sábado, 17 de septiembre de 2011

El peluquero del Azor

Con el gaitero loco en la cabeza enfilamos la cuesta abajo hacia Olveiroa. Dejando atrás Lago y el enorme embalse, llegamos primero a Ponte Olveira. Allí decidímos descansar en un curioso y agradable albergue privado que no figuraba en nuestras cartas de navegación. Justo antes del puente, con aspecto efímero y prefabricado, nos dejó tomar un respiro. Entramos en el bar y nos sentamos bajo una impactante foto de la desembocadura del rio Xallas en Ézaro, una cascada asombrosa, digna de visitar. El paisano nos sacó una botella de nuestro querido Viña Costeira y lo que el definió como una tapa: seis pedazos de lomo de cerdo adobado frito, seis lonchas de jamón serrano, seis trozos de queso de tetilla y seis trozos de chorizo maravilloso. Menos mal que las tapas sólo son así en Galicia, que si no...



Con la panza llena y contentos de que exista el Viña Costeira retomamos el camino cruzando el puente. En pocos minutos llegamos a Olveiroa, a eso de las 12:30 del mediodía. Una italiana rubia nos desafió con un sprint digno de las olimpiadas. Supusimos que ella creía que nos dirigíamos al albergue y pretendía tomarnos la mano. ¡Qué tía más fina! No dijimos nada y la hicimos echar el resto en la cuesta que llevaba al albergue. En un recodo se confundió y acabó en la puerta del albergue privado. Desesperada se volvió y nos dedicó una mirada de pena. El Sr. Bellette y un servidor la sonreimos y la animamos a continuar. Siguió apretando hasta llegar al albergue. Allí nos despedimos de ella y seguimos nuestro camino ante su sorpresa.



Aún divertidos por la carrera de la italiana, empezamos a descender hasta la ribera del Xallas, siguiendo los mojones.



Cuesta arriba, cuesta abajo. Ora un puerto de primera. Ora un descenso hasta el infierno.



A través de un campo de molinos de viento y ya bajo la lluvía, abandonamos el camino que llevaba directamente a Finisterre y tomamos la via de Muxia. Destino, Dumbría.



Después de que amainara la llovizna, después de catorce kilómetros entre los eucaliptos, llegamos al pueblo de Dumbría. No con demasiado hambre, la verdad. Un poco mojados por fuera y secos por dentro. Tras recorrer un kilómetro por dentro de la población nos acercamos hasta el restaurante O Argentino. Restaurante, tienda y bazar de electrodomésticos. Que quien diga que en Galicia no puedes verlo todo...



Nos recibieron con frialdad. Un vino tinto un poco peleón y sin pincho. Pedimos comer. Judías y zorza. Con el frescor de la lluvia, las judías eran la mejor opción. Claro, que los dos esperábamos unas judías estofadas y no las judías de la huerta de atrás que nos pusieron. Eso sí, maravillosas, verdes parduscas y con unas habas del demonio de grandes. Antes de que llegara la zorza y nos terminaramos la botella de Viña Costeira de rigor, los paisanos se dispusieron a tomar un pote de impresión en la mesa de al lado. Con la tele puesta a todo meter, los comentarios nos hicieron congeniar. Entre todos ellos había un hombre de unos setenta y ocho años, la mar de simpático. El tío había sido peluquero en Azor, el yate del general Franco. Las cosas que tiene la vida, yo con la camiseta negra del Centro de Investigación de la Guerra Civil Española y hablando con el peluquero del barco de Franco.






Hablamos de todo y nos hicimos tan amigos que nos invitó a probar todos los aguardientes creados por gallegos a lo largo de la historia, alguna tan fuerte que sentí que la gasolina abrasaba mi garganta. Desde luego que nos recuperamos en O Argentino. Rotas las distancias y recelos, todos el mundo es bueno y amable con los peregrinos. Le conté al peluquero lo del gaitero solitario y nos costó otro trago de crema de orujo.



