volvimos al camino.
Destino: el monte Igueldo. Deseo: que no lloviera.
De ilusión también vive el hombre.

sábado, 24 de septiembre de 2011

En el Fin del Mundo































Renovados por nuestro merecido descanso en Lires, iniciamos la última etapa de nuestra aventura. A través de los campos, perseguidos por el maravilloso olor estiercol fresco, fuimos recorriendo pequeñas parroquias, casi siempre cuesta arriba: de Canosa a Padrís; de Padrís a Castreixe.


Saliendo de éste último nos regaló el camino la última de las cuestas espantosas. Interminable, continua. El Sr. Bellette y un servidor, cansados de bufar nos detuvimos para que un buen trago de agua fresca nos repusiera. Allí arríba, sobre la colina, la vista era increible. El mar rompía sobre los farallones que abrían la ensenada de la pequeña playa del Rostro. La espuma acariciaba las rocas y, aunque no nos llegaba, hacía que el nuestra mente imaginara ese frescor. Con eso bastaba. Media vuelta y al camino.


Más allá de Rial rompimos otra pendiente y salimos del bosque. Allí al final del camino se abría el cabo de Finisterre. Una mirada complice y a apretar el camino.


Ya podía sentir el olor del mar y el final de camino en mi pies. En esos últimos pasos tuvimos varios encuentros y rencuentros. Dos paisanos que habíamos encontrado dos días antes y compartido diez minutos de zumo de naranja nos agasajaron con un buen consejo. "Allí arriba, tras la loma, hay un melocotonero alucinante", nos dijo el mayor de los dos. Un saludo, chocar de manos y a seguir el camino. Con la boca hecha agua nos acercamos al melocotonero. Sí que resultó ser imponente, como los dos perros que tenía aquel paisano que descansaba junto al arbol.


Saliendo del bosque, a escasos cuatro kilómetros de Finisterre dimos con una pareja de segovianos de Cerezo de Arriba. "Espero que no haya muchas cuestas hasta Muxia". Una sonrisa y un hasta luego, que buen camino os espera. Cuesta arriba y cuesta abajo.


La charla con el segoviano fue muy divertida. Tanto, que perdimos el camino. Por primera vez. Bueno, en realidad, lo habíamos perdido durante cincuenta metros en A Pena, días antes, porque un cretino había pintado una flecha en dirección equivocada. Lo cierto es que aquella flecha era naranja, pero ya habiamos visto flechas de multitud de colores: amarillas, rojas, blancas... No nos extraño. Gracias a aquel abuelo que nos encaminó. Esta vez fue distinto. Lo perdimos de verdad. La suerte fue que teniamos Finisterre a la vista. Tras un pequeño rodeo de un kilómetro volvimos al redil. Nos encontrábamos en las afuera de San Martiño de Duio. Allí vimos nuestro anteúltimo cruceiro y una concurrida misa en la iglesia de San Martiño, con el mar al fondo y el cementerio de proscenium. Los cánticos de los fieles nos empujaron cuesta abajo hacia las calles de Finisterre.


Ahora sí que íbamos rápido. Bordeando la hermosa playa de Langosteira nos detuvimos en el cruceiro de Finisterre. El último. De allí al albergue. Cerrado hasta las 13:00. Pues a la terraza del Galeón. Un par de vinos con boquerones en vinagre mirando al puerto, viendo como los barcos se balanceaban atracados. A las 13:00 en punto, al albergue. Una cola de peregrinos sudorosos y felices. Es la mejor de todas las colas. Todos encantados de llegar. Me recordó al día de la Compostela. Allí estaba la italiana. Y nuestro amigo Frédèric.


Al fin llegamos al mostrador. "Eduardo Juárez, enhorabuena, has terminado el Camino". "Juan José Bellette, enhorabuena, has terminado el Camino".


¿Qué decir? La gloria, por fin. De allí nos fuimos al restaurante Fin do Camiño. A por la parrillada de pescados. A por las navajas. Y a por los percebes benditos de Dios.


"Al año que viene, señorito Juárez, de Hendaya hasta Bilbao y que nos proteja el Santo".


Amén Sr. Bellette, amén.

lunes, 19 de septiembre de 2011

En el paraiso de Lires









Igual que subimos el monte Facho lo bajamos. Azotados por la lluvia. Ora de frente, ora de espaldas. Ora en todo el careto. Ora en el costillar...






"Hasta que no llegemos a Lires, no para, que te lo digo yo". Y es que el Sr. Bellette, cuando tiene razón es que tiene razón.



Caminamos un tanto despreocupados, a pesar de la lluvia, después del ataque de risa de la cima del monte. Aún tardamos en llegar a nuestro destino, Lires, al menos una hora y un poco. En nuestra mente sólo era un nombre. Bueno, miento. En realidad era un deseo de ducha caliente y ropa seca. Y zapatos secos. Y calcetines secos. Y calzoncillos secos.



Entramos en Lires por el camino del viejo puente de las piedras pasaderas, ahora renovado por un puente moderno construido con dinero del inservible plan E. Al menos aquí, aunque no solucionó el problema del paro, sí sirvió para que los peregrinos no se mojaran los pies al cruzar el río.



Nuestro primer objetivo fue el hostal As Eiras, cuyos carteles llevábamos viendo y anhelando desde hacía más de dos horas. Como el día había sido de penitencia, no tenían habitaciones libres. Claro, que el chico de la barra se apiadó de dos bacalaos mojados y nos mandó a una casa rural llamada Casa Lourido.



