domingo, 3 de abril de 2011

El dilema del cordero, Garzón y el Maestro Santos Juliá

Llegó la camarera sonriente, bloc de notas en ristre, y nos leyó de carrerilla las recomendaciones para tan sonado día: pato con puré de manzana, bacalao en salsa de puerros, entrecot y ternera asada en su jugo. El Maestro Santos Juliá arqueó levemente las cejas y me miró fijamente por encima de sus gafas. -¡Ah! Pero... ¿no vamos a comer cordero? Tierra trágame, pensé, clavando los ojos en mi admirado Ángel Herrerín. Sentí la misma zozobra en su mirada. Haber llegado hasta allí, sentados junto a uno de los más grandes historiadores vivos y un maldito asado no iba a derrotar. El silencio espeso, denso como el puré de manzana que guardaba el flanco de mi pato, se hizo insostenible. Menos mal que Pancho, nuestro querido amigo del Hotel Roma, minimizó los daños. El cordero hay que encargarlo. De haberlo sabido, habría asado seis al menos. Santos con media sonrisa se encomendó no muy convencido al entrecot. La cazuelilla con judiones serenó el ambiente. Las explicaciones de la carestía del blanco manjar serrano dadas por Carmen Melero serenaron nuestros ánimos. Hasta que Olga tomó la palabra. Tenaz y admirable en su perseverancia, como siempre, entró en la pugna con el Maestro. Los ojos de Santos Juliá brillaban con las réplicas y contrarréplicas. Al parecer, el juez Garzón había escrito un auto demasiado polémico y algo inexplicable en el caso de los crímenes del franquismo. Durante una hora el Maestro Juliá y Olga Figueredo polemizaron acerca de la prescripción de los crímenes, de la justicia y la reparación. De la verdad de nuestro momento y de las verdades que nos precedieron. Que nos precederán. Que dejaremos. Salimos del restaurante felices y repletos. Literalmente. El Maestro sonreía mientras caminábamos por los hermosos jardines del Real Sitio. Felices y orgullosos. Habíamos asistido a otra conferencia. Bendito Garzón. Bendito Cordero.

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