(Artículo publicado en el Adelantado de Segovia, 21/01/2013)
Resulta que hace unas semanas, en mi trastear frecuente entre los legajos del Archivo Histórico Municipal del Real Sitio, encontré un documento de principios del siglo XX que me llamó poderosamente la atención. Se trataba de una lista de recompensas económicas que, bajo el título "Alimañas y Especies Dañinas", establecía un baremo según el animal que fuera entregado muerto en el Ayuntamiento del Real Sitio. Y entre la lista de especies dañinas se encontraban los lobos (diferenciando lobo, loba o lobezno), los zorros y las garduñas, todos ellos, afortunadamente, presentes en mayor o menor medida en nuestros queridos pinares de Valsaín.
Sorprendentemente, al final de la lista aparecía también recompensa económica por la caza del lince. Mi sorpresa fue mayúscula, pues nunca recogí noticia alguna de la presencia de tan afamado, escaso y preciado felino ibérico. Rápidamente me puse en manos de aquellos que conocen la fauna y el pinar: desde mi querido Juan Francisco Bellette, incansable caminador del pinar y guía perfecto, hasta Ramón Campoamor, gran defensor y divulgador de la naturaleza, todos coincidieron en que el entorno, en efecto, se prestaba a la presencia de linces en el Real Sitio. Especialmente la mata y robledal, durante siglos en litigio con el Ayuntamiento de Segovia.
Un servidor, que de imaginación va sobrado, en el momento me puse a fantasear con linces corriendo tras conejos y palomas por el Robledo; subidos a las encinas y rebollos de la falda de Matabueyes y mirándome fijamente mientras recojo setas de cardo con esos ojos tan profundos y aterradores que los felinos gastan.
Pero fue sólo un momento. Pronto volví a la realidad y la sensación que de paraíso perdido tengo siempre que recorro el pinar me conquistó una vez más. Y pasando por el vado de Oquendo, camino de la cuesta del arroyo de los dos Cañones con mi amigo el señor Bellette, recordé que ya no habría más linces; que el último oso fue abatido por una partida del Rey Habsburgo en los años setenta del siglo XVII; que apenas quedan dos o tres parejas de águilas imperiales en el pinar en recóndito y secreto lugar perfectamente protegido gracias al Centro de Montes de Valsaín y a Javier Donés, su director, debido a que, a finales de los años veinte del siglo pasado, un militar que descansaba durante el verano del Real Sitio tuvo la feliz idea de dar caza a cuántas águilas, halcones, alcotanes y azores pudo con la técnica del mochuelo, según atestigua la documentación y la prensa del momento, dejando la población de tan maravillosas aves bajo mínimos en nuestro querido paraíso perdido.
Por ello siento cada vez con mayor necesidad que la protección de nuestro privilegiado entorno natural es una responsabilidad que trasciende claramente a la política, que todo lo inunda y tergiversa, correspondiéndonos a nosotros su defensa. No me cabe en la cabeza que un paraje como el Real Sitio de San Ildefonso no haya sido declarado aún Reserva de la Biosfera; que su constatación como Parque Nacional se convierta en un debate sin sentido de hectáreas arriba y abajo olvidando que el objetivo real es la protección de un enclave simbiótico naturaleza-humanidad.
Aún nos quedan jabalíes (los "puercos" salvajes que dieron nombre al afamado cerro de la batalla de 1937), rapaces, buitres, tejones, garduñas, zorros, algún lobo despistado y perseguido; erizos, ardillas, murciélagos, peligrosas víboras hocicudas, culebras de collar, lagartijas y lagartos verdinegros de alegre trote; salamandras, tritones y ranas patilargas; corzos de cuatro patas y ciervos volantes de coraza negra y zumbido profundo; y maravillosas y etéreas mariposas de grácil e inestable vuelo que te alegran el paseo y hacen reír a los niños.