Menos mal que somos abstemios, Sr. Bellette. En ese momento fue cuando estuvimos seguros de que llegaríamos a dormir a Quintans. Unos pocos kilómetros más, hasta sumar los cuarenta ese día.



Aunque todo tiene truco. El orujo del O Argentino era en realidad óxido nitroso y nosotros, fórmula uno.






¡Ay, Alonso, si tu Ferrari llevara orujo gallego y no esos aditivos italianos de medio pelo!

viernes, 16 de septiembre de 2011

Un gaitero en una peña







Salimos del albergue de Vilacerio bien pronto en la mañana. El frescor, el sol y el aroma de los maravillosos eucaliptos nos empujó cuesta arriba (¡Cómo no!) haciendo de nuestro paseo una verdadera delicia. Entre vallas vetustas de piedra barbada y prados verdes de un brillo increíble nos dejamos ir. El Sr. Bellette señaló nuestro lento caminar cuando fuimos adelantados por un furibundo peregrino de roja mochila. Quién sabe qué perseguía aquel paisano con esas prisas y a esas horas.

Nuestro objetivo de aquel día era Dumbría para dormir y Olveiroa para comer. Pasados Bon Xesús empezamos a subir sin descanso cuestas empinadas como sábados sin fiesta. Llegamos con la lengua fuera a Vilar do Castro y yo miré mis cartas de navegación prudentemente impresas por el Sr. Bellette.

"Nos toca subir el monte Aro, amigo", confirmé al segundo y la risa floja nos conquistó. Era la quinta subida del día y ya iban en este viaje... Abandonamos las rampas de clazada y entramos en caminos de monte, con pinos, eucaliptos y toxos. Más pinos que otra cosa. Allí nos adelantaron dos o tres ciclistas y dimos con nuestro amigo francés, Frèderic. Caminaba cargando la pierna derecha pues se había lesionado en la izquierda. Ralentizamos nuestro paso y o adecuamos al suyo, compartiendo un par de kilómetros. Allí nos dimos cuenta que el monte Aro lo habíamos subido ya, triste de mí que no manejo bien la navegación. Seguro que fue la influencia del zumo de naranja de aquel villorrio.

Comenzamos el descenso hacia Lago y nuestro gabacho comenzó a rezagarse, que subir cuesta pero bajar es el infierno.

En un momento salimos a un claro del pinar. Allí había un grupo de peregrinas charlando en un cruce del camino. Saludamos y seguimos. Fue entonces cuando lo escuché.

El viento traía una bella melodía. Un son de gaita que rasgaba el aire y te insuflaba ánimos. Y de qué manera. El Sr. Bellette me miró sorprendido. Cerré los ojos y rogué porque no fuera un maldito móvil.
No lo era.

En el centro del claro del bosque había una peña de unos veinte metros de altitud. Sobre ella, sentado a horcajadas de una pequeña roca, descansaba un gaitero.

No me lo podía creer. Estas cosas sólo ocurrían en las películas. O estaban preparadas.


"Cómo están algunos", dijimos a la vez el Sr. Bellette y un servidor. Luego recapacitamos. Aquel gaitero estaba alegrando el camino a los peregrinos. Nadie más que caminantes desde el lejano Santiago pasaban por allí.La estampa fue inolvidable. Caminamos en silencio la larga curva que rodeaba aquella peña, la peña del gaitero. La maravillosa música de aquel instrumento perfecto nos acompañó durante tres o cuatro kilómetros.

Aquel caminar con mi amigo, con el camino de Santiago, con el bosque, con el olor de los pinos y los eucaliptos, con la sonrisa de todos los peregrinos que nos encontrábamos... Doy gracias por todo. Por Galicia, por el camino, por la música, por las gaitas, por aquel loco gaitero subido a una peña. Por mi amigo, el Sr. Bellette. Por el Camino de Santiago. Por mis piernas, que me permitieron estar allí.

