

Ubicados en el onfalos que es Santiago, siguiendo el plan trazado por el Sr. Bellette, analizamos las posibilidades que teníamos. Para entrar en la catedral había una cola descomunal de más de cien metros y una anchura de a ocho.
A otra cosa.
Cruzamos la plaza de Platerías, repleta hasta lo impensable y nos acercamos a la plaza de de la Concepción, allí donde se encuentra la Puerta Santa. Aquí la cola era ya de risa. Después de recabar información del policía que custodiaba el acceso, la decisión fue clara. 

Mañana volvemos.
Sin poder entrar en la catedral ni dar el abrazo al Santo, nos acercamos a la Oficina de Atención al Peregrino. Miré el reloj de mi movil. Las 13:30. Nadie a la vista. Apenas treinta personas.
Increíble.
Sin dudarlo, nos pusimos a la cola, en el nacimiento de la escalera. Casualidad o no, allí nos juntamos todos los que habíamos coincidido en Cea. Victor y Eusebio Gómez. Los chicos de Malaga. Juan Bellette y un servidor. Y Ana Rosa Quintana. Todos con la mochila clavada en la chepa. Ana Rosa Quintana, no. Todos jadeando cada escalón que subíamos. Ana Rosa Quintana, no. Todos encantados de llegar al mostrador, de recibir la Compostela. Ana Rosa Quintana, también.
¿Qué ha motivado su peregrinación?
Me sorprendió la preguntita. Pero, ¿qué quieres que te diga? ¿A qué viene uno a Santiago caminando a través de la lluvía, el viento y los kilómetros interminables? ¿Acaso importa?
Debería haber sellado dos veces cada día. La próxima vez que haga el camino, recuérdelo.
Tiene razón. La próxima vez que haga el camino, recordaré no acercarme a hablar con esta individua.
Un par de euros después, nos hallábamos en el portal de acceso a la oficina, ante un monumental montón de cachabas abandonados al final del camino, con nuestra querida y deseada Compostela.
Dominus Eduardum Juárez Valero.
En eso me había convertido el camino. Dominus.
Desistiendo del resto de objetivos del peregrino, marchamos a nuestro hotel, Rey Fernando, en la calle homónima, a dejar de una vez nuestras mochilas. De allí, al restaurante La Codorniz. A por un pote gallego y nuestro primer pulpo a feira. Descanso vespertino y al spa.
Menudo acierto.
Relajados los músculos, nos fuimos a pasear por la ciudad. A comprar lotería a Toñi -espero que toque, pues vaya colita...- y a prepararnos para cenar. En casa Camilo. Navajas a la plancha que parecían culebras. Y pulpo a feira. Y rape a la gallega.
Y de postre una mousse de muerte.
Y a dormir.
Mañana, a por la Puerta Santa. Y a misa.
Y a casa, que ya iba siendo hora.
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