Fue entonces que sentí que cambiaba la suerte. Bajamos hasta el cruceiro y seguimos un poco más hasta llegar a la preciosa casita Lourido. Blanca y grande, con un verde jardín y un porche estupendo. Entramos con nuestras mochilas y esos miles de litros de agua pegados al cuerpo. Nos recibió la encantadora Sra. Lucía que rápidamente nos llevó a nuestra habitación, la nº 14. Cogió la ropa mojada y la llevó a secar. Mientras, el Sr. Bellette después y un servidor antes, nos quitamos el agua, el cansancio y la mala suerte en la pequeña, cálida y grata ducha de la Casa Lourido.



Mientras el Sr. Bellette se duchaba miré por la ventana. Ya no llovía.



La madre de la Sra. Lucía, Doña María, nos recibió en el salón y recomendó ir hasta la playa. "Un kilómetro nada más", nos dijo. La hicimos caso. Y fue como revivir. El mar inmenso de Lires nos agasajó con un atardecer maravilloso, viendo como la ría ganaba terreno a la marea en retirada. Y todo lo hicimos desde la terraza del bar Playa. En Lires. En el Paraiso de Lires. Comiendo unos mejillones asombrosos. Y un pulpo sin igual. Y los pimientos de rigor. Y el Viña Costeira de mi corazón.



Volvimos de noche a la Casa Lourido. Volvimos para dormir. Que no se duerme mejor que cuando uno se lo ha ganado. Y uno se lo gana yendo primero del infierno al purgatorio. Y del purgatorio a la Casa Lourido en Lires. Al bar Playa. A la enorme playa de Nemiña. Al paraiso. En la Costa da Morte. En Galicia. En España.

¿Por qué seguimos?













Caminando desde O Reino hasta Lalín me lo había preguntado. Y no se trataba de retórica. ¿Por qué seguíamos caminando? La dureza del camino, la lluvia inmisericorde, el cansancio pertinaz... Pensé que no volvería a verme en situación parecida.


Empapados en Muxía, degustamos unos callos con garbanzos acompañados de nuestro acostumbrado Viña Costeira. Y cuando digo empapados quiero decir que el agua recorría todo nuestro cuerpo. No hay más que ver al Sr. Bellette y su aguada camiseta. Un hilo de esperanza nos llenó mientras comíamos en el restaurante O Prestige (¡Ojo con el nombrecito!).


Aquel día, que había empezado estupendamente, se torció al salir de Os Muiños y empaparnos. Desde las once de la mañana me sentí mojado y no abandoné la sensación. Subimos hasta la espectacular punta da Barca, donde se encuentra la iglesia de la Virxen da Barca, la patrona de los marineros, custodiada por las enormes piedras sagradas, veneradas desde tiempos de los celtas, allá por el siglo VI antes de Cristo: de la pedra d'Abalar a la de Cadrís, pasando por la dos Namorados o del Timón. Apenas pudimos apreciarlas del aguacero que nos caía sin pausa.


Calados hasta los huesos fuimos a comer al restaurante O Coral pero la simpática encargada nos dijo que estaba lleno el comedor. Miré furtivamente y comprobé que nadie se hallaba allí sentado. "Es que está todo reservado" me contestó. "Tú te lo pierdes, cretina". El Sr. Bellette con media sonrisa salió primero hacia el chubasco y nos dirigimos al O Prestige. Arroz con marisco y pimientos de Padrón.


Como decía, dejó un momento de llover, justo con los postres, de modo que aprovechamos y echamos a andar ladera arriba, hasta la Ferida, monumento a la insensatez de aquel ministro detestable que permitió la catastrofe del Prestige en la maravillosa Costa da Morte. Como si ese politicucho hubiera percibido mi pensamiento y su furor se transformase en tormenta, al doblar el monumento, la lluvia volvió.


Y furiosa.


No nos abandonó en tres horas de camino. El Sr. Bellette se agachaba para que el chaparrón no le lavara la cara. Yo empecé a reirme a ratos. Otras veces juraba en arameo. La misma sensación que tener el telefonillo de la ducha en pleno rostro. Así dejamos Muxía, azuzados por la lluvia. Y ojito con el camino. Hacia arriba sin parar. Dejar la playita de Muxía y empezar a subir el monte Facho de Lourido. Trescientos diez metros de ascenso vertical jarreando sin parar.


Fue en ese momento que me acordé de la travesía hasta Lalín. ¿Qué hacíamos allí? Nunca había estado tan mojado, ni siquiera bajo la ducha, lo puedo jurar. Y el camino no paraba de empinarse. Además, seguros de caminar junto al mar, ni siquiera lo sentíamos cubiertos como estábamos por la niebla.


Coronamos con una paliza de aquí te espero. Fue entonces cuando lo vimos. Otro peregrino venía en dirección contraria. Caminaba con chanclas de piscina y calcetines blancos más mojados que un bacalao del Cantábrico. "Buen camino" nos dijo. Y encima nos regaló una sonrisa.


Me di la vuelta y miré al Sr. Bellete que parecía una sopa pintada por Andy Warhol. Y me quedé mirando su sombrero. Giré la cabeza y miré el mío. No nos habíamos dado cuenta de ellos. Nosotros estábamos mojados, pero nuestros sombreros parecían una boceto de Picasso después de una juerga.