Otro momento inolvidable, ¿verdad, Sr. Bellette?

viernes, 26 de agosto de 2011

Durmiendo en Manhattan







Bajando desde el otero del Mar de Ovellas rodamos sin dilación hasta el pueblo de Negreira. Antes de llegar allí cruzamos el bellísimo puente medieval de Ponte Maceira. Cruzándolo pensé que me movía más allá del espacio y entraba en otro tiempo, cuando caminar era obligatorio y los puentes, maravillas creadas para el hombre, permitían salvar temibles obstáculos. Un segundo de descanso, una foto, un poco más de aire y nuevas energías para afrontar otra cuesta más.

Después del evocador puente, llegamos en un suspiro a Negreira. Tras un poco de Viña Costeira para apaciguar el calor y secar la enésima sudada, marchamos hacia el albergue a través de un pórtico pétreo hermosísimo. El albergue, abarrotado. De regreso al pueblo para alimentarnos, coincidimos con varios peregrinos. Uno en particular iba refunfuñando. Había llegado a Santiago desde Francia de un tirón. El cura olvidó nombrarle en la misa del peregrino y mostraba su disgusto y enfado.

"El pelotudo se olvidó de mi nombre... Después de todos esos días y esta maldita mochila". Cabreado como buen argentino, pensé. Luego miré su mochila.

Para suicidarse.

Comimos en la Casa de Comidas La Mezquita. "Serán de Córdoba", dijo el Sr. Bellette. O de Toledo. O de León, que nunca se sabe. Una sopa excelente, ensalada y un buen filete nos abrazaron con un buen tinto de la tierra. Mientras comíamos, un tropel de gigantescos teutones entró a comer. El más pequeño, más alto que un servidor y eso que rondo los 191 cm. El más alto era el ciclista más descomunal que nunca llegué a ver. Casi no entraba en la mesa. Entre cerveza y cerveza, risas brutales y chanzas en su ininteligible idioma, todos los que allí comíamos no podíamos quitarles los ojos de encima.

Abandonamos Negreira bajo el sol, con el sello en nuestra credencial y camino de Vilacerio, en busca de nuestro albergue. Dos horas y media de caminata entre bosques viejos y nuevos que nacen con las cicatrices del devastador fuego pasado.


A punto de perdernos en A Pena gracias a una flecha mal pintada por algún graciosillo o por un voluntario confundido. De allí, con un refresco en el estómago, hasta Vilacerio, un paseo. Pero con más de treinta kilometros en las piernas. Llegamos al albergue hacia las cinco y media de la tarde, justo cuando empezaba a levantarse una brisilla perra que además de llevarse el calor traía la pestilencia de la paja fermentada bajo los plásticos negros.


Y en Vilacerio me sentí una vez más como el náufrago que cantaba The Police. Igual que si estuviéramos en Manhattan. Sólos entre una multitud. Claro que la multitud era inapreciable y la soledad lo era todo. Dos franceses, uno lesionado, un coreano y una italiana fueron nuestros compañeros en aquel albergue. Lo mejor de todo, compartir la cena con Frèdèric, un francés cultísimo que venía andando por el camino norteño y seguía, como nosotros, la ruta de Muxía hacia Finisterre. Conn un español excelente y un poco atropellado, quizás por la influencia de sus veraneos en el sur de España, la charla con el parisino nos alegró el fresco atardecer. Más frío que otra cosa. Un aire que no auguraba nada bueno. Frèdèric marchó un momento a por su forro polar. El Sr. Bellette y un servidor aguantamos el relente estoicamente. Que somos de La Granja. Jodidos de frío, pero contentos. Como tiene que ser.


A las diez y media, respetando el horario monacal de los albergues, nos fuimos a la cama. A las once de la noche, dormidos. La mayoría. Entre el suspirar de la italiana, el ronquido leve del coreano y respirar fuerte de los demás, caí paulatimente en la inconsciencia, recordando tiempos pasados cuando dormía con multitud y la multitud me acunaba.

domingo, 21 de agosto de 2011

Coronando el Mar de Ovellas














Bien prontito salimos del hotel a nuestra tradicional parada en la cafetería Derby de Santiago, donde nos esperaba un magnífico chocolate con churros, alimento básico para cualquier peregrino que se precie.