Protejámoslos. No quiero ni puedo imaginar a mis nietos sorprendiéndose al leer este artículo, añorando un paraíso perdido que no supimos legarles.
http://www.eladelantado.com/opinionAmplia/5527/colaboracion
martes, 22 de enero de 2013
lunes, 3 de diciembre de 2012
La instalación josefina del Real Sitio de San Ildefonso
El pasado viernes, 30 de noviembre, tuve la suerte de impartir una conferencia a los alumnos del Máster del departamento de Historia Contemporánea centrada en la instalación del ayuntamiento del Real Sitio de San Ildefonso. Para el que esté interesado, dejo el enlace a TeleUned, donde se puede ver de forma íntegra la ponencia.
http://teleuned.uned.es/teleuned2001/directo.asp?ID=6297&Tipo=C
Al que lo vea, que disfrute.
http://teleuned.uned.es/teleuned2001/directo.asp?ID=6297&Tipo=C
Al que lo vea, que disfrute.
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domingo, 14 de octubre de 2012
Subiendo a Zenarruza, desde la cuna de Simón Bolivar
Y salimos de Marquina, con la tripa llena, el gps encendido y ganas de llegar a la cama, sinceramente. Un paseo maravilloso por la fronda vizcaina. Me recordaba a ese agradable caminar entre Castletown e Innisfree que realizaban cada dos por tres John Wayne y Maureen O'Hara en "El hombre tranquilo". Eso sí, a diferencia de la bella Irlanda, aquí pegaba el sol al estilo español, aunque sea en el País Vasco. Y entre finca y vericueto, otro paso más. Y más extraño que el anterior.
En lo que se refiere a puertas de fincas, Sr. Bellette, podríamos escribir una tesis doctoral.
Cada una de un padre y una madre. Yo tengo mi propia teoría. Con esto del adoctrinamiento de los gobiernos nacionalistas, me parece que los pobres vascos han tenido una sobredosis de Chillida. Chico, hasta las portezuelas de los barrizales parecían obras constructivistas.
Si ya te digo yo...
Llegamos a las afueras de Bolivar un tanto cansados. Treinta y cuatro kilómetros nos precedían y toda una mañana empinada. Alcanzamos la Puebla de Bolivar emocionados -no sé por qué, sinceramente, pues Simón Bolivar nació en Caracas y su padre también-, quizás porque aventurábamos una noche de txacolí y bonito. En un recoveco muy singular encontramos la estatua del libertador de las Américas, con al nombre un tanto gastado, la verdad, por lo que lo utiliza Hugo Chávez. Si este levantara la cabeza y viera el uso que dan de su nombre, seguro que se partiría de la risa.Entramos en la taberna del pueblo y, por primera vez en esta aventura, me sentí fuera de lugar. Allí todo el mundo hablaba euskera. Y a voz en grito. Había un grupo de jóvenes que charlaban distentidamente vaya usted a saber de qué. Que en esto de los idiomas ininteligibles, el euskera se lleva la palma. Quizá empatado con el chino y a poca distancia del finés. Y el suajili. Y ese dialecto que se habla en Valsaín entre los pinos a voz en grito. Y, por supuesto, el extraño idioma del gobierno español, que sólo lo habla el que promete o jura su cargo ante el rey, quien, a su vez, domina parte de éste y de otro mucho más complicado, entre gangoso y Borbón que algunos periodistas lo citan como campechano, sea lo sea lo que eso signifique.
El caso es que pedimos Aquarius y no había. Se me ocurrió pedir algo sin gas y me dieron agua. Pregunté por el albergue y nos mandaron fuera del pueblo.
Salimos refrescados por el agua pero muertos de sed y emprendimos el camino, cuesta arriba, por supuesto, hacia el descanso de esa jornada. Y sufrimos una maravillosa calzada medieval al 12% de desnivel con la mosca tras la oreja, pensando que la graciosilla del bar nos había mandado allí donde Sansón perdió el martillo por no saber pedir como Dios manda en DoneJakue Bidea. El caso fue que aquella chica, graciosilla o no, nos encaminó a la perfección.
