domingo, 17 de octubre de 2010

De Taboada a Silleda, por la ruta del bosque medieval
















Descansadas y un tanto dormidas las piernas, cogimos nuestras pertenencias y abandonamos a nuestros amigos zamoranos en A Laxe. Salimos a la derecha del albergue, dirección a Silleda. Unos diez kilómetros, nos dijo Victoria. Seis con cuatro marcaba el cartel al cruzar la nacional 525.

¿A quién creer?

Sin duda, a Victoria.
Tomamos el camino del bosque, directos al río. A la media hora estábamos rodeados por la foresta, asedados por la cadencia del río y la fresca brisa vespertina. El aroma de los eucaliptos y de los pinos resecándose bajo el empuje del aún cálido sol de octubre nos llenó las fosas nasales, alegrándonos el camino y sacando el pesar y el cansancio de nuestra mente.

Un alto en el camino, en la iglesia de Santa María de Taboada. Un trago de agua, una palmada al pequeño Santiago y de nuevo a la senda de Silleda.

Dos viaductos enfrentados jalonaron nuestro camino hasta llegar al hermoso y bucólico puente romano de Taboada. Hermoso en su sencillez. Bucólico en su presencia. Los cruzamos encantados, sintiéndonos transportados a otra época. Lejos de las responsabilidades. De horarios y problemas.

Libres.

Lástima que la estela del puente sea ilegible, ajada por los vetustos líquenes y el anciano musgo gallego. Del puente a Silleda, un paseo. Un suspiro. Cuesta arriba. Cuesta abajo. Al atardecer, tomamos las calles de Silleda, directos al hotel Ramos. Céntrico. Sencillo. Moderno. De allí, al restaurante Ricardo. Directos a sus navajas a la plancha, a su queso al horno. Y a su increíble tarta de queso. La mejor que nunca probamos. Todo regado con el glorioso albariño. ¡Qué caldo, por Dios!

Doce horas de descanso y listos para cubrir la segunda mitad del camino. La que nos llevaría directos a Santiago.

No sabría cómo explicarlo, pero, desde ese día, sentí que todo el camino era ya cuesta abajo.

Claro que sólo fue una sensación. Maldito albariño...

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