Empezamos a reirnos. Nos reimos tanto que tuvimos que parar el caminar. Allí estábamos. En la cima de un monte, junto a la Costa da Morte. Muertos de risa. Sin poder hablar del esfuerzo. Sin poder parar de reir.


Después de todo, ¿qué es el camino sin esfuerzo y desesperación?


El Sr. Bellette y un servidor no saben hacer el camino sin sufrir un lavado a conciencia, por dentro y por fuera.


Y que así siga siendo.

domingo, 18 de septiembre de 2011

¡El mar! ¡La lluvia!
















El óxido nitroso que en forma de aguardiente nos habían regalado en O Argentino se nos empezó a terminar a eso de las seis o las seis y media de la tarde. Justo nos dio para llegar a Quintans. Estábamos a escasos cinco kilómetros del mar, pero las piernas ya no daban más. Hicimos noche en el hostal Plaza de Quintans. Como no había habitación para compartir, hubimos de dormir cada uno en una enorme cama de de matrimonio. ¡Qué se le iba a hacer! Estas son las cosas del camino...



Antes de dormir nos regalamos una agradable cena: tortillón de patata y carne guisada con unas pequeñas y riquísimas patatas, coronada por un tiramisú. Después de cuarenta kilómetros y una buena cena, dormir fue el colofón perfecto.



Dejamos el hostal de Quintans a eso de las ocho y media de la mañana con el chasquido de las moscas muriendo en la trampa eléctrica en nuestros oídos. Por delante de nosotros, a escasos doscientos metros, pronto vimos a nuestra amiga italiana, aquella de Vilacerio, comiendo camino como una valiente. Debía haber salido desde el albergue de Dumbría a eso de las cuatro o las cinco de la mañana. Indudablemente, su destino era Muxía.



Seguimos su caminar por bosques y laderas, a través de parroquias ínfimas y bellas iglesias románicas de vieja y carcomida piedra gris.



A eso de las diez o las diez y media, después de coronar la enésima cuesta, tras un giro a la derecha del camino a través de un pinar, dimos con el mar por primera vez en aquel camino.



¡El mar, Sr. Bellette! ¡El mar!



De allí nos dejamos caer por la cuesta con los ojos prendidos en el océano.



¿Qué tendrá esa visión que siempre me domina?



Llegar andando hasta el mar, hasta el fin de la tierra, el sueño del peregrino. Allí al frente estaba la ría de Camariñas, enorme y esplendida. Repleta de barcos pesqueros y pueblecitos dispersos, como en toda Galicia, pero junto al mar.



Alcanzamos Os Muiños bien descansados. Subimos la cuesta que nos regalaba el camino hasta llegar al cruceiro de la iglesia. En ese momento empezó a llover.



¡La lluvia, Sr. Bellette!



Parece que nunca podemos escapar a ella. Fría, continua, inmisericorde. Nos mojó sin descanso durante los siguientes cuatro kilómetros. Casi no disfrutamos al llegar a la playa de Muxía. Cruzamos el arenal como una sopa, mojados hasta los higadillos. Uno suele disfrutar al caminar por las playas, me encantan que sean largas e interminables. Sin embargo, cruzar aquella playa bajo la lluvia se me hizo interminable. Dimos con nuestros huesos empapados en un hotel frente a la playa. La italiana cogió la enorme cuesta que remontaba la colina que conducía al albergue de Muxía. Mentalmente la despedimos y nos sentamos en el bar de aquel hotel para secarnos un poco.



¡Secarnos un poco! ¡Viva la ironía!



Mientras degustábamos nuestro habitual zumo de naranja, miraba yo melancólico por la ventana el caer de la lluvia sobre el mar. Nada más placentero si no tienes que salir a caminar.



"Relájate, Señorito Juárez", me dijo el Sr. Bellette, "tarde o temprano amainará, amigo".



Tarde o temprano. Nada dijo de secarnos.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Un gaitero en una peña







Salimos del albergue de Vilacerio bien pronto en la mañana. El frescor, el sol y el aroma de los maravillosos eucaliptos nos empujó cuesta arriba (¡Cómo no!) haciendo de nuestro paseo una verdadera delicia. Entre vallas vetustas de piedra barbada y prados verdes de un brillo increíble nos dejamos ir. El Sr. Bellette señaló nuestro lento caminar cuando fuimos adelantados por un furibundo peregrino de roja mochila. Quién sabe qué perseguía aquel paisano con esas prisas y a esas horas.

Nuestro objetivo de aquel día era Dumbría para dormir y Olveiroa para comer. Pasados Bon Xesús empezamos a subir sin descanso cuestas empinadas como sábados sin fiesta. Llegamos con la lengua fuera a Vilar do Castro y yo miré mis cartas de navegación prudentemente impresas por el Sr. Bellette.

"Nos toca subir el monte Aro, amigo", confirmé al segundo y la risa floja nos conquistó. Era la quinta subida del día y ya iban en este viaje... Abandonamos las rampas de clazada y entramos en caminos de monte, con pinos, eucaliptos y toxos. Más pinos que otra cosa. Allí nos adelantaron dos o tres ciclistas y dimos con nuestro amigo francés, Frèderic. Caminaba cargando la pierna derecha pues se había lesionado en la izquierda. Ralentizamos nuestro paso y o adecuamos al suyo, compartiendo un par de kilómetros. Allí nos dimos cuenta que el monte Aro lo habíamos subido ya, triste de mí que no manejo bien la navegación. Seguro que fue la influencia del zumo de naranja de aquel villorrio.

