domingo, 24 de octubre de 2010

En el umbilicus mundi




Roto ya el cansancio y la desesperación del camino que no acaba, olvidados los pesares, los dolores, las preocupaciones, con las torres de la catedral a la vista, nos dejamos ir, felices de llegar a nuestro objetivo.




Cayendo cuesta arriba, que diría Juan Bellette, nos lanzamos hacia Santiago de Compostela. Como no veníamos por el camino francés, ni por el de la costa, ni por el primitivo, sino que alcanzábamos la tumba del Santo por el viejo camino mozárabe, por la Vía de la Plata, nos tocaba entrar en la ciudad cruzando el vetusto puente sobre el río Sar.



Desde luego, el puente era viejo, con ese regusto medieval que no nos había abandonado durante toda la peregrinación. El río Sar, sin embargo, era humilde y poco imponente, como llega la voluntad del peregrino a ese punto. Nada que ver con el enorme y caudaloso Miño que cruzamos en Orense, ni con el rocoso y violento Deza, que nos atemorizó mientras cruzábamos uno de sus multiples viaductos bajo la lluvia; ni con el espeluznante Ulla, encajonado en la garganta, sujeto por roca y viento.


Nada de eso. El Sar nos recibía con humildad. Con sencillez. Y con un regalo envenado: una cuesta de mírame y no me toques. Llegar al puente y darme la risa.


¡Otra cuesta! ¡Y qué cuesta! Doscientos cincuenta metros que me recordaron a la funesta y detestable Costiña do Canedo.


En fin, apretamos los dientes, nos sujetamos la mochila y, arañando el suelo con los bastones, tiramos hacia la cima, hacia el final del camino. Siguiendo culos, como nos había aconsejado el alberguero del Orense -¡Ay, traidor, el día que te pille...!- remontamos el repecho adelantando a cuantos peregrinos nos encontramos. Y fueron unos cuantos.


Coronada la cuesta, el galimatías de calles, semáforos, policía urbana y, sobre todo, gente, gente y más gente, nos desconcertó ligeramente. Estábamos acostrubrados a la soledad. Y a las conchas doradas. Y a las flechas amarillas. Allí no había de eso. Ni flechas, ni conchas. Con gran dificultad y soportando la espera de los insoportables semáforos de la plaza de Galicia, llegamos al entramado de callejuelas y casas bajas de piedra, de soportales, tiendas y restaurantes. De gente en muchedumbre, apelotonada e inmóvil.


Dos calles, tres aglomeraciones y cuatro maldiciones por algún que otro obstáculo impertinente y alcanzamos la primera plaza, la de Platerías. Tan llena de gente que apenas se veía el suelo. Caminar, un suplicio. Perdidos y abotargados, navegamos sin rumbo fijo hasta llegar a la plaza del Obradoiro.


Allí sí nos paramos. Nos miramos y sonreímos plenos de felicidad. Habíamos llegado. Con la sonrisa permanente, comtemplamos aquel maravilloso lugar. Quise arrodillarme y besar el suelo, pero desistí. Demasiados policías como para hacer cosas raras y, ¿por qué no decirlo?, si me agachaba no me levantaba ni una de las grúas Valladolid.

Caminando ya sin prisa, Juan sentenció:


Compostela, abrazo al Santo, misa del peregrino y a casa.


Amén.

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