

Salir de Piñeiro con la panza llena y encontrar otra cuesta. Otra cuesta, y van...
¡Qué desesperación!
Al menos la compungida niebla había desaparecido, dejando paso a ese cielo tan azul que haría parecer el mundo al revés en Fisterra. Las cuestas, a pesar del glorioso techo, no nos daban descanso. En la enésima de éstas, adelantamos a un padre y su hija, peregrinos enfadados y displicentes. Era la segunda vez que les veíamos. Ellos se sorprendieron al vernos por detrás, como si de un incómodo deja vù nos tratásemos. No comprendían en nuestra sonrisa los efluvios del ribeiro.
Y el chorizo en la panza. ¿O era el queso? ¿O las dos cosas?
Dejando atrás los problemas, apretamos el paso de un modo inconsciente, olvidándonos de los increíbles pazos, evocadoras aldeas y espeluznantes perros salvajes atados a roñosas cadenas, devorábamos kilómetros, cuestas, pistas de negra gravilla, de tierra infame, bosquecillos, islas verdes rodeadas de asfalto, cruces deprimentes, la maldita 525...
Algo presagiaba nuestro instinto. Algo nos hacía caminar sin hablar, esperando que tras la siguiente loma, la próxima esquina, el penúltimo pazo, el camino nos deslumbrara. Saliendo de un hermoso callejón emparrado y cubierto de rojas, preciosas y gelatinosas uvas, comprendí porqué caminábamos. Porqué seguíamos bajo la lluvia, a través de la niebla, por encima de los dolores, sobre las ampollas, rompiendo con el sueño y el hambre, y la maldita sed. Caminábamos para alcanzar ese lugar, esa esquina, esa loma, esa cuesta. Perseguíamos justo ese instante en que las dos torres, asomando entre los jirones de nubes, nos anunciaban el final del camino. Allí entendimos la felicidad del peregrino. Sentimos el regocijo inmemorial, intemporal, eterno del que encuentra su destino. Nos miramos y sonreímos libremente. Sin miedo. Sin cansancio. Plenos de felicidad.
Eramos peregrinos en Tierra Santa.
¿Hay mayor felicidad en la vida?
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