Llegamos al albergue del Iñaki y sus celdas monásticas. Allí nos alojamos, duchamos y abandonamos las malditas mochilas. Tres txacolíes después, más o menos, emprendimos el paseo de estiramiento antes de cenar. Llegamos hasta la colegiata y monasterio de Zenarruza: sinceramente, valió la pena el sufrimiento por ver aquello. Un espectacular monasterio en mitad del bosque, sobre la colina, con un claustro tan romántico y melancólico que a uno no le hubiera extrañado que Larra se hubiera suicidado allí o que el último precioso súspiro del bucólico Becquer hubiera sido expelido entre tan hermosas columnas.
Embelesados por la belleza del monasterio, bajamos al refrigerio. Excelente el txacolí. Y el marmitako, y el bonito con tomate. Y el pastel de arroz. Y el de manzana. Y la ensalada de Iñaki para "refrescar" que nos refrescó de maravilla.
Dos pasos, tres escaleras y a la cama. A descansar.
sábado, 22 de septiembre de 2012
En el paraiso Vasco: de Deba a Marquina
Volvimos, como nunca hizo el Terminator de James Cameron. En tren de Segovia a Bilbao en primera, que así da gusto. En el bocho descansando una noche, después de degustar los mil bacalaos de Minchu en San Ignacio, que para algo es primo del Sr. Bellette. A la mañana siguiente, en Euskotren hasta Deba. Y con nubes sin parar. Y los dispositivos smartphone diciendo que sol radiante. Y yo con la mosca tras la oreja. Sólo una, que la otra la teníamos pegada a la charla de cuatro jubilados sobre las maravillosas vacaciones del INSERSO. Esas que seguro se ha cargado la crisis de los ladrones sin vergüenza. Ponemos un pie en la estación de Deba y nos caen tres gotas. ¡No me lo puedo creer! ¿Que va a lloooover? La mala leche también asusta a las nubes.
Y la seriedad del Sr. Bellette. Al salir de Deba el sol asomaba por los cúmulo-nimbos, justo al mismo tiempo que se empinaba el camino. Y sin misericordia. Vamos, que pasar de Guipúzcoa a Vizcaya es más duro que cruzar el Rubicón con Julio César. Cuarenta minutos cuesta arriba y llegamos a la iglesia del Calvario con unas vistas de la costa que nos hizo olvidar la penuria de la subida. Que no me extraña que la iglesia se llame del Calvario, de verdad.
Ciento cincuenta metros hacia abajo y... ¡Otra vez para arriba! Y esta vez sin descanso. Casi dos horas de cuesta. Adelantando peregrinos. Y peregrinas con los pies para llorar. Y el maldito teléfono del Sr. Bellette contando los kilómetros de uno en uno asustando al personal que adelantábamos con su voz de dominatrix.
¿Por qué les ponen voz de chica? Más bien de Angela Merkel cabreada con Rajoy explicando los recortes.
Coronamos doblados, buscando el Sr. Bellette a la madre del perro. Que cuando se acuerda de ella, uno se pone a temblar. Catálogo interesante, el del Sr. Bellette:
Grado 0: Mueca ligera. (Menos del 8% de desnivel)
Grado 1: Pse... (Entre el 10% y el 15% de desnivel)
Grado 2: Vamos anda!!! (Al 15% de desnivel)
Grado 3: Resoplando... (Casi el 20% de desnivel)
Grado 4: Joooder con la costiña de Canedo!!! (Ladera del K-2)
Grado 5: ¡..La madre'l perro..! (El monte Everest nevando)
Llegamos arriba, lo aseguro, sin encontrar a la madre del perro. Si la llego a encontrar, estaba yo ahora en Alcatraz. Eso sí, nos encontramos a un gordo resoplando comiendo chocolate y con un cigarro en la mano. Sinceramente, pensé que se trataba de una cámara oculta.
