jueves, 24 de marzo de 2011

PERSONAJES PARA ENTENDER UNA GUERRA


El próximo viernes 1 de abril da comienzo el simposio 75º Aniversario de la Guerra Civil Española con la conferencia inaugural impartida por el prestigioso catedrático de la UNED, Santos Juliá sobre Manuel Azaña, empezando así el acto central del simposio, llamado Personajes para entender una guerra. A lo largo del año, además de Santos Juliá, José Andrés Rojo, Enrique Moradiellos, Julio Gil-Pecharromán, Juan Avilés, Paul Preston, José-Carlos Mainer e Irene Lozano nos acompañarán en salón Siglo XXI del Excmo. Ayuntamiento del Real Sitio de San Ildefonso.

domingo, 13 de marzo de 2011

Impresionante Simposio en el Real Sitio de San Ildefonso



Parece increíble que el esfuerzo de unas pocas personas haya conseguido sacar adelante un proyecto tan especial. Desde hace año y medio, el CIGCE, presidido por Eduardo Juárez Valero, y el profesor del Departamento de Hª Contemporánea de la UNED, Ángel Herrerín, se han dejado la piel tratando de organizar en el Real Sitio de San Ildefonso un seminario sobre la Guerra Civil Española a través de las personas que la protagonizaron.
El próximo día 1 de abril empieza el Simposio con la conferencia inaugural impartida por el prestigioso catedrático Santos Juliá. El acceso a las conferencias y a todas las actividades del simposio es GRATUITO. No podía ser de otro modo pues, si está financiado por el Ministerio de la Presidencia, ¿cómo podríamos cobrar a los interesados? Las subvenciones deben revertir en el ciudadano que las propicia con sus impuestos. No muy lejos de mis pesadillas, algunos reciben subvenciones y cobran por los productos generados por éstas. Qué mundo, amigos. Qué atajo de sinvergüenzas...

En cualquier caso, imposible sería haber llevado a cabo un proyecto como éste sin el trabajo y dedicación de los guerreros del CIGCE: Juan Bellette, Ricardo Ramos, Pilar Escudero, Teresa Cantalejo, Mónica Rodríguez, Mariángeles Escudero y Toñi Tapias. Espero que todos disfrutéis con los actos del Simposio.

Yo me sentaré y respiraré aliviado.

lunes, 20 de diciembre de 2010

El cuento de navidad de Paulo Coelho

El pino de St. Martin
Un día antes de Navidad, el cura del pequeño pueblo de St. Martin, en los Pirineos franceses, se preparaba para celebrar la misa, cuando empezó a sentir en el aire un perfume delicioso. Era invierno, y hacía mucho que las flores habían desaparecido, pero allí estaba ese aroma tan agradable, como si la primavera se estuviese adelantando.

Intrigado, salió de la iglesia para buscar el origen de semejante maravilla, y acabó encontrando a un muchacho sentado frente a la puerta de la escuela. Junto a él, había una especie de árbol de Navidad completamente dorado.

- Pero, ¡qué belleza de árbol! - dijo el párroco -. ¡Con ese aroma divino que desprende, parece que ha tocado el mismísimo cielo! ¡Y está hecho de oro puro! ¿Dónde lo conseguiste?

El joven no reaccionó con especial alegría a los comentarios del religioso.

- Es cierto que este árbol, como usted lo llama, cada vez ha ido pesando más mientras lo cargaba hasta aquí caminando, y que las hojas se han puesto duras. Pero eso no puede ser oro, y me da miedo pensar en lo que dirán mis padres cuando vean lo que les traigo.

El muchacho relató entonces su historia:

- Hoy por la mañana salí hacia la ciudad de Tarbes para comprar un árbol de Navidad con el dinero que mi madre me había dado. Pero ocurrió que, al cruzar un poblado, vi a una señora mayor, sola, sin familia con quien celebrar la gran fiesta de la Cristiandad, y le di un poco de dinero para la cena, confiado en que luego sabría arrancarle un descuento al vendedor de la floristería.

