


El óxido nitroso que en forma de aguardiente nos habían regalado en O Argentino se nos empezó a terminar a eso de las seis o las seis y media de la tarde. Justo nos dio para llegar a Quintans. Estábamos a escasos cinco kilómetros del mar, pero las piernas ya no daban más. Hicimos noche en el hostal Plaza de Quintans. Como no había habitación para compartir, hubimos de dormir cada uno en una enorme cama de de matrimonio. ¡Qué se le iba a hacer! Estas son las cosas del camino...
Antes de dormir nos regalamos una agradable cena: tortillón de patata y carne guisada con unas pequeñas y riquísimas patatas, coronada por un tiramisú. Después de cuarenta kilómetros y una buena cena, dormir fue el colofón perfecto.
Dejamos el hostal de Quintans a eso de las ocho y media de la mañana con el chasquido de las moscas muriendo en la trampa eléctrica en nuestros oídos. Por delante de nosotros, a escasos doscientos metros, pronto vimos a nuestra amiga italiana, aquella de Vilacerio, comiendo camino como una valiente. Debía haber salido desde el albergue de Dumbría a eso de las cuatro o las cinco de la mañana. Indudablemente, su destino era Muxía.
Seguimos su caminar por bosques y laderas, a través de parroquias ínfimas y bellas iglesias románicas de vieja y carcomida piedra gris.
A eso de las diez o las diez y media, después de coronar la enésima cuesta, tras un giro a la derecha del camino a través de un pinar, dimos con el mar por primera vez en aquel camino.
¡El mar, Sr. Bellette! ¡El mar!
De allí nos dejamos caer por la cuesta con los ojos prendidos en el océano.
¿Qué tendrá esa visión que siempre me domina?
Llegar andando hasta el mar, hasta el fin de la tierra, el sueño del peregrino. Allí al frente estaba la ría de Camariñas, enorme y esplendida. Repleta de barcos pesqueros y pueblecitos dispersos, como en toda Galicia, pero junto al mar.
Alcanzamos Os Muiños bien descansados. Subimos la cuesta que nos regalaba el camino hasta llegar al cruceiro de la iglesia. En ese momento empezó a llover.
¡La lluvia, Sr. Bellette!
Parece que nunca podemos escapar a ella. Fría, continua, inmisericorde. Nos mojó sin descanso durante los siguientes cuatro kilómetros. Casi no disfrutamos al llegar a la playa de Muxía. Cruzamos el arenal como una sopa, mojados hasta los higadillos. Uno suele disfrutar al caminar por las playas, me encantan que sean largas e interminables. Sin embargo, cruzar aquella playa bajo la lluvia se me hizo interminable. Dimos con nuestros huesos empapados en un hotel frente a la playa. La italiana cogió la enorme cuesta que remontaba la colina que conducía al albergue de Muxía. Mentalmente la despedimos y nos sentamos en el bar de aquel hotel para secarnos un poco.
¡Secarnos un poco! ¡Viva la ironía!
Mientras degustábamos nuestro habitual zumo de naranja, miraba yo melancólico por la ventana el caer de la lluvia sobre el mar. Nada más placentero si no tienes que salir a caminar.
"Relájate, Señorito Juárez", me dijo el Sr. Bellette, "tarde o temprano amainará, amigo".
Tarde o temprano. Nada dijo de secarnos.
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