viernes, 15 de octubre de 2010

Descansando en Cea, donde se inventó el pan











Ya mojados y cansados del camino, alcanzamos el albergue de San Cristovo de Cea. Un lugar hermoso y pequeño, flanqueado su acceso por un típico hórreo. Liberados del insufrible peso de nuestras mochilas, aconsejados por un paisano, marchamos a la tasca del pueblo, bar El Ferrol. Ninguno olvidaremos el chorizo y el queso del que dimos cuenta, ni de nuestros dos primeros chatos de maravilloso, afrutado y juvenil ribeiro.

Bien satisfechos y un punto alegres, marchamos a comer a la panadería Pintarolo. Potaje, chuletón de cerdo, mebrillo negrísimo con queso y una botella de atercipelado ribeiro alegraron nuestro encuentro con los chicos de Málaga y con Eusebio y Víctor L. Gómez, padre e hijo, que venían caminando desde la puerta de su casa, allá en Zamora. También apareció la pandilla de alicantinos que habíamos conocido en el albergue de Orense. No estoy muy seguro, pero la mayoría tomamos aquel potaje, más bien collage, compuesto de zanahorias, patatas, jamón, chorizo, macarrones y mucho más.

Ya entrada la tarde, con el aguacero encima, partimos camino de O Reino, buscando el hostal Ateneo. Olvidándonos de alcanzar el maravilloso monasterio de Oseira, a duras penas llegamos al hostal, rotos por la lluvia y el viento, sin cobijo y siempre cuesta arriba. A las cinco y media, bien empapados, entrábamos en el Ateneo. Víctor y Eusebio nos esperaban allí. Y el ribeiro. Y los chipirones a la plancha. Y un buen trozo de pez espada. Y la cama caliente. Por Dios, la cama caliente. Y seca.

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