Con el estómago lleno y rebosantes de optimismo, cruzamos la plaza del Obradoiro, dando la espalda a la catedral. Una mirada furtiva hacia la seo, justo cuando empezábamos a descender la empinada cuesta das hortas con el Hostal de los Reyes Católicos a nuestra derecha y un suspiro pegado a un anhelo: "A ver cómo volvemos".



Salimos de la ciudad por un curioso barrio de casitas que más bien parecía una transición de la ciudad al hábitat disperso que nos íbamos a encontrar. Pronto, empezamos a vernos rodeados de más naturaleza y menos casas. Y siempre cuesta abajo.



"Esto lo vamos a pagar, Sr. Bellete. Que después de bajar hay que subir".



Media sonrisa y a seguir caminando. Cruzamos un puente sombrío -la mañana era bastante fresca- y, justo después, empezamos a subir. Y no dejamos de hacerlo en todo el día. Andarines que somos por nuestro entorno natural, cuesta arriba damos nuestro verdadero rendimiento. Desde el mismo momento en que se empinó el camino, empezamos a remontar peregrinos y no lo dejamos de hacer en todo el día. Ni uno solo fue capaz de darnos alcance, mantener nuestro ritmo y pasarnos. Y mira que vimos. Desde las ocho y media no paramos de juntarnos y pasar grupos de caminantes. Aparecían de cualquier lado. Incluso encontramos unos cuantos que salían de un chamizo abandonado y medio derruido.



¿Brotarán del camino?



Pasada la primera hora y media ya habiamos subido nuestro primer monte, el Alto do Vento. Y yo que pensaba que no subiríamos tantas cuestas este año...



Llaneando después del alto y bajando ligeramente seguimos cogiendo peregrinos. Uno se nos resistía. Lo teníamos allí, a ochenta metros, pero no lo echábamos mano. En una pedanía se detuvo a beber agua y logramos adelantarle. Nos saludamos. Como hacen los buenos peregrinos. No era español. Parecía francés. Gracias a su sed llegamos antes al bar y pudimos tomarnos los dós últimos zumos de naranja naturales.



Fueron providenciales.



A los pocos minutos entramos en un bosquete que empezó a cerrarse hasta convertirse en pinar.



Y el camino se empinó y empinó. Como en la Cruz de la Gallega. Como en la maldita Costinha de Canedo de infausto recuerdo. En la primera gran rampa adelantamos a unos quince peregrinos. Los chicos, tumbados a la sombra, bebiendo agua a raudales. Las chicas, buscando un espacio apropiado para un buen campo de minas humanas.



"Señorito Juárez, aquí dejamos las tripas".



Y empezamos a subir el maldito alto del Mar de Ovellas. ¡Qué cachondos estos gallegos con los nombres! ¿El mar de ovellas? ¿Dónde están las ovellas? Ni una solo vimos. Claro, que sólo habría faltado eso. Tener que cruzar un rebaño de ovellas o que nos hubiera amurcado un carneiro o los perrazos del pastor...



El camino se hizo eterno. Cuesta tras cuesta, sin descanso. De vez en cuando, un banco. Una curva adoquinada. Y más cuesta. Y hacia arriba. En un banco nos sentamos para tomar un poco de agua y recuperar el resuello. Miré nuestro mapa del camino.



En la cima había una fuente.



Apretamos el paso para poder coger agua fresca. Salimos del camino de tierra cubierto por los árboles a una pista asfaltada. "Ya queda poco, Sr. Bellette. Está claro que por la pista caminaremos muy poco".


¡Ay, que ignorante soy!



Otro kilómetro y medio hasta que se apaciguó el monte. Llegamos a la fuente. Muy bonita. Con una guarda de piedra y un bosquete dando sombra.



Y más seca que el ojo de la Inés.



Iniciamos el descenso empapados en sudor. Era la segunda caladura del día.



