

Igual que subimos el monte Facho lo bajamos. Azotados por la lluvia. Ora de frente, ora de espaldas. Ora en todo el careto. Ora en el costillar...
"Hasta que no llegemos a Lires, no para, que te lo digo yo". Y es que el Sr. Bellette, cuando tiene razón es que tiene razón.
Caminamos un tanto despreocupados, a pesar de la lluvia, después del ataque de risa de la cima del monte. Aún tardamos en llegar a nuestro destino, Lires, al menos una hora y un poco. En nuestra mente sólo era un nombre. Bueno, miento. En realidad era un deseo de ducha caliente y ropa seca. Y zapatos secos. Y calcetines secos. Y calzoncillos secos.
Entramos en Lires por el camino del viejo puente de las piedras pasaderas, ahora renovado por un puente moderno construido con dinero del inservible plan E. Al menos aquí, aunque no solucionó el problema del paro, sí sirvió para que los peregrinos no se mojaran los pies al cruzar el río.
Nuestro primer objetivo fue el hostal As Eiras, cuyos carteles llevábamos viendo y anhelando desde hacía más de dos horas. Como el día había sido de penitencia, no tenían habitaciones libres. Claro, que el chico de la barra se apiadó de dos bacalaos mojados y nos mandó a una casa rural llamada Casa Lourido.
Fue entonces que sentí que cambiaba la suerte. Bajamos hasta el cruceiro y seguimos un poco más hasta llegar a la preciosa casita Lourido. Blanca y grande, con un verde jardín y un porche estupendo. Entramos con nuestras mochilas y esos miles de litros de agua pegados al cuerpo. Nos recibió la encantadora Sra. Lucía que rápidamente nos llevó a nuestra habitación, la nº 14. Cogió la ropa mojada y la llevó a secar. Mientras, el Sr. Bellette después y un servidor antes, nos quitamos el agua, el cansancio y la mala suerte en la pequeña, cálida y grata ducha de la Casa Lourido.
Mientras el Sr. Bellette se duchaba miré por la ventana. Ya no llovía.
La madre de la Sra. Lucía, Doña María, nos recibió en el salón y recomendó ir hasta la playa. "Un kilómetro nada más", nos dijo. La hicimos caso. Y fue como revivir. El mar inmenso de Lires nos agasajó con un atardecer maravilloso, viendo como la ría ganaba terreno a la marea en retirada. Y todo lo hicimos desde la terraza del bar Playa. En Lires. En el Paraiso de Lires. Comiendo unos mejillones asombrosos. Y un pulpo sin igual. Y los pimientos de rigor. Y el Viña Costeira de mi corazón.
Volvimos de noche a la Casa Lourido. Volvimos para dormir. Que no se duerme mejor que cuando uno se lo ha ganado. Y uno se lo gana yendo primero del infierno al purgatorio. Y del purgatorio a la Casa Lourido en Lires. Al bar Playa. A la enorme playa de Nemiña. Al paraiso. En la Costa da Morte. En Galicia. En España.
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