"Al llegar a Tarbes, pasé frente a la gran prisión, y había allí algunas personas esperando la hora de la visita. Estaban todos tristes, pues iban a pasar esa noche lejos de sus seres queridos. Escuché que algunas de estas personas comentaban que ni siquiera habían conseguido comprar un pedazo de tarta. En ese mismo momento, impulsado por ese romanticismo que tienen los de mi edad, decidí compartir mi dinero con esas personas que lo necesitaban más que yo. Apenas guardaría una mínima cantidad para el almuerzo. Como el florista es amigo de mi familia, seguro que me daría el árbol, a cambio de que yo trabajase para él durante la semana siguiente, pagando así mi deuda.

"Sin embargo, cuando llegué al mercado me enteré de que el florista que conocía no había ido a trabajar. Intenté por todos los medios que alguien me prestase dinero para comprar el árbol en otro lugar, pero fue imposible.

"Me dije a mí mismo que conseguiría pensar mejor con el estómago lleno, así que me dirigí a una fonda, pero se me cruzó un niño que parecía extranjero y me preguntó si podía darle alguna moneda, pues llevaba dos días sin comer. Imaginando que el niño Jesús alguna vez también debió pasar hambre, le entregué a este otro lo poco que me quedaba, y me volví para casa. En el camino de regreso, le rompí una rama a un pino, y luego intenté retocarla, como podándola, pero fue poniéndose así de dura, que parece de metal, y no se parece ni de lejos al árbol de Navidad que mi madre está esperando.

- Pequeño amigo - dijo el cura -, el perfume de este árbol tuyo no deja lugar a dudas: ha sido tocado por los Cielos. Déjame contarte lo que falta de tu historia:

"En cuanto te alejaste de aquella señora, ella inmediatamente pidió a la Virgen María, madre como ella, que te devolviese de alguna manera el favor recibido. Los familiares de los presos pensaron que se habían encontrado con un ángel, y rezaron agradeciéndoles a los ángeles las tartas que consiguieron comprar. Y el niño con el que te cruzaste, por su parte, le dio las gracias a Jesús por haber saciado su hambre.

"La Virgen, los ángeles, y el propio Jesús escucharon las peticiones de toda la gente a la que ayudaste. Cuando rompiste la rama del pino, la Virgen puso en ella el perfume de la misericordia. Mientras caminabas, los ángeles iban tocando sus hojas, transformándolas en oro. Por último, con todo ya concluido, Jesús examinó el trabajo, lo bendijo, y a partir de ahora, a quien toque este árbol de Navidad se le perdonarán los pecados y se le cumplirán los deseos.

Y así ocurrió. Cuenta la leyenda que el pino sagrado aún se encuentra en St. Martin; pero su poder es tal que su bendición alcanza a todos los que ayudan al prójimo en la víspera de la Navidad, por muy lejos que se encuentren de este pequeño pueblo de los Pirineos.

(inspirado en una historia jasídica)

martes, 26 de octubre de 2010

A través de la Puerta Santa





Después de dormir a pierna suelta en el Hotel Rey Fernando y, por primera vez en aquella aventura, sin una caminata esperándonos, nos propusimos finalizar aquel día del Pilar con tan buen pie como habíamos hecho todos los días de camino.








Nos marchamos del hotel sin desayuno en nuestros entresijos, de igual manera que hicimos en Puente Ulla. Sin embargo, no fueron dos grandes racimos de uvas los que nos ateclaron.




Dos chocolates tibios con crujientes y sabrosos churros inauguraron, por fin, nuestro último día del camino.



Al salir de la cafetería, ya amanecido el día, la bruma y las tenues farolas nos trasladaron a un emplazamiento propio de una novela decimonónica. Además, caminar sin mochilas por las bulliciosas calles del centro de Santiago de Compostela totalmente desiertas, era navegar en el bergantín Temido, con la espuma del mar en el rostro y los malditos ingleses allí, al frente. Nos acercamos a la catedral, a la plaza de la Concepción. Eran las ocho y media de la mañana y ya había una cola considerable. De cien metros, al menos.



¡Pero si acababan de poner las calles! ¿Es que esa gente no duerme?



