sábado, 16 de abril de 2011

La memoria de los padres, José Andrés Rojo y el ponche segoviano

Caminando por los jardines del Real Sitio, entre reinas frondosas y reyes despelujados, iba charlando conmigo José Andrés Rojo sobre los recuerdos de su abuelo, el gran estratega Vicente Rojo. Hablábamos sobre el recuerdo de los abuelos y eso que los psicólogos llaman nietos de la guerra. Lo que yo soy, recalcaba José Andrés. Cansado de escuchar que el abuelo había sido un hombre que cumplió con su deber, decidí saber en qué había consistido su deber. Y preguntó a sus tíos y tías, hijos del General Rojo, y se encontró con el hermetismo de los hijos, de los hijos de la guerra. Recorriendo la calle de Valsaín, que conecta el Patio de Honor con la bulliciosa fuente de Los Baños de Diana, José Andrés llegó a una curiosa conclusión: llegué al convencimiento de que tenía que escribir sobre mi abuelo, pero siempre desde el respeto a sus hijos, mis padres, mís tíos. Ellos habían sufrido el destino de mi abuelo y ellos habían decidido, cuando llegó el momento de las reivindicaciones, seguir hacia delante, hacia una democracia. Entre olvido y futuro, ya sabes qué decidieron. José Andrés calló justo cuando alcanzábamos en el regreso el Patio de Honor. Honrarás a tus padres, repitió mi inconsciente. Ironías de charlar sobre un republicano católico y militar español. Ironía que siguiera siéndolo, cuando había visto morir la Republica, convertirse su ejército en lo que más detestaba y que la iglesia católica española daba la mano a un regimen cainita. Menos mal que me acordé del ponche segoviano que nos habían puesto de colofón coquinario Belén y Ricardo en el Bar Segovia. En su origen, se llamaba pastel ruso y era típico de Madrid. Un pastelero se vino a Segovia, a finales del XIX, y se le ocurrió quemar el azúcar glaseado. ¡Menudo Invento! Todos asintieron y me dieron la razón. Hasta Ángel Herrerín, que detesta los dulces. Afortunadamente nos quedan los dulces para terminar las comidas. ¡Qué gran ponche, Ricardo! ¡Qué pena que seas del Barcelona, amigo mío! En fin. Nadie es perfecto.

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