Y la seriedad del Sr. Bellette. Al salir de Deba el sol asomaba por los cúmulo-nimbos, justo al mismo tiempo que se empinaba el camino. Y sin misericordia. Vamos, que pasar de Guipúzcoa a Vizcaya es más duro que cruzar el Rubicón con Julio César. Cuarenta minutos cuesta arriba y llegamos a la iglesia del Calvario con unas vistas de la costa que nos hizo olvidar la penuria de la subida. Que no me extraña que la iglesia se llame del Calvario, de verdad.
Ciento cincuenta metros hacia abajo y... ¡Otra vez para arriba! Y esta vez sin descanso. Casi dos horas de cuesta. Adelantando peregrinos. Y peregrinas con los pies para llorar. Y el maldito teléfono del Sr. Bellette contando los kilómetros de uno en uno asustando al personal que adelantábamos con su voz de dominatrix.
¿Por qué les ponen voz de chica? Más bien de Angela Merkel cabreada con Rajoy explicando los recortes.
Coronamos doblados, buscando el Sr. Bellette a la madre del perro. Que cuando se acuerda de ella, uno se pone a temblar. Catálogo interesante, el del Sr. Bellette:
Grado 0: Mueca ligera. (Menos del 8% de desnivel)
Grado 1: Pse... (Entre el 10% y el 15% de desnivel)
Grado 2: Vamos anda!!! (Al 15% de desnivel)
Grado 3: Resoplando... (Casi el 20% de desnivel)
Grado 4: Joooder con la costiña de Canedo!!! (Ladera del K-2)
Grado 5: ¡..La madre'l perro..! (El monte Everest nevando)
Llegamos arriba, lo aseguro, sin encontrar a la madre del perro. Si la llego a encontrar, estaba yo ahora en Alcatraz. Eso sí, nos encontramos a un gordo resoplando comiendo chocolate y con un cigarro en la mano. Sinceramente, pensé que se trataba de una cámara oculta.
De allí hasta Marquina, bajando sin parar. Sin parar. Sin parar. Sin llanos. Solo cuesta. Hacia abajo. Hasta que, por fin, asomó Marquina entre pinos y valles. Con un sol abrasador. Y una pequeña iglesia asombrosa. Con unas piedras increíbles dentro. Y me acordé de la película de Phenomenon de John Travolta. Y del conejo que nunca conseguía detener. Por muchas vallas que construyera, el conejo aparecía dentro.
Porque vivía dentro.
Las piedras de Marquina, primero. La construcción, después.
Un paisano nos encaminó al restaurante de la plaza principal. Menudo acierto. Siempre hay que preguntar y pasar de guías. Acierto seguro. Chipirones y cogote de merluza.
Maravilloso.
Descansando al fresco del restaurante de Marquina, pensamos dónde dormir.
En Bolívar, cuna del libertador, Sr. Bellette.
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miércoles, 12 de septiembre de 2012
Por el infierno de barro
Salir de Zumaia, con la tripa llena por otro chuletón que despistado había caido en nuestro plato, y empezar a llover. Pero no llover por llover, no. Nada de cuatro gotitas que te refrescan, te alivian el esfuerzo de las malditas cuestas.
Que no, que no.
Para empezar, un tramo de escaleras con un desnivel vertical de más de cien metros hasta llegar a la iglesia del pueblo (Me pregunto quién irá a misa en Zumaia, vive Dios). Y las malditas nubes, que venían zumbando desde Getaria, con un atronador negro sucio que espantaba hasta las cabras.
Llegar a la iglesia y a llover. Sin parar. Bueno, en realidad, para ser puristas, un pedante aficionado a la música clásica diría "in crescendo". Uno de mi pueblo, chuzos de punta. Y durante dos horas. O más. "Seguro que amaina en el bosque" le dije al Sr. Bellette.
Sonrisa de medio lado.
En el bosque, todavía más. Ya, ni las capas aguantaban el agua. Fue en ese momento que me sentí peregrino de verdad: cobijados en un establucho de mala muerte, entre las cagadas de las vacas, las ruedas viejas de los tractores, algún que otro ratón campeón de natación, las propias vacas y su acre pestilencia aún más presente potenciada por la humedad.
