miércoles, 13 de octubre de 2010

Persiguiendo Compostela por el camino mozárabe



Con mi amigo Juan Bellette, partí del albergue de pregrinos de Orense, en plena noche, casi como fugitivos, buscando nuestra primera concha, nuestra primera flecha amarilla, nuestra primera cuesta, nuestra primera ampolla.

A pesar de las predicciones, marchamos con calor y estrellas rotas por algún jirón de nube, heraldo de alguna que otra tempestad.
Albergue hermoso, por cierto, este de Orense, antigua capilla de la orden tercera de San Francisco y próximo al cementerio de los monjes. Curiosa metáfora, partir del campo santo al campo de las estrellas...
Allí pernoctamos con otros veintiocho peregrinos, mojados, exhaustos y, sin embargo, optimistas e ilusionados, a pesar de las horribles cicatrices del camino que la mayoría curaban en el momento de nuestra partida. Hacia las siete de la mañana de la primera jornada marchamos directos al increíble puente romano de Orense para buscar la piedra esculpida por Nicanor Carballo. La maldita piedra -nos costo Dios y ayuda encontrarla- nos dio dos opciones de camino: la ruta del este o la oeste. "La del este es más larga y la cuesta continúa durante más kilómetros -aseguraba el alberguero de Orense-; pero la del oeste, después de doscientos metros de dura subida, te regala un camino de falso llano hasta San Cristovo de Cea".
Pregunté a Juan con la mirada. No hizo falta respuesta:
la cuesta gorda y el llaneo placentero.
Después de todo, ninguna cuesta podía asustar a uno de La Granja, donde las subidas revientan a las caballerías.

Craso error.

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