




Dejar el Hotel Ramos, descansados y optimistas, con un cielo tan azul que hacía daño mirarlo, nos hizo olvidarnos de la piedra de a diez en que se habían convertido nuestras malditas mochilas.
¡Qué tortura, por Dios!
Salimos pletóricos, con espíritu homérico, hacia nuestro objetivo: Puente Ulla. El camino se convirtió rápidamente en una sucesión de aldeas y pedanías, de rocosas y grises ermitas y colegiatas silenciadas por la paz de la mañana, por la paz del olvido. Junto a sus oscuros muros despachamos alguna que otra manzana descarriada -Qué mejor lugar para redimirse que mi estómago- y un glorioso racimo de uvas tintas, dulces, un punto acarameladas y con un regusto astringente.
¡Qué tentación para dos pecadores en peregrinación!
A media mañana entramos en un tupido bosque de eucaliptos cruzado por pistas de blanca y suave arenilla, de cómodo tranco y delicioso paseo. Con la tripa llena y la boca rebosante de sensaciones maravillosas, pasamos un par de horas pensando en lo mucho que íbamos a comer y beber en el pueblo de Oca, objetivo deseado desde el desayuno frugal. Desgraciadamente, como nos pasara con Santo Domingo, o bien no interpretamos el mapa correctamente o bien el camino se desvía en ese punto por razones desconocidas.
O bien las uvas, tan a la sazón estaban que habían fermentado, regándonos los entresijos antes de tiempo y nublándonos nuestras cansadas vistas.
No, si tendrá razón mi amigo Juan. La mejor uva, prensada, fermentada y en botella.
Cuando nos quisimos dar cuenta, habíamos llegado a un pueblecito llamado O Seixo. Sentados en su taberna, nos preguntábamos el porqué de nuestra pérdida, hasta que vimos una botella de Rectoral de Amandi.
Mal asunto.
Nazareno tenue tiene la capa esta tentación, de profundo sabor, gran cuerpo y profundidad retronasal. Tantos matices tiene que bien valían las diez leguas caminadas por tomar una copita de tan enorme caldo. Si, además, los administraba Chelo, la tabernera, con lascas de lacón y queso de tetilla de su tienda de ultramarinos -pues la mitad de la taberna lo era-, menudo premio nos llevamos.
Cuarenta minutos y una botella de Amandi nos demoramos en O Seixo. Desde allí, barranco abajo, hasta Puente Ulla fue un dulce caminar, embriagados por las excelencia de los caldos gallegos y de sus viandas, pensando en nuestra siguiente estación de poético nombre:
O Churrasco de Juanito.
Sin comentarios.
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