Y al fondo el monte vasco. con su belleza agreste. Sus apretujados pinos, presionados por las continuas cárcavas, vallejos, quebradas y desfiladeros.
¡Qué nadie diga que no apreciamos la belleza allí donde esté!
Como no dejaba de jarrear, continuamos el camino. Otra vez empapados hasta los huesos. Como en tantas ocasiones. Como siempre. Como toda la vida. Enfilamos un camino... El país del barro. Dos kilómetros con agua y barro hasta casi las rodillas. Y con lodo cariñoso. Que se agarraba a todo. Ni siquiera podiamos sacar los bastones. La mitad de uno del Sr. Bellette quedó allí atrapado.
Y mi pierna gritando. Desde la rodilla hasta el cuello. Con martillazos continuos. Cada paso, una puñalada. Cada cuesta, un suplicio.
En estas enfilamos la última cuesta. Destino, el santuario de Itziar. Un hermoso pueblecito en la loma, frente a la costa salvaje. Y, milagro, allí había un pequeño hotel. Y llegamos hasta su puerta. Y había habitación. Y nos pudimos secar. Y duchar. Y cambiar de ropa. Y cenar unos maravillosos chipirones en su tinta un servidor; a la plancha para el Sr. Bellette. Y se nos ocurrió decirle al recepcionista que no funcionaban los radiadores. Y pasamos la noche en un horno de asar.
"Hasta aquí hemos llegado, Sr. Bellette", claudiqué. Mi pierna me obligó.
"Volveremos en agosto, Señorito Juárez".
A la mañana siguiente, salimos con destino a Deba. Andando, porque para entender los horarios expuestos en la parada de autobús había que ser vasco parlante o saber lineal A cretense. O algo parecido.
Tres kilómetros cuesta abajo por una rampa donde patinaban los coches. El Sr. Bellette comprobó con el trasero la dureza del verdil y un servidor descendió recordando la destreza de primero de párvulos. Después de la bajada del infierno y dos ascensores, alcanzamos el nivel del mar. Y la estación de tren. Bueno, quise decir Euskotren. A bilbao.
"I'll be back", dije con cara de Terminator.
"Volveré", dijo el Sr. Bellette, que es más castizo.
Que no, que no.
Para empezar, un tramo de escaleras con un desnivel vertical de más de cien metros hasta llegar a la iglesia del pueblo (Me pregunto quién irá a misa en Zumaia, vive Dios). Y las malditas nubes, que venían zumbando desde Getaria, con un atronador negro sucio que espantaba hasta las cabras.
Llegar a la iglesia y a llover. Sin parar. Bueno, en realidad, para ser puristas, un pedante aficionado a la música clásica diría "in crescendo". Uno de mi pueblo, chuzos de punta. Y durante dos horas. O más. "Seguro que amaina en el bosque" le dije al Sr. Bellette.
Sonrisa de medio lado.
En el bosque, todavía más. Ya, ni las capas aguantaban el agua. Fue en ese momento que me sentí peregrino de verdad: cobijados en un establucho de mala muerte, entre las cagadas de las vacas, las ruedas viejas de los tractores, algún que otro ratón campeón de natación, las propias vacas y su acre pestilencia aún más presente potenciada por la humedad.
Y al fondo el monte vasco. con su belleza agreste. Sus apretujados pinos, presionados por las continuas cárcavas, vallejos, quebradas y desfiladeros.
¡Qué nadie diga que no apreciamos la belleza allí donde esté!
Como no dejaba de jarrear, continuamos el camino. Otra vez empapados hasta los huesos. Como en tantas ocasiones. Como siempre. Como toda la vida. Enfilamos un camino... El país del barro. Dos kilómetros con agua y barro hasta casi las rodillas. Y con lodo cariñoso. Que se agarraba a todo. Ni siquiera podiamos sacar los bastones. La mitad de uno del Sr. Bellette quedó allí atrapado.
