Bajando desde el otero del Mar de Ovellas rodamos sin dilación hasta el pueblo de Negreira. Antes de llegar allí cruzamos el bellísimo puente medieval de Ponte Maceira. Cruzándolo pensé que me movía más allá del espacio y entraba en otro tiempo, cuando caminar era obligatorio y los puentes, maravillas creadas para el hombre, permitían salvar temibles obstáculos. Un segundo de descanso, una foto, un poco más de aire y nuevas energías para afrontar otra cuesta más.
Después del evocador puente, llegamos en un suspiro a Negreira. Tras un poco de Viña Costeira para apaciguar el calor y secar la enésima sudada, marchamos hacia el albergue a través de un pórtico pétreo hermosísimo. El albergue, abarrotado. De regreso al pueblo para alimentarnos, coincidimos con varios peregrinos. Uno en particular iba refunfuñando. Había llegado a Santiago desde Francia de un tirón. El cura olvidó nombrarle en la misa del peregrino y mostraba su disgusto y enfado.
"El pelotudo se olvidó de mi nombre... Después de todos esos días y esta maldita mochila". Cabreado como buen argentino, pensé. Luego miré su mochila.
Para suicidarse.
Comimos en la Casa de Comidas La Mezquita. "Serán de Córdoba", dijo el Sr. Bellette. O de Toledo. O de León, que nunca se sabe. Una sopa excelente, ensalada y un buen filete nos abrazaron con un buen tinto de la tierra. Mientras comíamos, un tropel de gigantescos teutones entró a comer. El más pequeño, más alto que un servidor y eso que rondo los 191 cm. El más alto era el ciclista más descomunal que nunca llegué a ver. Casi no entraba en la mesa. Entre cerveza y cerveza, risas brutales y chanzas en su ininteligible idioma, todos los que allí comíamos no podíamos quitarles los ojos de encima.
Abandonamos Negreira bajo el sol, con el sello en nuestra credencial y camino de Vilacerio, en busca de nuestro albergue. Dos horas y media de caminata entre bosques viejos y nuevos que nacen con las cicatrices del devastador fuego pasado.
A punto de perdernos en A Pena gracias a una flecha mal pintada por algún graciosillo o por un voluntario confundido. De allí, con un refresco en el estómago, hasta Vilacerio, un paseo. Pero con más de treinta kilometros en las piernas. Llegamos al albergue hacia las cinco y media de la tarde, justo cuando empezaba a levantarse una brisilla perra que además de llevarse el calor traía la pestilencia de la paja fermentada bajo los plásticos negros.
Y en Vilacerio me sentí una vez más como el náufrago que cantaba The Police. Igual que si estuviéramos en Manhattan. Sólos entre una multitud. Claro que la multitud era inapreciable y la soledad lo era todo. Dos franceses, uno lesionado, un coreano y una italiana fueron nuestros compañeros en aquel albergue. Lo mejor de todo, compartir la cena con Frèdèric, un francés cultísimo que venía andando por el camino norteño y seguía, como nosotros, la ruta de Muxía hacia Finisterre. Conn un español excelente y un poco atropellado, quizás por la influencia de sus veraneos en el sur de España, la charla con el parisino nos alegró el fresco atardecer. Más frío que otra cosa. Un aire que no auguraba nada bueno. Frèdèric marchó un momento a por su forro polar. El Sr. Bellette y un servidor aguantamos el relente estoicamente. Que somos de La Granja. Jodidos de frío, pero contentos. Como tiene que ser.
A las diez y media, respetando el horario monacal de los albergues, nos fuimos a la cama. A las once de la noche, dormidos. La mayoría. Entre el suspirar de la italiana, el ronquido leve del coreano y respirar fuerte de los demás, caí paulatimente en la inconsciencia, recordando tiempos pasados cuando dormía con multitud y la multitud me acunaba.
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