Comenzamos el descenso hacia Lago y nuestro gabacho comenzó a rezagarse, que subir cuesta pero bajar es el infierno.

En un momento salimos a un claro del pinar. Allí había un grupo de peregrinas charlando en un cruce del camino. Saludamos y seguimos. Fue entonces cuando lo escuché.

El viento traía una bella melodía. Un son de gaita que rasgaba el aire y te insuflaba ánimos. Y de qué manera. El Sr. Bellette me miró sorprendido. Cerré los ojos y rogué porque no fuera un maldito móvil.
No lo era.

En el centro del claro del bosque había una peña de unos veinte metros de altitud. Sobre ella, sentado a horcajadas de una pequeña roca, descansaba un gaitero.

No me lo podía creer. Estas cosas sólo ocurrían en las películas. O estaban preparadas.


"Cómo están algunos", dijimos a la vez el Sr. Bellette y un servidor. Luego recapacitamos. Aquel gaitero estaba alegrando el camino a los peregrinos. Nadie más que caminantes desde el lejano Santiago pasaban por allí.La estampa fue inolvidable. Caminamos en silencio la larga curva que rodeaba aquella peña, la peña del gaitero. La maravillosa música de aquel instrumento perfecto nos acompañó durante tres o cuatro kilómetros.

Aquel caminar con mi amigo, con el camino de Santiago, con el bosque, con el olor de los pinos y los eucaliptos, con la sonrisa de todos los peregrinos que nos encontrábamos... Doy gracias por todo. Por Galicia, por el camino, por la música, por las gaitas, por aquel loco gaitero subido a una peña. Por mi amigo, el Sr. Bellette. Por el Camino de Santiago. Por mis piernas, que me permitieron estar allí.

Otro momento inolvidable, ¿verdad, Sr. Bellette?

viernes, 26 de agosto de 2011

Durmiendo en Manhattan







Bajando desde el otero del Mar de Ovellas rodamos sin dilación hasta el pueblo de Negreira. Antes de llegar allí cruzamos el bellísimo puente medieval de Ponte Maceira. Cruzándolo pensé que me movía más allá del espacio y entraba en otro tiempo, cuando caminar era obligatorio y los puentes, maravillas creadas para el hombre, permitían salvar temibles obstáculos. Un segundo de descanso, una foto, un poco más de aire y nuevas energías para afrontar otra cuesta más.

Después del evocador puente, llegamos en un suspiro a Negreira. Tras un poco de Viña Costeira para apaciguar el calor y secar la enésima sudada, marchamos hacia el albergue a través de un pórtico pétreo hermosísimo. El albergue, abarrotado. De regreso al pueblo para alimentarnos, coincidimos con varios peregrinos. Uno en particular iba refunfuñando. Había llegado a Santiago desde Francia de un tirón. El cura olvidó nombrarle en la misa del peregrino y mostraba su disgusto y enfado.

"El pelotudo se olvidó de mi nombre... Después de todos esos días y esta maldita mochila". Cabreado como buen argentino, pensé. Luego miré su mochila.

Para suicidarse.

Comimos en la Casa de Comidas La Mezquita. "Serán de Córdoba", dijo el Sr. Bellette. O de Toledo. O de León, que nunca se sabe. Una sopa excelente, ensalada y un buen filete nos abrazaron con un buen tinto de la tierra. Mientras comíamos, un tropel de gigantescos teutones entró a comer. El más pequeño, más alto que un servidor y eso que rondo los 191 cm. El más alto era el ciclista más descomunal que nunca llegué a ver. Casi no entraba en la mesa. Entre cerveza y cerveza, risas brutales y chanzas en su ininteligible idioma, todos los que allí comíamos no podíamos quitarles los ojos de encima.

Abandonamos Negreira bajo el sol, con el sello en nuestra credencial y camino de Vilacerio, en busca de nuestro albergue. Dos horas y media de caminata entre bosques viejos y nuevos que nacen con las cicatrices del devastador fuego pasado.


A punto de perdernos en A Pena gracias a una flecha mal pintada por algún graciosillo o por un voluntario confundido. De allí, con un refresco en el estómago, hasta Vilacerio, un paseo. Pero con más de treinta kilometros en las piernas. Llegamos al albergue hacia las cinco y media de la tarde, justo cuando empezaba a levantarse una brisilla perra que además de llevarse el calor traía la pestilencia de la paja fermentada bajo los plásticos negros.


Y en Vilacerio me sentí una vez más como el náufrago que cantaba The Police. Igual que si estuviéramos en Manhattan. Sólos entre una multitud. Claro que la multitud era inapreciable y la soledad lo era todo. Dos franceses, uno lesionado, un coreano y una italiana fueron nuestros compañeros en aquel albergue. Lo mejor de todo, compartir la cena con Frèdèric, un francés cultísimo que venía andando por el camino norteño y seguía, como nosotros, la ruta de Muxía hacia Finisterre. Conn un español excelente y un poco atropellado, quizás por la influencia de sus veraneos en el sur de España, la charla con el parisino nos alegró el fresco atardecer. Más frío que otra cosa. Un aire que no auguraba nada bueno. Frèdèric marchó un momento a por su forro polar. El Sr. Bellette y un servidor aguantamos el relente estoicamente. Que somos de La Granja. Jodidos de frío, pero contentos. Como tiene que ser.