Y mi pierna gritando. Desde la rodilla hasta el cuello. Con martillazos continuos. Cada paso, una puñalada. Cada cuesta, un suplicio.
En estas enfilamos la última cuesta. Destino, el santuario de Itziar. Un hermoso pueblecito en la loma, frente a la costa salvaje. Y, milagro, allí había un pequeño hotel. Y llegamos hasta su puerta. Y había habitación. Y nos pudimos secar. Y duchar. Y cambiar de ropa. Y cenar unos maravillosos chipirones en su tinta un servidor; a la plancha para el Sr. Bellette. Y se nos ocurrió decirle al recepcionista que no funcionaban los radiadores. Y pasamos la noche en un horno de asar.
"Hasta aquí hemos llegado, Sr. Bellette", claudiqué. Mi pierna me obligó.
"Volveremos en agosto, Señorito Juárez".
A la mañana siguiente, salimos con destino a Deba. Andando, porque para entender los horarios expuestos en la parada de autobús había que ser vasco parlante o saber lineal A cretense. O algo parecido.
Tres kilómetros cuesta abajo por una rampa donde patinaban los coches. El Sr. Bellette comprobó con el trasero la dureza del verdil y un servidor descendió recordando la destreza de primero de párvulos. Después de la bajada del infierno y dos ascensores, alcanzamos el nivel del mar. Y la estación de tren. Bueno, quise decir Euskotren. A bilbao.
"I'll be back", dije con cara de Terminator.
"Volveré", dijo el Sr. Bellette, que es más castizo.
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domingo, 26 de agosto de 2012
Entre chuletones y Txacolí: de Igueldo a Zumaia
De Astigarraga a Igueldo, en un periquete. Más mojados no podíamos estar. Allí nos alojamos en una casa rural estupenda -las llaman Agroturismos, que en el Pais Vasco todo cambia de nombre, aunque el cambio nadie lo note- junto al hotel rural Leku Eder. Por cierto, este último muy recomendable, con una terraza al mar que quitaba el hipo. Llegamos con tanta agua como sed y hambre. La amable chica de la recepción nos remitió a un restaurante llamado Bellavista, en la cima del Igueldo, cerniéndonos sobre la bahía de San Sebastián. "Hay que caminar unos ochocientos metros hasta el restaurante, pero les aseguro que vale la pena". Por el camino, bajo un chaparrón de mil demonios, me cuestionaba yo la Bellavista, la bahía y hasta la madre que lo... Bueno, cortesías aparte, llegamos al citado comedero. Pedimos dos txacolíes. " Cuidado, que se sube a la cabeza rápido" nos dijo el camarero.
"Pon un par de chatos y ya veremos qué se sube" le dije al desconfiado posadero. Y es que el aspecto de peregrino del Camino de Santiago parece hacerle a uno un milindris a ojos-vista. Por cierto, más allá de bravatas pueblerinas, ¡Menudo txacolí! Etxeko era la casa, la misma del patxarán. En este caso, la variedad del caldo era Getariako Txacolina. Con un punto de carbónico que lo hace refrescante y digestivo, un tubio sucio muy agradable en su amarillento ser y, sobre todo, un espectacular final cítrico que e hace beber sin conocimiento. Para aplacar la locura del txacolí, hubimos de hacernos con un chuletón de brontosaurio... ¿O era quizás de braquiosaurio? El Sr. Bellette discrepó. Para él, sin duda, era diplodocus.
El caso es que, después de la buena dosis de txacolí maravilloso y de casi kilogramo y medio de carne, nos fuimos a dormir en nuestro agroturismo, deseando que la mañana siguiente el Cantábrico se quedara en su sitio y no en nuestras cabezas.
