jueves, 14 de octubre de 2010

De Cima da Costa hasta San Cristovo de Cea: a través del bosque viejo de Tolkien




Abandonados dos litros de sudor en la Cima da Costa, rompimos a caminar, después de afanar unas maravillosas y dulces uvas, buscando el famoso pueblo de San Cristovo de Cea. Las nubes se asomaban un tanto amenazadoras, pero la conversación de Juan y el incomparable paisaje me hizo olvidarme del miedo terrible que un servidor tenía a los temporales gallegos.



Cuando me quise dar cuenta, me encontraba en medio de un cerrado bosque, a pocos kilómetros de Mandrás, viejo, decrépito y húmedo. Los robles se retuercen en aquella umbría y reptan sobre los muros de piedras, comidas éstas por un denso y nunca visto musgo. Era tan verde el entorno que piedra y tronco, rama y suelo, se fundían en un mar de verdor intenso. En un momento me vi acompañando a Frodo Bolsón, Merry, Pippin y Samsagaz Gamyi corriendo tras los pasos de Tom Bombadil. Incluso los trinos fugaces me recordaron las canciones de la cuaderna del oeste.


¡Lastima de quince años y una espada hecha en el oeste!

Salimos del ensoñamiento tolkieniano llegando al hermoso puente de Mandrás. Cruzamos la solitaria aldea, fruto de un paisaje de Turner, y marchamos a toda prisa, la lluvia apremiaba, hasta San Cristovo de Cea, persiguiendo el aroma en la distancia de sus maravillosos fornos de pan, el mejor de toda Galicia. De toda España. ¿A que sí, Juan?

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