A las diez y media, respetando el horario monacal de los albergues, nos fuimos a la cama. A las once de la noche, dormidos. La mayoría. Entre el suspirar de la italiana, el ronquido leve del coreano y respirar fuerte de los demás, caí paulatimente en la inconsciencia, recordando tiempos pasados cuando dormía con multitud y la multitud me acunaba.

domingo, 21 de agosto de 2011

Coronando el Mar de Ovellas














Bien prontito salimos del hotel a nuestra tradicional parada en la cafetería Derby de Santiago, donde nos esperaba un magnífico chocolate con churros, alimento básico para cualquier peregrino que se precie.



Con el estómago lleno y rebosantes de optimismo, cruzamos la plaza del Obradoiro, dando la espalda a la catedral. Una mirada furtiva hacia la seo, justo cuando empezábamos a descender la empinada cuesta das hortas con el Hostal de los Reyes Católicos a nuestra derecha y un suspiro pegado a un anhelo: "A ver cómo volvemos".



Salimos de la ciudad por un curioso barrio de casitas que más bien parecía una transición de la ciudad al hábitat disperso que nos íbamos a encontrar. Pronto, empezamos a vernos rodeados de más naturaleza y menos casas. Y siempre cuesta abajo.



"Esto lo vamos a pagar, Sr. Bellete. Que después de bajar hay que subir".



Media sonrisa y a seguir caminando. Cruzamos un puente sombrío -la mañana era bastante fresca- y, justo después, empezamos a subir. Y no dejamos de hacerlo en todo el día. Andarines que somos por nuestro entorno natural, cuesta arriba damos nuestro verdadero rendimiento. Desde el mismo momento en que se empinó el camino, empezamos a remontar peregrinos y no lo dejamos de hacer en todo el día. Ni uno solo fue capaz de darnos alcance, mantener nuestro ritmo y pasarnos. Y mira que vimos. Desde las ocho y media no paramos de juntarnos y pasar grupos de caminantes. Aparecían de cualquier lado. Incluso encontramos unos cuantos que salían de un chamizo abandonado y medio derruido.



¿Brotarán del camino?



Pasada la primera hora y media ya habiamos subido nuestro primer monte, el Alto do Vento. Y yo que pensaba que no subiríamos tantas cuestas este año...



Llaneando después del alto y bajando ligeramente seguimos cogiendo peregrinos. Uno se nos resistía. Lo teníamos allí, a ochenta metros, pero no lo echábamos mano. En una pedanía se detuvo a beber agua y logramos adelantarle. Nos saludamos. Como hacen los buenos peregrinos. No era español. Parecía francés. Gracias a su sed llegamos antes al bar y pudimos tomarnos los dós últimos zumos de naranja naturales.



Fueron providenciales.



A los pocos minutos entramos en un bosquete que empezó a cerrarse hasta convertirse en pinar.



Y el camino se empinó y empinó. Como en la Cruz de la Gallega. Como en la maldita Costinha de Canedo de infausto recuerdo. En la primera gran rampa adelantamos a unos quince peregrinos. Los chicos, tumbados a la sombra, bebiendo agua a raudales. Las chicas, buscando un espacio apropiado para un buen campo de minas humanas.



"Señorito Juárez, aquí dejamos las tripas".



Y empezamos a subir el maldito alto del Mar de Ovellas. ¡Qué cachondos estos gallegos con los nombres! ¿El mar de ovellas? ¿Dónde están las ovellas? Ni una solo vimos. Claro, que sólo habría faltado eso. Tener que cruzar un rebaño de ovellas o que nos hubiera amurcado un carneiro o los perrazos del pastor...



El camino se hizo eterno. Cuesta tras cuesta, sin descanso. De vez en cuando, un banco. Una curva adoquinada. Y más cuesta. Y hacia arriba. En un banco nos sentamos para tomar un poco de agua y recuperar el resuello. Miré nuestro mapa del camino.



En la cima había una fuente.



Apretamos el paso para poder coger agua fresca. Salimos del camino de tierra cubierto por los árboles a una pista asfaltada. "Ya queda poco, Sr. Bellette. Está claro que por la pista caminaremos muy poco".


¡Ay, que ignorante soy!



Otro kilómetro y medio hasta que se apaciguó el monte. Llegamos a la fuente. Muy bonita. Con una guarda de piedra y un bosquete dando sombra.



Y más seca que el ojo de la Inés.



Iniciamos el descenso empapados en sudor. Era la segunda caladura del día.



"Mucha cuesta y mucho sudor, Sr. Bellette. Espero que no sea la tónica del día".



En fin, cuanta ignorancia, Señorito Juárez.

sábado, 20 de agosto de 2011

El Sr. Bellette se va a Santiago



"Este año volvemos a Santiago, Señorito Juárez", me dijo el Sr. Bellette mientras tomábamos un vinito en el Hotel San Luis. No contesté. El Sr. Bellette siempre tiene razón. Cinco meses después, con un saco de piedras más pequeño y cómodo que el año anterior, mirábamos cómo el tiempo pasaba a través del ventanuco del tren.



Me encanta viajar en tren. Puedes moverte a placer. Los asientos son más cómodos, las ventanillas, enormes. Hay cafetería. O algo parecido. Y si te das prisa y compras con antelación, puedes viajar en primera a buen precio. Bueno, ahora se llama preferente, que eso de primera suena a clasismo. Claro que preferente, snobismo puro.




Y surrealismo.




