Mostrando entradas con la etiqueta O Churrasco de Juanito. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta O Churrasco de Juanito. Mostrar todas las entradas

lunes, 18 de octubre de 2010

Asomados al barranco del Ulla











Llegar a Puente Ulla y buscar el O Churrasco de Juanito como almas que el diablo lleva. Sobre el puente viejo, en la angostura de éste, se halla el restaurante y casa de huéspedes. Dos Amandi más y a pensar en la comida.
Aquí sólo se come churrasco o chuletón dijo la paisana.

Pues qué bien.

Un par de chuletones, señora, dijo Juan.

Una botella de Amandi, dije yo.

Mano a mano, como en aquella pélícula de Gary Cooper, dimos cuenta de nuestros enemigos de aspecto enorme y acongojante. Ayudados por el vino y el cansancio de la extenuante bajada -descendimos más de doscientos metros verticales en poco más de seiscientos metros- salimos victoriosos de la batalla del O Churrasco de Juanito.

Una tarta de queso y una buena siesta en la estupenda habitación, la primera desde que emprendimos el camino, nos permitieron dar un paseo por el pueblo. Nos acercamos al viejo viaducto, de pavoroso precipicio, flanqueado por un gigantesco puente en construcción blanco y azul, de esos que le gustan al tren de alta velocidad. Sentados allí vimos pasar el talgo de Madrid, pitando y furioso como los viejos trenes a la salida de un tunel. También contemplamos cómo el primer amor apretaba a los adolescentes contra la valla de aquel averno verde.

De vuelta al pueblo nos fuimos a buscar la cena en un hostal llamado O Cruceiro. Allí no había cruz alguna. Al menos, yo no la recuerdo. Sí que había ribeiro y albariño. Y pulpo con almejas. Y mucho sueño.

Camino de la mullida cama del O Churrasco de Juanito iba yo cabilando con los ojos medio cerrados.

Mañana comemos en Santiago...

Camino de Puente Ulla, por la ruta de la uva Mencía
















Dejar el Hotel Ramos, descansados y optimistas, con un cielo tan azul que hacía daño mirarlo, nos hizo olvidarnos de la piedra de a diez en que se habían convertido nuestras malditas mochilas.

¡Qué tortura, por Dios!

Salimos pletóricos, con espíritu homérico, hacia nuestro objetivo: Puente Ulla. El camino se convirtió rápidamente en una sucesión de aldeas y pedanías, de rocosas y grises ermitas y colegiatas silenciadas por la paz de la mañana, por la paz del olvido. Junto a sus oscuros muros despachamos alguna que otra manzana descarriada -Qué mejor lugar para redimirse que mi estómago- y un glorioso racimo de uvas tintas, dulces, un punto acarameladas y con un regusto astringente.

¡Qué tentación para dos pecadores en peregrinación!


A media mañana entramos en un tupido bosque de eucaliptos cruzado por pistas de blanca y suave arenilla, de cómodo tranco y delicioso paseo. Con la tripa llena y la boca rebosante de sensaciones maravillosas, pasamos un par de horas pensando en lo mucho que íbamos a comer y beber en el pueblo de Oca, objetivo deseado desde el desayuno frugal. Desgraciadamente, como nos pasara con Santo Domingo, o bien no interpretamos el mapa correctamente o bien el camino se desvía en ese punto por razones desconocidas.

O bien las uvas, tan a la sazón estaban que habían fermentado, regándonos los entresijos antes de tiempo y nublándonos nuestras cansadas vistas.

No, si tendrá razón mi amigo Juan. La mejor uva, prensada, fermentada y en botella.

Cuando nos quisimos dar cuenta, habíamos llegado a un pueblecito llamado O Seixo. Sentados en su taberna, nos preguntábamos el porqué de nuestra pérdida, hasta que vimos una botella de Rectoral de Amandi.

Mal asunto.

Nazareno tenue tiene la capa esta tentación, de profundo sabor, gran cuerpo y profundidad retronasal. Tantos matices tiene que bien valían las diez leguas caminadas por tomar una copita de tan enorme caldo. Si, además, los administraba Chelo, la tabernera, con lascas de lacón y queso de tetilla de su tienda de ultramarinos -pues la mitad de la taberna lo era-, menudo premio nos llevamos.

Cuarenta minutos y una botella de Amandi nos demoramos en O Seixo. Desde allí, barranco abajo, hasta Puente Ulla fue un dulce caminar, embriagados por las excelencia de los caldos gallegos y de sus viandas, pensando en nuestra siguiente estación de poético nombre:

O Churrasco de Juanito.

Sin comentarios.