sábado, 16 de octubre de 2010

Descansando en A Laxe











Una mañana infernal, de cabeza gacha y ceño fruncido, de dolores generalizados y esperanzas rotas, nos llevó hasta el maravilloso albergue de A Laxe, en las afueras de Lalín. Pueblo enorme éste, de bajada interminable y disperso como una mañana después de navidad. Cuando vi la señal del albergue di gracias a todo lo imaginable. Ya me sentía perdido, como al iniciarse la mañana, buscando como estultes durante tres kilómetros el pueblo de Santo Domingo, sin darnos cuenta de que tal cosa no existía, que Santo Domingo era el nombre de unas lomas más allá de Dozón.

Afortunadamente todo pasa, hasta lo malo. El albergue lo encontramos vacío. Victoria, la responsable de éste, nos recomendó varios lugares para comer. Decidimos ir a Onde Antonio, junto a la gasolinera, y dar cuenta de unas lentejas y unos trocitos deliciosos de ternera con patatas.

Con las piernas hechas cisco, volvimos al albergue y nos encontramos de nuevo con Eusebio y Víctor L. Gómez. Descansamos y charlamos con ellos y con unos peregrinos americanos del estado norteño de Washington.

Me dio pena dejar aquel remanso de tranquilidad y reposo. El camino nos esperaba. Más agujetas y dolores. Más piedra que recorrer, puentes que cruzar. Ríos que oler. Manzanas que comer. Allí, al final de un sendero verde y fresco en una tarde calurosa, nos esperaba Silleda.
Cada día más cerca. Cada día más cerca, cada día más próximos al final.

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