¡Menuda preferente! Del frío polar a calor desértico. Por supuesto, el automatismo de las puertas roto, especialmente el de aquella que conduce a los servicios, para que la adorable fragancia complete un escenario "preferente".




Y seis horas y pico de viaje. Que desde Puebla de Sanabria pareciese que montásemos diligencia del XIX.




Molidos por el viaje llegamos a Santiago de Compostela listos para iniciar el Camino. Una vez más. El año anterior habíamos entrado. Ahora tocaba salir. "Que más importante es marcharse de Santiago que llegar", me había confesado Ángel, director del Instituto de Bachillerato de Collado Mediano. Eso hicimos. Llegar a Santiago para irnos. Coger el único camino que sale de allí. Desde la plaza del Obradoiro, por la calle das Hortas. Una cuesta empinada hacia abajo de mil demonios. Allí está la primera concha dorada sobre fondo azul. Allí está la primera flecha amarilla.



Allí estábamos el Sr. Bellette y un servidor, a las diez y media de la noche, contemplando nuestro camino del día siguiente. Rodeados de una multitud escasa de jóvenes y felices cristianos convocados a las jornadas mundiales de la juventud, desconocedores de lo evocador de sus atuendos. Todos éstos, miembros de grupos scout cristianos, paseaban felices por las principales calles de la ciudad luciendo atuendos semejantes a las terribles SA de Erich Rohm. A ellos parecía no importarles.




Total, ¿a quién le importa la historia hoy día?






Un poco apenados por la falta de multitud, decidimos homenajearnos. Animarnos para el duro camino que nos esperaba. Y si uno quiere hacer tal cosa, Santiago de Compostela es el lugar apropiado.






Empezamos en el bar Orense que está en... ¿Parece que pone Plaza de Franco, Sr. Bellette? "No lo sé, Señorito Juárez. Desde aquí no lo veo bien. Será el vino". ¿Quien Sabe? A cincuenta céntimos la taza de Ribeiro a cualquiera se le nublaría la vista. Creí haber llegado a la plaza por la travesía del mismo nombre...






Acabada la penúltima taza, la inevitable cuesta abajo nos llevó hasta Casa Camilo. Igual que el año pasado. A ver si alguien arregla esa pendiente. Que conduce al pecado. Y no veas como sienta. Un terraza en cuesta y una botella de Viña Costeira.






¿Quién podrá resistirse?




Almas débiles que somos ante el pecado, hubimos de lidiar con un pulpo asombroso y unos mejillones tan grandes y deliciosos que no hacía falta vestirlos. Ni casi limpiarlos. Conchas coralinas y cuerpo desnudo. Ni salsa. Ni limón. Ni leches. Menudo manjar increíble. ¡Qué razón tenía Celestino, químico de la Real Fábrica de Cristales de La Granja! "Las comidas de los pobres, los ricos envidian". Esos mejillones de cuatro perras la ración fueron insuperables. No nos quedó más remedio que atacar las gloriosas zamburiñas para olvidar el rojo manjar.




Para terminar, jugamos a la ruleta rusa. Para divertirnos un poco, que somos castellanos. De gustos recios y alma de piedra. Como no teníamos pistola ni balas, pedimos una ración de pimientos de Padrón. No sé los que comimos, pero todos fueron de fogeo. recordé entonces un artículo que decía que habían especializado la producción para que no picaran pues en España no gusta el picante y tienen mejor salida comercial los pimientos dulces.






Si pillo al notas ese le meto en la boquita de piñón media docena de chiles serranos. Así, para que despabile. No te digo...






De vuelta a nuestro extraño hotel de llegada, el Rosa Rosae, en la calle de la Rosa (por si no había quedado claro), encontrado por nuestro agente secreto en Santiago, Conchi Cuesta, tras un paseito bajo la fresca noche compostelana iba yo pensando lo bien que este año estábamos empezando.






"No te preocupes, Señorito Juárez, que el Camino nos pondrá en nuestro sitio".



Como ya he dicho, el Sr. Bellette siempre tiene razón.

domingo, 24 de octubre de 2010

En el umbilicus mundi




Roto ya el cansancio y la desesperación del camino que no acaba, olvidados los pesares, los dolores, las preocupaciones, con las torres de la catedral a la vista, nos dejamos ir, felices de llegar a nuestro objetivo.




Cayendo cuesta arriba, que diría Juan Bellette, nos lanzamos hacia Santiago de Compostela. Como no veníamos por el camino francés, ni por el de la costa, ni por el primitivo, sino que alcanzábamos la tumba del Santo por el viejo camino mozárabe, por la Vía de la Plata, nos tocaba entrar en la ciudad cruzando el vetusto puente sobre el río Sar.



Desde luego, el puente era viejo, con ese regusto medieval que no nos había abandonado durante toda la peregrinación. El río Sar, sin embargo, era humilde y poco imponente, como llega la voluntad del peregrino a ese punto. Nada que ver con el enorme y caudaloso Miño que cruzamos en Orense, ni con el rocoso y violento Deza, que nos atemorizó mientras cruzábamos uno de sus multiples viaductos bajo la lluvia; ni con el espeluznante Ulla, encajonado en la garganta, sujeto por roca y viento.


Nada de eso. El Sar nos recibía con humildad. Con sencillez. Y con un regalo envenado: una cuesta de mírame y no me toques. Llegar al puente y darme la risa.


¡Otra cuesta! ¡Y qué cuesta! Doscientos cincuenta metros que me recordaron a la funesta y detestable Costiña do Canedo.