"Mucha cuesta y mucho sudor, Sr. Bellette. Espero que no sea la tónica del día".



En fin, cuanta ignorancia, Señorito Juárez.

sábado, 20 de agosto de 2011

El Sr. Bellette se va a Santiago



"Este año volvemos a Santiago, Señorito Juárez", me dijo el Sr. Bellette mientras tomábamos un vinito en el Hotel San Luis. No contesté. El Sr. Bellette siempre tiene razón. Cinco meses después, con un saco de piedras más pequeño y cómodo que el año anterior, mirábamos cómo el tiempo pasaba a través del ventanuco del tren.



Me encanta viajar en tren. Puedes moverte a placer. Los asientos son más cómodos, las ventanillas, enormes. Hay cafetería. O algo parecido. Y si te das prisa y compras con antelación, puedes viajar en primera a buen precio. Bueno, ahora se llama preferente, que eso de primera suena a clasismo. Claro que preferente, snobismo puro.




Y surrealismo.




¡Menuda preferente! Del frío polar a calor desértico. Por supuesto, el automatismo de las puertas roto, especialmente el de aquella que conduce a los servicios, para que la adorable fragancia complete un escenario "preferente".




Y seis horas y pico de viaje. Que desde Puebla de Sanabria pareciese que montásemos diligencia del XIX.




Molidos por el viaje llegamos a Santiago de Compostela listos para iniciar el Camino. Una vez más. El año anterior habíamos entrado. Ahora tocaba salir. "Que más importante es marcharse de Santiago que llegar", me había confesado Ángel, director del Instituto de Bachillerato de Collado Mediano. Eso hicimos. Llegar a Santiago para irnos. Coger el único camino que sale de allí. Desde la plaza del Obradoiro, por la calle das Hortas. Una cuesta empinada hacia abajo de mil demonios. Allí está la primera concha dorada sobre fondo azul. Allí está la primera flecha amarilla.



Allí estábamos el Sr. Bellette y un servidor, a las diez y media de la noche, contemplando nuestro camino del día siguiente. Rodeados de una multitud escasa de jóvenes y felices cristianos convocados a las jornadas mundiales de la juventud, desconocedores de lo evocador de sus atuendos. Todos éstos, miembros de grupos scout cristianos, paseaban felices por las principales calles de la ciudad luciendo atuendos semejantes a las terribles SA de Erich Rohm. A ellos parecía no importarles.




Total, ¿a quién le importa la historia hoy día?






Un poco apenados por la falta de multitud, decidimos homenajearnos. Animarnos para el duro camino que nos esperaba. Y si uno quiere hacer tal cosa, Santiago de Compostela es el lugar apropiado.






Empezamos en el bar Orense que está en... ¿Parece que pone Plaza de Franco, Sr. Bellette? "No lo sé, Señorito Juárez. Desde aquí no lo veo bien. Será el vino". ¿Quien Sabe? A cincuenta céntimos la taza de Ribeiro a cualquiera se le nublaría la vista. Creí haber llegado a la plaza por la travesía del mismo nombre...






Acabada la penúltima taza, la inevitable cuesta abajo nos llevó hasta Casa Camilo. Igual que el año pasado. A ver si alguien arregla esa pendiente. Que conduce al pecado. Y no veas como sienta. Un terraza en cuesta y una botella de Viña Costeira.






¿Quién podrá resistirse?




Almas débiles que somos ante el pecado, hubimos de lidiar con un pulpo asombroso y unos mejillones tan grandes y deliciosos que no hacía falta vestirlos. Ni casi limpiarlos. Conchas coralinas y cuerpo desnudo. Ni salsa. Ni limón. Ni leches. Menudo manjar increíble. ¡Qué razón tenía Celestino, químico de la Real Fábrica de Cristales de La Granja! "Las comidas de los pobres, los ricos envidian". Esos mejillones de cuatro perras la ración fueron insuperables. No nos quedó más remedio que atacar las gloriosas zamburiñas para olvidar el rojo manjar.