A las nueve abrieron el acceso a la Puerta Santa. Entrando de treinta en treinta, conseguimos alcanzar la puerta en unos treinta o treinta y cinco minutos.




Sinceramente, algo sobrecogedor tiene ese momento. Uno se va acercando al acceso exterior, repleto de altorelieves y alguna que otra figura exenta, con la imagen del apóstol en el tímpano, y siente poca necesidad de hablar. La vista, fija al frente, es imposible de abstraer. Y no será por motivos. Un auténtico circo de colores, sonidos, conversaciones perdidas y rotas. Detalles sutiles y sorprendentes -como el nombre de José Antonio Primo de Rivera a medio borrar, a medio olvidar- que jalonan una espera que aumenta los nervios de uno.








Cruzar la puerta y no soltar palabra. Ni el Sr. Bellette ni yo. Ni el resto que pasó con nostros. Ni siquiera el guiri que iba delante de mí. Pasé la puerta un tanto sobrecogido, pero me atreví a estirar la mano derecha y toqué el suave y sorprendentemente cálido bronce de la Puerta Santa.



Esta no la tocamos hasta el 2021, Sr. Bellette, me atreví a susurrar.



Desde allí, girando por el abside románico, hasta el pasadizo que ascendía al Santo, un suspiro eterno. Primero el guiri; después, el Sr. Bellette. Luego, un servidor.



Me sorprendió el tamaño descomunal de la imagen. La espalda dorada y cubierta de hermosas veriselli, bellas joyas de vidrio. Una de ellas casi me amputó el dedo meñique de mi mano derecha.



Castigo por tocar la Puerta del Santo.



Es lo que tiene la osadía, ¿verdad?



El guiri nos retrasó un poco. Quizás trataba de hablarle en español al oído del Santo. Seguro que alguien le avisó que, como buen español, de idiomas, nada de nada.



Seguro que Santiago el Mayor estaba distraído el día del Pentecostés.



O me pides en español o te buscas un traductor. ¿Me entiendes, Johnny o Joey o como diablos te llames?



Impresionados por la devoción de la gente, descendimos bajo el altar y entramos al tesoro de la catedral: el sepulcro del Santo. Un alucinante sarcófago plateado y un reclinatorio -ocupado por supuesto- y se acabó la tradición.



Con la Compostela en el morral y el candor del abrazo al Santo latente aún en nuestra mente, marchamos a la puerta de Platerías. Entramos en la catedral y directos a la misa del peregrino.



Repleta la catedral, nos tuvimos que sentar en la basa de uno de los enormes pilares del transepto. La misa fue larga y tediosa. Gracias al Magister Cantorum que pasé un buen rato. Igual nunca había visto una misa así. Las nociones básicas para cantar bien los salmos fueron lo más divertido. Atentos a la nota sobre la sílaba túuuuuuu... Venga, repitan conmigo... No tengan miedo, estamos cantándole a la Virgen... Otra vez... Hasta que no lo hagamos bien no empezamos...



¡Qué tío! ¡Qué coño de Magister Cantorum! ¡Super Speaker de Santiago, oye!



En fin, me quedé sin ver el botafumeiro.



Salir de misa y directos al hotel. De allí, achepados de nuevo, a la estación de Santiago. Después de pasar un ridículo control de seguridad, a nuestro tren, nuestro talgo y a Segovia. Seis horas de hambre y sed, pues no se puede considerar comida la piltrafa penosa y patética de bocadillo que compramos en el simulacro de cafetería que tienen esos trenes. La comparación con el ave es un afrenta, de verdad.








Desgraciadamente, a las 20:30 posábamos nuestros pies sobre la querida tierra segoviana, con un bagaje increíble en nuestros corazones.



Ya en la puerta de mi casa, con la mochila en el suelo y todos los regalos en la mano, nos miramos una vez más.



Al año que viene, por la ruta monacal.



Amén, Sr. Bellette.

lunes, 25 de octubre de 2010

A por las navajas del Camilo






Ubicados en el onfalos que es Santiago, siguiendo el plan trazado por el Sr. Bellette, analizamos las posibilidades que teníamos. Para entrar en la catedral había una cola descomunal de más de cien metros y una anchura de a ocho.