En fin, apretamos los dientes, nos sujetamos la mochila y, arañando el suelo con los bastones, tiramos hacia la cima, hacia el final del camino. Siguiendo culos, como nos había aconsejado el alberguero del Orense -¡Ay, traidor, el día que te pille...!- remontamos el repecho adelantando a cuantos peregrinos nos encontramos. Y fueron unos cuantos.


Coronada la cuesta, el galimatías de calles, semáforos, policía urbana y, sobre todo, gente, gente y más gente, nos desconcertó ligeramente. Estábamos acostrubrados a la soledad. Y a las conchas doradas. Y a las flechas amarillas. Allí no había de eso. Ni flechas, ni conchas. Con gran dificultad y soportando la espera de los insoportables semáforos de la plaza de Galicia, llegamos al entramado de callejuelas y casas bajas de piedra, de soportales, tiendas y restaurantes. De gente en muchedumbre, apelotonada e inmóvil.


Dos calles, tres aglomeraciones y cuatro maldiciones por algún que otro obstáculo impertinente y alcanzamos la primera plaza, la de Platerías. Tan llena de gente que apenas se veía el suelo. Caminar, un suplicio. Perdidos y abotargados, navegamos sin rumbo fijo hasta llegar a la plaza del Obradoiro.


Allí sí nos paramos. Nos miramos y sonreímos plenos de felicidad. Habíamos llegado. Con la sonrisa permanente, comtemplamos aquel maravilloso lugar. Quise arrodillarme y besar el suelo, pero desistí. Demasiados policías como para hacer cosas raras y, ¿por qué no decirlo?, si me agachaba no me levantaba ni una de las grúas Valladolid.

Caminando ya sin prisa, Juan sentenció:


Compostela, abrazo al Santo, misa del peregrino y a casa.


Amén.

jueves, 21 de octubre de 2010

Dos torres en el horizonte




Salir de Piñeiro con la panza llena y encontrar otra cuesta. Otra cuesta, y van...




¡Qué desesperación!




Al menos la compungida niebla había desaparecido, dejando paso a ese cielo tan azul que haría parecer el mundo al revés en Fisterra. Las cuestas, a pesar del glorioso techo, no nos daban descanso. En la enésima de éstas, adelantamos a un padre y su hija, peregrinos enfadados y displicentes. Era la segunda vez que les veíamos. Ellos se sorprendieron al vernos por detrás, como si de un incómodo deja vù nos tratásemos. No comprendían en nuestra sonrisa los efluvios del ribeiro.


Y el chorizo en la panza. ¿O era el queso? ¿O las dos cosas?


Dejando atrás los problemas, apretamos el paso de un modo inconsciente, olvidándonos de los increíbles pazos, evocadoras aldeas y espeluznantes perros salvajes atados a roñosas cadenas, devorábamos kilómetros, cuestas, pistas de negra gravilla, de tierra infame, bosquecillos, islas verdes rodeadas de asfalto, cruces deprimentes, la maldita 525...

Algo presagiaba nuestro instinto. Algo nos hacía caminar sin hablar, esperando que tras la siguiente loma, la próxima esquina, el penúltimo pazo, el camino nos deslumbrara. Saliendo de un hermoso callejón emparrado y cubierto de rojas, preciosas y gelatinosas uvas, comprendí porqué caminábamos. Porqué seguíamos bajo la lluvia, a través de la niebla, por encima de los dolores, sobre las ampollas, rompiendo con el sueño y el hambre, y la maldita sed. Caminábamos para alcanzar ese lugar, esa esquina, esa loma, esa cuesta. Perseguíamos justo ese instante en que las dos torres, asomando entre los jirones de nubes, nos anunciaban el final del camino. Allí entendimos la felicidad del peregrino. Sentimos el regocijo inmemorial, intemporal, eterno del que encuentra su destino. Nos miramos y sonreímos libremente. Sin miedo. Sin cansancio. Plenos de felicidad.

Eramos peregrinos en Tierra Santa.

¿Hay mayor felicidad en la vida?

domingo, 17 de octubre de 2010

De Taboada a Silleda, por la ruta del bosque medieval
















Descansadas y un tanto dormidas las piernas, cogimos nuestras pertenencias y abandonamos a nuestros amigos zamoranos en A Laxe. Salimos a la derecha del albergue, dirección a Silleda. Unos diez kilómetros, nos dijo Victoria. Seis con cuatro marcaba el cartel al cruzar la nacional 525.

¿A quién creer?

Sin duda, a Victoria.
Tomamos el camino del bosque, directos al río. A la media hora estábamos rodeados por la foresta, asedados por la cadencia del río y la fresca brisa vespertina. El aroma de los eucaliptos y de los pinos resecándose bajo el empuje del aún cálido sol de octubre nos llenó las fosas nasales, alegrándonos el camino y sacando el pesar y el cansancio de nuestra mente.

Un alto en el camino, en la iglesia de Santa María de Taboada. Un trago de agua, una palmada al pequeño Santiago y de nuevo a la senda de Silleda.

Dos viaductos enfrentados jalonaron nuestro camino hasta llegar al hermoso y bucólico puente romano de Taboada. Hermoso en su sencillez. Bucólico en su presencia. Los cruzamos encantados, sintiéndonos transportados a otra época. Lejos de las responsabilidades. De horarios y problemas.

Libres.

