



Llegar a Puente Ulla y buscar el O Churrasco de Juanito como almas que el diablo lleva. Sobre el puente viejo, en la angostura de éste, se halla el restaurante y casa de huéspedes. Dos Amandi más y a pensar en la comida.
Aquí sólo se come churrasco o chuletón dijo la paisana.
Pues qué bien.
Un par de chuletones, señora, dijo Juan.
Una botella de Amandi, dije yo.
Mano a mano, como en aquella pélícula de Gary Cooper, dimos cuenta de nuestros enemigos de aspecto enorme y acongojante. Ayudados por el vino y el cansancio de la extenuante bajada -descendimos más de doscientos metros verticales en poco más de seiscientos metros- salimos victoriosos de la batalla del O Churrasco de Juanito.
Una tarta de queso y una buena siesta en la estupenda habitación, la primera desde que emprendimos el camino, nos permitieron dar un paseo por el pueblo. Nos acercamos al viejo viaducto, de pavoroso precipicio, flanqueado por un gigantesco puente en construcción blanco y azul, de esos que le gustan al tren de alta velocidad. Sentados allí vimos pasar el talgo de Madrid, pitando y furioso como los viejos trenes a la salida de un tunel. También contemplamos cómo el primer amor apretaba a los adolescentes contra la valla de aquel averno verde.
De vuelta al pueblo nos fuimos a buscar la cena en un hostal llamado O Cruceiro. Allí no había cruz alguna. Al menos, yo no la recuerdo. Sí que había ribeiro y albariño. Y pulpo con almejas. Y mucho sueño.
Camino de la mullida cama del O Churrasco de Juanito iba yo cabilando con los ojos medio cerrados.
Mañana comemos en Santiago...
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