Salimos bien pronto, con el objetivo de llegar hasta Deba, ya casi en Vizcaya. Al desayunar, mi pierna me recordó con su dolor la aventura del día anterior. Subimos lo que nos quedaba del monte Igueldo, menos de veinte minutos y empezamos el descenso hacia Orio. Caminando junto a la costa, por la cima de las estribaciones, iba yo asombrado del agreste paisaje, de la belleza brutal de aquella tierra. Empezamos la bajada tremenda hasta Orio -no me extraña la cantidad y calidad de los ciclistas vascos-, pasando, en un último repecho, por la hermosa ermita de San Martín de Tours, donde hicimos un descanso. Por el camino, habíamos descartado una cuesta entre los pinos. "Si vamos por ahí, nos la pegamos seguro" había dicho sabiamente el Sr. Bellette. Sentados en el sotoportal de la ermita de San Martín de Tours, pensaba yo qué razón tenía mi amigo viendo a un pobre alemán, que había seguido ese tramo peligroso, embadurnado en barro hasta el cuello, que más parecía un churro en chocolate que un peregrino.
Después de pasar el precioso barrio pesquero de Orio y de recorrer la interminable ría, tomamos otra cuesta infernal que nos había de llevar hasta Zarautz. Por ese tramo pasamos cerca de Getaria, con su sorprendente ratón y sembradas sus colinas de maravilloso txacolí. ¡Qué envidia!
Bajamos otra cuesta del demonio hasta la playa de Zarautz -"Todo lo que subimos lo bajamos aquí, Señorito Juárez", me decía el Sr. Bellette- y cruzamos el turístico barrio costero y paseo marítimo, campo de golf incluido. Por el camino nos cruzamos con un ciclista que dijo algo parecido a hola.
La insensatez de subir semejante cuesta tiene sus peligros, claro.
Curiosamente, durante toda la soleada mañana, nos cruzamos con una plétora de guipuzcoanos. ¡Buenos días!, me decían a mí; ¡Kaixo!, le regalaban al Sr. Bellette.
¿Tendría algo que ver la txapela que llevaba?
Después de casi veinte kilómetros hicimos parada en una taberna tradicional de Zarautz -por llamarla así- y nos regalamos unos txacolíes (por supuesto, de Getaria), antes de afontar los últimos ocho kilómetros hasta Zumaia.
Y maldita la hora. Hubimos de escalar casi dos kilómetros de calzada medieval a la salida de Zarazutz. Fue allí donde mi maltrecha pierna empezó a decir basta. Tras una hora y media de tortura, alcanzamos nuesto objetivo: Zumaia. Y otro chuletón. Y más txacolí. Y una silla para descansar.
Como un mal pensamiento, todo la mañana habíamos caminado escapando de la tormenta. La hora y media de descanso en Zumaia fue demasiado. Las nubes auguraban una tarde de aúpa.
lunes, 20 de agosto de 2012
El Sr. Bellette se va a Santiago
Emocionados por volver al camino, tomamos el tren desde Segovia con dirección a Hendaya. Nuestro objetivo: iniciar el camino del norte. La mía, pisar la estación donde se produjo el encuentro entre Hitler y Franco. Tras no-sé-cuántas horas de viaje, eso sí, aderazadas por las constantes atenciones de la tripulación del tren alvia, llegamos comidos por una borrasca inmisericorde. La estación me resultó gris, como el cielo, como los protagonistas que allí se habían reunido hacía setenta y dos años. Salimos a la calle cubiertos con las capas y cobertores, bajo un aguacero de mil demonios. Cruzamos la frontera entre Francia y España por el puente y partimos hacia Irún. No sé si por la lluvia o por que era el inicio del viaje o por la santona de Salamanca que se nos acucharó en la plaza y no cejó hasta endosarnos unos salmos, canciones, rezos y alabanzas, que perdimos el camino de la costa y nos metimos de lleno en el camino del horror...digo del interior, que para el caso viene a ser lo mismo.