A otra cosa.


Cruzamos la plaza de Platerías, repleta hasta lo impensable y nos acercamos a la plaza de de la Concepción, allí donde se encuentra la Puerta Santa. Aquí la cola era ya de risa. Después de recabar información del policía que custodiaba el acceso, la decisión fue clara.






Mañana volvemos.



Sin poder entrar en la catedral ni dar el abrazo al Santo, nos acercamos a la Oficina de Atención al Peregrino. Miré el reloj de mi movil. Las 13:30. Nadie a la vista. Apenas treinta personas.

Increíble.

Sin dudarlo, nos pusimos a la cola, en el nacimiento de la escalera. Casualidad o no, allí nos juntamos todos los que habíamos coincidido en Cea. Victor y Eusebio Gómez. Los chicos de Malaga. Juan Bellette y un servidor. Y Ana Rosa Quintana. Todos con la mochila clavada en la chepa. Ana Rosa Quintana, no. Todos jadeando cada escalón que subíamos. Ana Rosa Quintana, no. Todos encantados de llegar al mostrador, de recibir la Compostela. Ana Rosa Quintana, también.

¿Qué ha motivado su peregrinación?


Me sorprendió la preguntita. Pero, ¿qué quieres que te diga? ¿A qué viene uno a Santiago caminando a través de la lluvía, el viento y los kilómetros interminables? ¿Acaso importa?

Debería haber sellado dos veces cada día. La próxima vez que haga el camino, recuérdelo.

Tiene razón. La próxima vez que haga el camino, recordaré no acercarme a hablar con esta individua.


Un par de euros después, nos hallábamos en el portal de acceso a la oficina, ante un monumental montón de cachabas abandonados al final del camino, con nuestra querida y deseada Compostela.


Dominus Eduardum Juárez Valero.

En eso me había convertido el camino. Dominus.


Desistiendo del resto de objetivos del peregrino, marchamos a nuestro hotel, Rey Fernando, en la calle homónima, a dejar de una vez nuestras mochilas. De allí, al restaurante La Codorniz. A por un pote gallego y nuestro primer pulpo a feira. Descanso vespertino y al spa.

Menudo acierto.


Relajados los músculos, nos fuimos a pasear por la ciudad. A comprar lotería a Toñi -espero que toque, pues vaya colita...- y a prepararnos para cenar. En casa Camilo. Navajas a la plancha que parecían culebras. Y pulpo a feira. Y rape a la gallega.


Y de postre una mousse de muerte.

Y a dormir.


Mañana, a por la Puerta Santa. Y a misa.

Y a casa, que ya iba siendo hora.

domingo, 24 de octubre de 2010

En el umbilicus mundi




Roto ya el cansancio y la desesperación del camino que no acaba, olvidados los pesares, los dolores, las preocupaciones, con las torres de la catedral a la vista, nos dejamos ir, felices de llegar a nuestro objetivo.




Cayendo cuesta arriba, que diría Juan Bellette, nos lanzamos hacia Santiago de Compostela. Como no veníamos por el camino francés, ni por el de la costa, ni por el primitivo, sino que alcanzábamos la tumba del Santo por el viejo camino mozárabe, por la Vía de la Plata, nos tocaba entrar en la ciudad cruzando el vetusto puente sobre el río Sar.



Desde luego, el puente era viejo, con ese regusto medieval que no nos había abandonado durante toda la peregrinación. El río Sar, sin embargo, era humilde y poco imponente, como llega la voluntad del peregrino a ese punto. Nada que ver con el enorme y caudaloso Miño que cruzamos en Orense, ni con el rocoso y violento Deza, que nos atemorizó mientras cruzábamos uno de sus multiples viaductos bajo la lluvia; ni con el espeluznante Ulla, encajonado en la garganta, sujeto por roca y viento.


Nada de eso. El Sar nos recibía con humildad. Con sencillez. Y con un regalo envenado: una cuesta de mírame y no me toques. Llegar al puente y darme la risa.