Para terminar, jugamos a la ruleta rusa. Para divertirnos un poco, que somos castellanos. De gustos recios y alma de piedra. Como no teníamos pistola ni balas, pedimos una ración de pimientos de Padrón. No sé los que comimos, pero todos fueron de fogeo. recordé entonces un artículo que decía que habían especializado la producción para que no picaran pues en España no gusta el picante y tienen mejor salida comercial los pimientos dulces.






Si pillo al notas ese le meto en la boquita de piñón media docena de chiles serranos. Así, para que despabile. No te digo...






De vuelta a nuestro extraño hotel de llegada, el Rosa Rosae, en la calle de la Rosa (por si no había quedado claro), encontrado por nuestro agente secreto en Santiago, Conchi Cuesta, tras un paseito bajo la fresca noche compostelana iba yo pensando lo bien que este año estábamos empezando.






"No te preocupes, Señorito Juárez, que el Camino nos pondrá en nuestro sitio".



Como ya he dicho, el Sr. Bellette siempre tiene razón.

miércoles, 10 de agosto de 2011

¿CORRIENTES IDEOLÓGICAS? NO, GRACIAS


Veía el otro día estupefacto, mientras corregía un trabajo de uno de mis alumnos sobre un relevante personaje de la guerra civil española del siglo XX, cómo éste dividía la historiografía española relativa a tan manido asunto en historiadores republicanos e historiadores franquistas.


Mi primera reacción fue la indignación por el grave error cometido al confundir ideología y corriente historiográfica y, por tanto, suspender al alumno y acompañar el viaje con una sonora reprimenda.


Sin embargo, recordé haber leído el día anterior, con la misma sensación de asombro, el artículo de Santos Julía en el Diario el País acerca de un polémico documental emitido por Telemadrid acerca del inicio de la citada guerra civil y el uso parcial y al servicio de una ideología hecho por los creadores del citado film. Así lo habían manifestado los asistentes al coloquio posterior, entre ellos historiadores de gran prestigio como Julio Aróstegui o Antonio Elorza.


Dado que no tengo esa televisión al alcance de mi mando a distancia, pregunté a mis amigos historiadores sí habían accedido al visionado. Desde José María Marín Arce hasta Manuel Ladero, pasando por Ángel Herrerín y Juan Avilés, todos me confirmaron lo dicho.


Y yo no salía de mi asombro. ¿Cómo es posible que para analizar un hecho histórico básico haya que establecer una dualidad ideológica? ¿Desde cuándo la opinión es esencial para la comprensión del hecho histórico?


Rebusqué en los pilares de mi formación y no pude encontrar respuesta. Es cierto que hace ya mucho tiempo que estudié la carrera, pero entre la base recibida, la ideología no era más que otro objeto del estudio, no de la formación del pensamiento del historiador. Los historiadores se alineaban en corrientes historiográficas que diferenciaban aspectos formales y filosóficos del concepto de la historia, de los procedimientos empleados en su investigación. Del objeto de esa investigación.


Así, desde la escuela de los Annales de Marc Bloch y Lucien febvre, hasta la historia global de Fernand Braudel, pasando por todas las corrientes existentes y existidas durante el pasado siglo, como bien mostraba mi tocayo, Edward H. Carr en su famoso ensayo ¿Qué es la Historia? (ARIEL, 1983), objeto y método de investigación centraron nuestros esfuerzos historiográficos, nos definieron y alinearon en flumenes. No se aproximaba uno al objeto de conocimiento desde el yo, sino desde un punto de vista despersonalizado que permitiera analizar todas las variables sin injerencia personal alguna o, lo que es lo mismo, desde un punto de partida impersonal.


Al parecer, todo eso está siendo olvidado. Las corrientes historiográficas discutían la importancia de los diferentes factores que conformaban el hecho histórico, sus causas y consecuencias. Ahora, se juzga a la ligera en un escenario analítico de buenos y malos, maniqueo, falso y, sin lugar a dudas, acientífico.


