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miércoles, 20 de octubre de 2010

Robando uvas entre Outeiro y Piñeiro











Partimos de Puente Ulla como mineros en la alborada. Negro amanecer y caminos cerrados nos obligaron a estrenar nuestras luminarias. Con el frontal de Bellette a modo de cíclope iniciamos la subida a la primera de las mil cuestas que ascendimos aquella mañana. Al menos íbamos acompañados por dos chicas que, como nosotros, venían de Orense. Bien es cierto que llevaban alforjas livianas y deportivas.

Nosotros seguíamos como caracoles en zapatones.

Después de lo que me pareció un puerto del Tour de Francia, envueltos en una niebla llorona -más bien desconsoloda- tomamos las primeras calles de Outeiro, junto a la hermosa capilla de Santiaguiño y su fuente no apta para el consumo. Como no habíamos desayunado, preguntamos al operario de aquagest que manipulaba los caños. Nos indicó que en la parte baja del pueblo había dos restaurantes. Con las papilas gustativas listas para deglutir, nos lanzamos calle abajo. Abajo. Y bien abajo. Hasta llegar al primero de los restaurantes.

Cerrado.

Retomamos el camino hasta el segundo y... Cerrado.

Entre la rabia, el cabreo y el desconcierto, nos preguntábamos:

¿Habrá que preguntar por restaurantes abiertos?

Maldito operario. Cuando pasó me quedé con ganas de romperle el bastón en el pescuezo. Media hora perdida y un sube y baja de regalo.

Así que, sin desayuno, mojados y hambrientos, nos hallábamos de nuevo en el camino, junto al precioso albergue de Outeiro, ya metidos en otro de esos maravillosos bosques gallegos que confunden suelo y tronco, cielo y deseo.

Como las barritas energéticas sólo habían engañado la gana que arrastrábamos, nos vimos en la obligación de robar para comer.

¡Gracias, hermanos gallegos, por los emparrados!

Un enorme racimo de más de medio kilogramo me acompañó durante más de cuarenta minutos. Lo mismo que a Juan. Sólo se podía escuchar el ruido de nuestros pasos y el lanzamiento de pipos cadencioso, al ritmo del batir de las mandíbulas.

Calles, pistas, bosques, cuestas... A la altura de un hermoso cruceiro nos encontramos a uno de los grupos de peregrinos que habíamos conocido en Cea. No sabían si desayunar o caminar. ¡Bendita duda! Seguimos por cercados y paredones, emparrados enormes y elevados, donde ni siquiera podía alcanzar con el bastón -listos, los paisanos, ¿eh?-, aumentando nuestra ansia.

Menos mal que encontramos pronto una tasca en Piñeiro donde degustar ribeiro y queso. ¿O era ribeiro y chorizo? ¿O fueron las dos cosas?

lunes, 18 de octubre de 2010

Camino de Puente Ulla, por la ruta de la uva Mencía
















Dejar el Hotel Ramos, descansados y optimistas, con un cielo tan azul que hacía daño mirarlo, nos hizo olvidarnos de la piedra de a diez en que se habían convertido nuestras malditas mochilas.

¡Qué tortura, por Dios!

Salimos pletóricos, con espíritu homérico, hacia nuestro objetivo: Puente Ulla. El camino se convirtió rápidamente en una sucesión de aldeas y pedanías, de rocosas y grises ermitas y colegiatas silenciadas por la paz de la mañana, por la paz del olvido. Junto a sus oscuros muros despachamos alguna que otra manzana descarriada -Qué mejor lugar para redimirse que mi estómago- y un glorioso racimo de uvas tintas, dulces, un punto acarameladas y con un regusto astringente.

¡Qué tentación para dos pecadores en peregrinación!


A media mañana entramos en un tupido bosque de eucaliptos cruzado por pistas de blanca y suave arenilla, de cómodo tranco y delicioso paseo. Con la tripa llena y la boca rebosante de sensaciones maravillosas, pasamos un par de horas pensando en lo mucho que íbamos a comer y beber en el pueblo de Oca, objetivo deseado desde el desayuno frugal. Desgraciadamente, como nos pasara con Santo Domingo, o bien no interpretamos el mapa correctamente o bien el camino se desvía en ese punto por razones desconocidas.

O bien las uvas, tan a la sazón estaban que habían fermentado, regándonos los entresijos antes de tiempo y nublándonos nuestras cansadas vistas.

No, si tendrá razón mi amigo Juan. La mejor uva, prensada, fermentada y en botella.

Cuando nos quisimos dar cuenta, habíamos llegado a un pueblecito llamado O Seixo. Sentados en su taberna, nos preguntábamos el porqué de nuestra pérdida, hasta que vimos una botella de Rectoral de Amandi.

Mal asunto.

Nazareno tenue tiene la capa esta tentación, de profundo sabor, gran cuerpo y profundidad retronasal. Tantos matices tiene que bien valían las diez leguas caminadas por tomar una copita de tan enorme caldo. Si, además, los administraba Chelo, la tabernera, con lascas de lacón y queso de tetilla de su tienda de ultramarinos -pues la mitad de la taberna lo era-, menudo premio nos llevamos.

Cuarenta minutos y una botella de Amandi nos demoramos en O Seixo. Desde allí, barranco abajo, hasta Puente Ulla fue un dulce caminar, embriagados por las excelencia de los caldos gallegos y de sus viandas, pensando en nuestra siguiente estación de poético nombre:

O Churrasco de Juanito.

Sin comentarios.