Lástima que la estela del puente sea ilegible, ajada por los vetustos líquenes y el anciano musgo gallego. Del puente a Silleda, un paseo. Un suspiro. Cuesta arriba. Cuesta abajo. Al atardecer, tomamos las calles de Silleda, directos al hotel Ramos. Céntrico. Sencillo. Moderno. De allí, al restaurante Ricardo. Directos a sus navajas a la plancha, a su queso al horno. Y a su increíble tarta de queso. La mejor que nunca probamos. Todo regado con el glorioso albariño. ¡Qué caldo, por Dios!

Doce horas de descanso y listos para cubrir la segunda mitad del camino. La que nos llevaría directos a Santiago.

No sabría cómo explicarlo, pero, desde ese día, sentí que todo el camino era ya cuesta abajo.

Claro que sólo fue una sensación. Maldito albariño...

sábado, 16 de octubre de 2010

Descansando en A Laxe











Una mañana infernal, de cabeza gacha y ceño fruncido, de dolores generalizados y esperanzas rotas, nos llevó hasta el maravilloso albergue de A Laxe, en las afueras de Lalín. Pueblo enorme éste, de bajada interminable y disperso como una mañana después de navidad. Cuando vi la señal del albergue di gracias a todo lo imaginable. Ya me sentía perdido, como al iniciarse la mañana, buscando como estultes durante tres kilómetros el pueblo de Santo Domingo, sin darnos cuenta de que tal cosa no existía, que Santo Domingo era el nombre de unas lomas más allá de Dozón.

Afortunadamente todo pasa, hasta lo malo. El albergue lo encontramos vacío. Victoria, la responsable de éste, nos recomendó varios lugares para comer. Decidimos ir a Onde Antonio, junto a la gasolinera, y dar cuenta de unas lentejas y unos trocitos deliciosos de ternera con patatas.

Con las piernas hechas cisco, volvimos al albergue y nos encontramos de nuevo con Eusebio y Víctor L. Gómez. Descansamos y charlamos con ellos y con unos peregrinos americanos del estado norteño de Washington.

Me dio pena dejar aquel remanso de tranquilidad y reposo. El camino nos esperaba. Más agujetas y dolores. Más piedra que recorrer, puentes que cruzar. Ríos que oler. Manzanas que comer. Allí, al final de un sendero verde y fresco en una tarde calurosa, nos esperaba Silleda.
Cada día más cerca. Cada día más cerca, cada día más próximos al final.

¿Por qué seguimos?




Salimos del Ateneo en O Reino encantados por el trato recibido, por las viandas y por el descanso. Desgraciadamente, iniciamos la marcha bajo el agua fría y constante del temporal gallego. Más de dos horas caminamos bajo las agobiantes y abrasadoras capas de lluvia. Ascendimos el empinado alto de San Martiño y descendimos suavemente hasta Crastro de Dozón. Allí, empapado, ahogado por la capa, roto por el esfuerzo, uno se preguntaba porqué seguíamos caminando.




¿Qué empuja al peregrino a seguir? Nos llueve, nos helamos o nos asfixiamos. Los pies llenos de ampollas. Horas seguidas sin comer o beber. Sin ver a nadie. Sin hablar. ¿Qué tiene este reto? ¿Por qué seguimos?




La llegada a Castro de Dozón coincidió con la ruptura de las nubes y mi mente se alegró tanto de dejar atrás la lluvia, que olvidé durante unas horas mis cuitas.




Quizá, al finalizar el día pudiera ser que encontrara alguna respuesta. Al menos, querría encontrar un lugar seco y caliente donde comer y descansar. O sólo comer. O sólo descansar.

miércoles, 13 de octubre de 2010

En la Costiña de Canedo





Después de varios kilómetros perdidos entre autovías, enlaces, ramales y trozos de la carretera a Vigo, N-120, encontramos nuestro primer mojón testigo del camino, hermoso y pétreo como todos los que hallaríamos hasta San Cristovo de Cea.




Perdimos el camino en Quintela de Arriba durante diez minutos y lo arreglamos comiéndonos seis higos maravillosos que pendían abiertos por la lluvia. Deshicimos el camino por la citada nacional 120 y llegamos a la verdadera Quintela, aquella que aparecía en nuestro plan de ruta, y nos encaminamos a los doscientos metros de cuesta que nos había recomendado el alberguero.


¿Doscientos metros de subida?


La maldita Costiña de Canedo tiene dos kilómetros, dos mil metros, veinte mil decímetros o doscientos mil centímetros. Quizás el alberguero nos hablaba en centímetros....




La media de ascención es del 13%. El primer tramo es al 16% y el último supera el 20%.





Subiendo como caracoles, achepados por las mochilas, clavando los bastones en el áspero asfalto, me iba yo acordando del alberguero y de su guasa. No sé el tiempo que tardamos en coronar aquella pesadilla. Sí recuerdo que en la cima da costa, junto a una fuente de agua fresca -o eso me pareció-, encontramos un mojón que marcaba 99 km. hasta Santiago de Compostela.

Muy edificante.

Juan me recordaba que la cuesta de Barrosfuerte era peor o aquella por la que me llevó para subir a la fuente del Chotete, camino de Dos Cabañas, en el pinar de Valsaín. Uno que es desmemoriado para lo desagradable, no encontraba parangón con aquello más allá del maldito infierno.

No me olvidaré nunca de la Costiña de Canedo. Ni del alberguero de Orense. El día que le pille...