Y por más que me esfuerzo, no logro comprenderlo. El hecho histórico es objetivo. Ha ocurrido. Ya está. Sus consecuencias, también. Es en el análisis de las causas donde resulta que, ahora, en el siglo XXI, en España, nos enganchamos a “corrientes ideológicas” y no a planteamientos historiográficos científicos. Asistimos a debates pseudohistoriográficos donde se valora y no analiza científicamente, el comportamiento y la motivación de tal o cual personaje. En ese sentido, el General Franco se ha convertido en el epicentro de esta vorágine. La ideología ha roto fronteras y suplantado a la historiografía y así nos va.


El pasado 18 de julio, septuagésimo quinto aniversario del inicio de la infausta guerra civil española, vi un documental sobre la efeméride y el personaje angular de este hecho histórico. Varios especialistas aparecían analizando al personaje, entre ellos eminentes hispanistas como Paul Preston o Stanley Payne. Junto a ellos, el director del documental tuvo la deferencia de incluir la opinión de varios falangistas para ajustar con su autoridad lo dicho por los investigadores científicos. Claro, pensé, habrá visto todos esos trabajos científicos donde se analizaba y discutía la figura de Adolf Hitler entre historiadores y nazis, o la de Benito Mussolini con científicos y camisas negras, pues sus aportaciones, además de objetivas, resultaban capitales para comprender un hecho histórico que, desprovisto de la componente ideológica, personal y sentimental, se convierte en uno más dentro de la sucesión de hechos históricos que conforman la evolución histórica de una sociedad humana.


Sarcasmos a parte, quedé petrificado ante la perspectiva de la historia como ciencia ante el impacto de la influencia de la ideología. Evidentemente, ya no hablaremos de la romanización, sino que describiremos el proceso como la expansión imperialista de los romanos que acabaron con la identidad nacional de los pueblos. Veremos los restos de ese proceso como heridas en el panteón de los valores nacionales de nuestra sociedad. Y lo mismo nos ocurrirá con los visigodos. Y con los musulmanes, mucho más. Crearemos comités de expertos y sabios para ver qué hacemos con la Mezquita de Córdoba o con el acueducto de Segovia. Habrá que cambiar los libros de texto de los niños y aleccionarles en este nuevo perfil historiográfico, por supuesto sometido a revisión cuando los tiempos cambien y los buenos se tornen en malos y viceversa.


En ese momento, el suspenso de mi alumno quedó en suspenso, si me permiten el juego de palabras. Al fin y al cabo, la apreciación de mi alumno se basaba en lo que el entorno “historiográfico” le mostraba. Y yo me quedé perplejo durante unos cuantos días. Y pensando en el concepto que resume todo esto: el revisionismo. Palabra caníbal, que diría el gran Gianni Rodari. Lo mismo da que se emplee en uno o en otro sentido. Es igual de horrible. La historia no se revisa. Se investiga. Se discute y argumenta de modo científico. Y muy mal vamos si no somos capaces de ver esto.


Indudablemente, camino de la chabacanería historiográfica.


Quizás por ello, ¿quién sabe?, me incliné por la Edad Media. Allí sólo hay historia. Las ideologías son para las mentes jóvenes e inexpertas. La mía ya no lo es.

viernes, 5 de agosto de 2011

EL CAMPO DE BATALLA: ESCENARIO DOCENTE



El próximo miércoles, dia 10 de agosto, la Asociación CIGCE llevará a cabo la segunda excursión al campo de batalla en el marco de los actos conmemorativos, financiados por el Ministerio de la Presidencia, del Simposio Internacional 75º Aniversario del Inicio de la Guerra Civil Española. La participación está abierta a todos aquellos que quieran acercarse al CENEAM, en Valsaín, a las 10:00 del citado días, donde sus expertos guías, en colaboración con el CIGCE, desentrañarán las características de la posición del Cerro del Puerco.


Una gran oportunidad de pasar una mañana en el boque rodeados de naturaleza e historia.