




Renovados por nuestro merecido descanso en Lires, iniciamos la última etapa de nuestra aventura. A través de los campos, perseguidos por el maravilloso olor estiercol fresco, fuimos recorriendo pequeñas parroquias, casi siempre cuesta arriba: de Canosa a Padrís; de Padrís a Castreixe.
Saliendo de éste último nos regaló el camino la última de las cuestas espantosas. Interminable, continua. El Sr. Bellette y un servidor, cansados de bufar nos detuvimos para que un buen trago de agua fresca nos repusiera. Allí arríba, sobre la colina, la vista era increible. El mar rompía sobre los farallones que abrían la ensenada de la pequeña playa del Rostro. La espuma acariciaba las rocas y, aunque no nos llegaba, hacía que el nuestra mente imaginara ese frescor. Con eso bastaba. Media vuelta y al camino.
Más allá de Rial rompimos otra pendiente y salimos del bosque. Allí al final del camino se abría el cabo de Finisterre. Una mirada complice y a apretar el camino.
Ya podía sentir el olor del mar y el final de camino en mi pies. En esos últimos pasos tuvimos varios encuentros y rencuentros. Dos paisanos que habíamos encontrado dos días antes y compartido diez minutos de zumo de naranja nos agasajaron con un buen consejo. "Allí arriba, tras la loma, hay un melocotonero alucinante", nos dijo el mayor de los dos. Un saludo, chocar de manos y a seguir el camino. Con la boca hecha agua nos acercamos al melocotonero. Sí que resultó ser imponente, como los dos perros que tenía aquel paisano que descansaba junto al arbol.
Saliendo del bosque, a escasos cuatro kilómetros de Finisterre dimos con una pareja de segovianos de Cerezo de Arriba. "Espero que no haya muchas cuestas hasta Muxia". Una sonrisa y un hasta luego, que buen camino os espera. Cuesta arriba y cuesta abajo.
La charla con el segoviano fue muy divertida. Tanto, que perdimos el camino. Por primera vez. Bueno, en realidad, lo habíamos perdido durante cincuenta metros en A Pena, días antes, porque un cretino había pintado una flecha en dirección equivocada. Lo cierto es que aquella flecha era naranja, pero ya habiamos visto flechas de multitud de colores: amarillas, rojas, blancas... No nos extraño. Gracias a aquel abuelo que nos encaminó. Esta vez fue distinto. Lo perdimos de verdad. La suerte fue que teniamos Finisterre a la vista. Tras un pequeño rodeo de un kilómetro volvimos al redil. Nos encontrábamos en las afuera de San Martiño de Duio. Allí vimos nuestro anteúltimo cruceiro y una concurrida misa en la iglesia de San Martiño, con el mar al fondo y el cementerio de proscenium. Los cánticos de los fieles nos empujaron cuesta abajo hacia las calles de Finisterre.
Ahora sí que íbamos rápido. Bordeando la hermosa playa de Langosteira nos detuvimos en el cruceiro de Finisterre. El último. De allí al albergue. Cerrado hasta las 13:00. Pues a la terraza del Galeón. Un par de vinos con boquerones en vinagre mirando al puerto, viendo como los barcos se balanceaban atracados. A las 13:00 en punto, al albergue. Una cola de peregrinos sudorosos y felices. Es la mejor de todas las colas. Todos encantados de llegar. Me recordó al día de la Compostela. Allí estaba la italiana. Y nuestro amigo Frédèric.
Al fin llegamos al mostrador. "Eduardo Juárez, enhorabuena, has terminado el Camino". "Juan José Bellette, enhorabuena, has terminado el Camino".
¿Qué decir? La gloria, por fin. De allí nos fuimos al restaurante Fin do Camiño. A por la parrillada de pescados. A por las navajas. Y a por los percebes benditos de Dios.
"Al año que viene, señorito Juárez, de Hendaya hasta Bilbao y que nos proteja el Santo".
Amén Sr. Bellette, amén.
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