Durante seis horas nos arrastramos bajo la lluvia por unas sendas que ni vericuetos. En alguna de ellas el barro nos llegaba casi a las rodillas. Los bastones se atoraban; las botas se enlodaban; las mochilas pesaban más que bloques de plomo... En una de las vaguadas el charco era tal que hubimos de saltar un muro y caminar por unas tierras. Y con el miedo de ahora aparece el dueño y nos pega una perdigonada. Claro, que con ese tiempo, no habría aparecido ni harto de chacolí.Cada paso que daba me acordaba de la vieja de Irún, augurándonos un maravilloso viaje. Aún recuerdo a una gitana que me leyó la mano en Granada, diciéndome que tenía una salud de hierro: a los tres días me operaron de peritonitis.
No tengo suerte con las pitonisas.
Mientras el barro me cubría las polainas, iba pensando yo en ensartar a la próxima adivina, por muy santona que fuera.
Quizás por esos malos pensamientos, perdí el pie en una cuesta -perdón, catarata- y, al frenar la caída, me lastimé la pierna. El dolor, primero sibilino, luego ya farruco, me acompañó todo el viaje.
Después de dejarnos caer por un vericueto impracticable e impresentable, llegamos al paraiso, quiero decir a una sidrería. La buena mujer nos recibió, a pesar de estar cerrado. Nos libramos de las capas empapadas, al igual que el resto de la indumentaria que no nos quitamos, pero que de buena gana habríamos hecho -provocando el escándalo en Astigarraga-, y entramos al calor de la parrilla. Nos preguntó que si conocíamos el funcionamiento de las sidrerías: coged un vaso y bebed lo que queráis, luego pagáis.
¡Pobre mujer!
Está bien dar de beber al sediento, pero es que nosotros somos del Real Sitio. Once barricas a nuestra disposición. Llenitas todas de rica y refrescante sidra vasca. Con ese toque cítrico imperceptible.
En fin, después del desaguisado -que nos costó cinco euros a cada uno- un poco secos, volvimos al camino.
Destino: el monte Igueldo. Deseo: que no lloviera.
De ilusión también vive el hombre.
Durante seis horas nos arrastramos bajo la lluvia por unas sendas que ni vericuetos. En alguna de ellas el barro nos llegaba casi a las rodillas. Los bastones se atoraban; las botas se enlodaban; las mochilas pesaban más que bloques de plomo... En una de las vaguadas el charco era tal que hubimos de saltar un muro y caminar por unas tierras. Y con el miedo de ahora aparece el dueño y nos pega una perdigonada. Claro, que con ese tiempo, no habría aparecido ni harto de chacolí.Cada paso que daba me acordaba de la vieja de Irún, augurándonos un maravilloso viaje. Aún recuerdo a una gitana que me leyó la mano en Granada, diciéndome que tenía una salud de hierro: a los tres días me operaron de peritonitis.
No tengo suerte con las pitonisas.
Mientras el barro me cubría las polainas, iba pensando yo en ensartar a la próxima adivina, por muy santona que fuera.
Quizás por esos malos pensamientos, perdí el pie en una cuesta -perdón, catarata- y, al frenar la caída, me lastimé la pierna. El dolor, primero sibilino, luego ya farruco, me acompañó todo el viaje.
Después de dejarnos caer por un vericueto impracticable e impresentable, llegamos al paraiso, quiero decir a una sidrería. La buena mujer nos recibió, a pesar de estar cerrado. Nos libramos de las capas empapadas, al igual que el resto de la indumentaria que no nos quitamos, pero que de buena gana habríamos hecho -provocando el escándalo en Astigarraga-, y entramos al calor de la parrilla. Nos preguntó que si conocíamos el funcionamiento de las sidrerías: coged un vaso y bebed lo que queráis, luego pagáis.
¡Pobre mujer!
Está bien dar de beber al sediento, pero es que nosotros somos del Real Sitio. Once barricas a nuestra disposición. Llenitas todas de rica y refrescante sidra vasca. Con ese toque cítrico imperceptible.
En fin, después del desaguisado -que nos costó cinco euros a cada uno- un poco secos, volvimos al camino.
Destino: el monte Igueldo. Deseo: que no lloviera.
De ilusión también vive el hombre.
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