Bien prontito salimos del hotel a nuestra tradicional parada en la cafetería Derby de Santiago, donde nos esperaba un magnífico chocolate con churros, alimento básico para cualquier peregrino que se precie.
Con el estómago lleno y rebosantes de optimismo, cruzamos la plaza del Obradoiro, dando la espalda a la catedral. Una mirada furtiva hacia la seo, justo cuando empezábamos a descender la empinada cuesta das hortas con el Hostal de los Reyes Católicos a nuestra derecha y un suspiro pegado a un anhelo: "A ver cómo volvemos".
Salimos de la ciudad por un curioso barrio de casitas que más bien parecía una transición de la ciudad al hábitat disperso que nos íbamos a encontrar. Pronto, empezamos a vernos rodeados de más naturaleza y menos casas. Y siempre cuesta abajo.
"Esto lo vamos a pagar, Sr. Bellete. Que después de bajar hay que subir".
Media sonrisa y a seguir caminando. Cruzamos un puente sombrío -la mañana era bastante fresca- y, justo después, empezamos a subir. Y no dejamos de hacerlo en todo el día. Andarines que somos por nuestro entorno natural, cuesta arriba damos nuestro verdadero rendimiento. Desde el mismo momento en que se empinó el camino, empezamos a remontar peregrinos y no lo dejamos de hacer en todo el día. Ni uno solo fue capaz de darnos alcance, mantener nuestro ritmo y pasarnos. Y mira que vimos. Desde las ocho y media no paramos de juntarnos y pasar grupos de caminantes. Aparecían de cualquier lado. Incluso encontramos unos cuantos que salían de un chamizo abandonado y medio derruido.
¿Brotarán del camino?
Pasada la primera hora y media ya habiamos subido nuestro primer monte, el Alto do Vento. Y yo que pensaba que no subiríamos tantas cuestas este año...
Llaneando después del alto y bajando ligeramente seguimos cogiendo peregrinos. Uno se nos resistía. Lo teníamos allí, a ochenta metros, pero no lo echábamos mano. En una pedanía se detuvo a beber agua y logramos adelantarle. Nos saludamos. Como hacen los buenos peregrinos. No era español. Parecía francés. Gracias a su sed llegamos antes al bar y pudimos tomarnos los dós últimos zumos de naranja naturales.
Fueron providenciales.
A los pocos minutos entramos en un bosquete que empezó a cerrarse hasta convertirse en pinar.
Y el camino se empinó y empinó. Como en la Cruz de la Gallega. Como en la maldita Costinha de Canedo de infausto recuerdo. En la primera gran rampa adelantamos a unos quince peregrinos. Los chicos, tumbados a la sombra, bebiendo agua a raudales. Las chicas, buscando un espacio apropiado para un buen campo de minas humanas.
"Señorito Juárez, aquí dejamos las tripas".
Y empezamos a subir el maldito alto del Mar de Ovellas. ¡Qué cachondos estos gallegos con los nombres! ¿El mar de ovellas? ¿Dónde están las ovellas? Ni una solo vimos. Claro, que sólo habría faltado eso. Tener que cruzar un rebaño de ovellas o que nos hubiera amurcado un carneiro o los perrazos del pastor...
El camino se hizo eterno. Cuesta tras cuesta, sin descanso. De vez en cuando, un banco. Una curva adoquinada. Y más cuesta. Y hacia arriba. En un banco nos sentamos para
tomar un poco de agua y recuperar el resuello. Miré nuestro mapa del camino.
tomar un poco de agua y recuperar el resuello. Miré nuestro mapa del camino.En la cima había una fuente.
Apretamos el paso para poder coger agua fresca. Salimos del camino de tierra cubierto por los árboles a una pista asfaltada. "Ya queda poco, Sr. Bellette. Está claro que por la pista caminaremos muy poco".
¡Ay, que ignorante soy!
Otro kilómetro y medio hasta que se apaciguó el monte. Llegamos a la fuente. Muy bonita. Con una guarda de piedra y un bosquete dando sombra.
Y más seca que el ojo de la Inés.
Iniciamos el descenso empapados en sudor. Era la segunda caladura del día.
"Mucha cuesta y mucho sudor, Sr. Bellette. Espero que no sea la tónica del día".
En fin, cuanta ignorancia, Señorito Juárez.
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