¡Otra cuesta! ¡Y qué cuesta! Doscientos cincuenta metros que me recordaron a la funesta y detestable Costiña do Canedo.


En fin, apretamos los dientes, nos sujetamos la mochila y, arañando el suelo con los bastones, tiramos hacia la cima, hacia el final del camino. Siguiendo culos, como nos había aconsejado el alberguero del Orense -¡Ay, traidor, el día que te pille...!- remontamos el repecho adelantando a cuantos peregrinos nos encontramos. Y fueron unos cuantos.


Coronada la cuesta, el galimatías de calles, semáforos, policía urbana y, sobre todo, gente, gente y más gente, nos desconcertó ligeramente. Estábamos acostrubrados a la soledad. Y a las conchas doradas. Y a las flechas amarillas. Allí no había de eso. Ni flechas, ni conchas. Con gran dificultad y soportando la espera de los insoportables semáforos de la plaza de Galicia, llegamos al entramado de callejuelas y casas bajas de piedra, de soportales, tiendas y restaurantes. De gente en muchedumbre, apelotonada e inmóvil.


Dos calles, tres aglomeraciones y cuatro maldiciones por algún que otro obstáculo impertinente y alcanzamos la primera plaza, la de Platerías. Tan llena de gente que apenas se veía el suelo. Caminar, un suplicio. Perdidos y abotargados, navegamos sin rumbo fijo hasta llegar a la plaza del Obradoiro.


Allí sí nos paramos. Nos miramos y sonreímos plenos de felicidad. Habíamos llegado. Con la sonrisa permanente, comtemplamos aquel maravilloso lugar. Quise arrodillarme y besar el suelo, pero desistí. Demasiados policías como para hacer cosas raras y, ¿por qué no decirlo?, si me agachaba no me levantaba ni una de las grúas Valladolid.

Caminando ya sin prisa, Juan sentenció:


Compostela, abrazo al Santo, misa del peregrino y a casa.


Amén.

jueves, 21 de octubre de 2010

Dos torres en el horizonte




Salir de Piñeiro con la panza llena y encontrar otra cuesta. Otra cuesta, y van...




¡Qué desesperación!




Al menos la compungida niebla había desaparecido, dejando paso a ese cielo tan azul que haría parecer el mundo al revés en Fisterra. Las cuestas, a pesar del glorioso techo, no nos daban descanso. En la enésima de éstas, adelantamos a un padre y su hija, peregrinos enfadados y displicentes. Era la segunda vez que les veíamos. Ellos se sorprendieron al vernos por detrás, como si de un incómodo deja vù nos tratásemos. No comprendían en nuestra sonrisa los efluvios del ribeiro.


Y el chorizo en la panza. ¿O era el queso? ¿O las dos cosas?


Dejando atrás los problemas, apretamos el paso de un modo inconsciente, olvidándonos de los increíbles pazos, evocadoras aldeas y espeluznantes perros salvajes atados a roñosas cadenas, devorábamos kilómetros, cuestas, pistas de negra gravilla, de tierra infame, bosquecillos, islas verdes rodeadas de asfalto, cruces deprimentes, la maldita 525...

Algo presagiaba nuestro instinto. Algo nos hacía caminar sin hablar, esperando que tras la siguiente loma, la próxima esquina, el penúltimo pazo, el camino nos deslumbrara. Saliendo de un hermoso callejón emparrado y cubierto de rojas, preciosas y gelatinosas uvas, comprendí porqué caminábamos. Porqué seguíamos bajo la lluvia, a través de la niebla, por encima de los dolores, sobre las ampollas, rompiendo con el sueño y el hambre, y la maldita sed. Caminábamos para alcanzar ese lugar, esa esquina, esa loma, esa cuesta. Perseguíamos justo ese instante en que las dos torres, asomando entre los jirones de nubes, nos anunciaban el final del camino. Allí entendimos la felicidad del peregrino. Sentimos el regocijo inmemorial, intemporal, eterno del que encuentra su destino. Nos miramos y sonreímos libremente. Sin miedo. Sin cansancio. Plenos de felicidad.

Eramos peregrinos en Tierra Santa.

¿Hay mayor felicidad en la vida?