sábado, 20 de agosto de 2011

El Sr. Bellette se va a Santiago



"Este año volvemos a Santiago, Señorito Juárez", me dijo el Sr. Bellette mientras tomábamos un vinito en el Hotel San Luis. No contesté. El Sr. Bellette siempre tiene razón. Cinco meses después, con un saco de piedras más pequeño y cómodo que el año anterior, mirábamos cómo el tiempo pasaba a través del ventanuco del tren.



Me encanta viajar en tren. Puedes moverte a placer. Los asientos son más cómodos, las ventanillas, enormes. Hay cafetería. O algo parecido. Y si te das prisa y compras con antelación, puedes viajar en primera a buen precio. Bueno, ahora se llama preferente, que eso de primera suena a clasismo. Claro que preferente, snobismo puro.




Y surrealismo.




¡Menuda preferente! Del frío polar a calor desértico. Por supuesto, el automatismo de las puertas roto, especialmente el de aquella que conduce a los servicios, para que la adorable fragancia complete un escenario "preferente".




Y seis horas y pico de viaje. Que desde Puebla de Sanabria pareciese que montásemos diligencia del XIX.




Molidos por el viaje llegamos a Santiago de Compostela listos para iniciar el Camino. Una vez más. El año anterior habíamos entrado. Ahora tocaba salir. "Que más importante es marcharse de Santiago que llegar", me había confesado Ángel, director del Instituto de Bachillerato de Collado Mediano. Eso hicimos. Llegar a Santiago para irnos. Coger el único camino que sale de allí. Desde la plaza del Obradoiro, por la calle das Hortas. Una cuesta empinada hacia abajo de mil demonios. Allí está la primera concha dorada sobre fondo azul. Allí está la primera flecha amarilla.



Allí estábamos el Sr. Bellette y un servidor, a las diez y media de la noche, contemplando nuestro camino del día siguiente. Rodeados de una multitud escasa de jóvenes y felices cristianos convocados a las jornadas mundiales de la juventud, desconocedores de lo evocador de sus atuendos. Todos éstos, miembros de grupos scout cristianos, paseaban felices por las principales calles de la ciudad luciendo atuendos semejantes a las terribles SA de Erich Rohm. A ellos parecía no importarles.




Total, ¿a quién le importa la historia hoy día?






Un poco apenados por la falta de multitud, decidimos homenajearnos. Animarnos para el duro camino que nos esperaba. Y si uno quiere hacer tal cosa, Santiago de Compostela es el lugar apropiado.






Empezamos en el bar Orense que está en... ¿Parece que pone Plaza de Franco, Sr. Bellette? "No lo sé, Señorito Juárez. Desde aquí no lo veo bien. Será el vino". ¿Quien Sabe? A cincuenta céntimos la taza de Ribeiro a cualquiera se le nublaría la vista. Creí haber llegado a la plaza por la travesía del mismo nombre...






Acabada la penúltima taza, la inevitable cuesta abajo nos llevó hasta Casa Camilo. Igual que el año pasado. A ver si alguien arregla esa pendiente. Que conduce al pecado. Y no veas como sienta. Un terraza en cuesta y una botella de Viña Costeira.






¿Quién podrá resistirse?




Almas débiles que somos ante el pecado, hubimos de lidiar con un pulpo asombroso y unos mejillones tan grandes y deliciosos que no hacía falta vestirlos. Ni casi limpiarlos. Conchas coralinas y cuerpo desnudo. Ni salsa. Ni limón. Ni leches. Menudo manjar increíble. ¡Qué razón tenía Celestino, químico de la Real Fábrica de Cristales de La Granja! "Las comidas de los pobres, los ricos envidian". Esos mejillones de cuatro perras la ración fueron insuperables. No nos quedó más remedio que atacar las gloriosas zamburiñas para olvidar el rojo manjar.




Para terminar, jugamos a la ruleta rusa. Para divertirnos un poco, que somos castellanos. De gustos recios y alma de piedra. Como no teníamos pistola ni balas, pedimos una ración de pimientos de Padrón. No sé los que comimos, pero todos fueron de fogeo. recordé entonces un artículo que decía que habían especializado la producción para que no picaran pues en España no gusta el picante y tienen mejor salida comercial los pimientos dulces.






Si pillo al notas ese le meto en la boquita de piñón media docena de chiles serranos. Así, para que despabile. No te digo...






De vuelta a nuestro extraño hotel de llegada, el Rosa Rosae, en la calle de la Rosa (por si no había quedado claro), encontrado por nuestro agente secreto en Santiago, Conchi Cuesta, tras un paseito bajo la fresca noche compostelana iba yo pensando lo bien que este año estábamos empezando.






"No te preocupes, Señorito Juárez, que el Camino nos pondrá en nuestro sitio".



Como ya he dicho, el Sr. Bellette siempre tiene razón.

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